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Ni buenos políticos ni buenos ciudadanos

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La pandemia ha expuesto las insuficiencias de nuestro estado social, cogido con alfileres después de tantos recortes y privatizaciones. A la hora de la verdad han faltado camas, ucis, personal y material sanitario. Pero también la educación se muestra incapaz de adaptarse a la situación por falta de medios económicos. Pero esto, siendo malo, es solucionable simplemente con dinero, que no es poca cosa, pero si se obtiene – de Europa, por ejemplo– el asunto se puede ir resolviendo.

Lo peor de esta crisis está siendo comprobar que la decadencia de los servicios públicos va pareja a la calidad de los políticos. Considero que el Gobierno central ha actuado correctamente dadas las circunstancias, siempre sabiendo que algo podría haberse hecho mejor, que podría haberse ido más lejos para sostener a las familias trabajadoras y no sólo a los que están en la exclusión. Pero en general, la sensación es de que en el Gobierno de España hay gente competente. Sin embargo, el espectáculo que están dando los responsables de las comunidades autónomas es para sonrojarse.

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Después de poner peros a todo y de patalear como niños malcriados ante las decisiones del gobierno central, personajes como Ayuso, Torra o Lambán están demostrando ser completamente inútiles cuando, al fin, les ha llegado su turno. La altura de los gestores públicos de algunas comunidades es escasa y a la luz de una crisis como esta se evidencia la mediocridad y la falta de imaginación y voluntad para acometer una tarea que ya no requiere de grises burócratas sino de grandeza para echarse la Historia a los hombros y hacer lo que sea necesario. Meter mano a las condiciones de los temporeros no sólo es un imperativo de Derechos Humanos, es también acometer uno de los más importantes focos de contagio. Sancionar a las empresas que no ponen las medidas necesarias o invertir algo de dinero en evitar los contagios en los centros educativos no parece una tarea tan titánica para la administración.

Pero aún hay algo peor que la calidad de los políticos, la calidad de los ciudadanos. Uno se cuestiona si merecemos sobrevivir como sociedad al ver el rosario de conspiranoicos o negacionistas de la Covid19. Tanta gente comprando las locuras místicas y acientíficas que relacionan el 5G con Bill Gates y microchips en las vacunas. Gente que busca cualquier opinión que exista en la red que dé el más leve sostén pseudocientífico a su aversión a llevar la maldita mascarilla. Ultraderechistas que ven la oportunidad  de derribar a sus enemigos, expandiendo sus bulos y trolas a cada cual más demencial. Izquierdistas obsesionados con el control social y los policías de balcón. La negación de la realidad de miles de personas que prefieren contagiar y ser contagiados antes que renunciar a la terracita, la cervecita y la playa. Y lo peor: gente que sabe que es positiva en Coronavirus y que se calla y sigue haciendo su vida normal en bares, terrazas y comercios, expandiendo la enfermedad sin control.
No tener suficientes rastreadores o no contratar sanitarios es malo pero tiene solución, la mezquindad que ha revelado esta crisis, no. La sensación de derrumbe civilizatorio es inevitable.

¿Cómo tener buenos políticos si no somos siquiera buenos ciudadanos?

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