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Intocables

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No cabe duda de que el capitalismo liberal es una máquina con una enorme capacidad para convertir en sentido común, en evidencias, cuestiones que, analizadas con un mínimo de rigor y detenimiento, se presentan, en realidad, como una enorme paradoja.  El liberalismo ha sido capaz de construir un sistema económico en el que, según su teoría, la propiedad deriva del trabajo de los individuos, mientras que, en la práctica, quienes trabajan se encuentran desposeídos de la propiedad de aquello que producen, mientras que quienes no trabajan ostentan la propiedad de lo producido por otros.  Desde esa evidente falacia es de donde es posible argumentar que quien posee mucho es porque ha trabajado mucho y quien posee poco es porque no se ha esforzado lo suficiente.  La tradicional fábula de la cigarra y la hormiga, tan magistralmente desmontada en la película de León de Aranoa Los lunes al sol.

Estos días nos encontramos con otra de las grandes paradojas en las que se sustenta la ideología liberal, la de la libertad de expresión y prensa.  Ambos principios se presentan, nuevamente en la teoría, como piedras angulares de una sociedad liberal, aunque la práctica se encarga de desdecirlos, de diferentes modos.  La libertad de prensa porque esta, en realidad, como todo en las sociedades capitalistas, está sometida al poder del dinero, de tal modo que los medios de comunicación -los poderosos, me refiero, aquellos que llegan a diario a millones de personas y condicionan su modo de ser y pensar- son propiedad de grandes empresas que los utilizan para defender sus intereses políticos y económicos.  Si nos molestamos en conocer quién se halla detrás de nuestros medios, nos encontraremos con bancos y empresas, con poderes económicos que, ocultos bajo la apariencia de objetividad con la que se revisten los medios, no dudan en utilizar toda su influencia para imponer su visión del mundo al conjunto de la sociedad.  La realidad no debe estropearles, de ninguna manera, un buen titular que venga a reforzar sus intereses.  De ese modo, los medios de su propiedad se encargarán de esconder o minimizar cualquier información que pudiera erosionar  sus objetivos, pues ya se sabe que no se ha de morder la mano que te da de comer.  No estoy hablando de oídas.  Sé, por propia experiencia, que hay determinados temas de los que no se puede hablar en los medios si quieres seguir participando en ellos.

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Por lo que respecta a la libertad de expresión, rápidamente queda convertida en libertinaje cuando rebasa los límites que alguien, de algún modo, se ha preocupado en establecer.  Estos días hemos acudido en nuestro país al colmo del esperpento cuando, como consecuencia de las torpes críticas de Echenique a un medio de comunicación, se ha argumentado que se estaba atentando contra la libertad de prensa.  Es decir, que la prensa debe quedar al margen, al parecer, de cualquier tipo de crítica, porque criticar a la prensa, ejercer la propia libertad de expresión, es atentar contra esa misma libertad de expresión.  Es decir que, para defender la libertad de expresión es preciso estarse calladitos, ser buenos chicos y chicas y nunca, de ningún modo, enjuiciar las informaciones de un medio.

Resulta muy preocupante comprobar cómo los medios de comunicación, y muchos profesionales de la información, pretenden convertirse en sujetos intocables a los que resulta improcedente, inadecuado e incluso, al parecer, antidemocrático, realizar cualquier crítica.  Sujetos sagrados, revestidos de una autoridad incuestionable, por cuya boca brota la verdad incuestionable.  El periodista puede convertirse en azote social, de cualquier estamento, pero él, ella, debe quedar exento de toda crítica, puesta esta se convierte en una vulneración de la libertad de prensa.  Paradoja tanto mayor por cuanto se consideran legitimados para enjuiciar a quienes han sido elegidos representantes de la ciudadanía, mientras que ellos, carentes de toda representatividad democrática, entienden toda crítica como un atentado contra las libertades.  Al parecer, también, contra la libertad de expresión que, no cabe duda, es privilegio suyo.

En realidad, nos encontramos ante la estrategia de siempre: el poder nos manda callar, impone silencio, aunque en nuestras sociedades posmodernas lo haga a través de refinadas estrategias y de farisaicos llamamientos a la libertad.  Ya no hacen falta leyes de excepción, basta con dinero suficiente para convertir el interés particular de unos pocos en la verdad de muchos.  A eso le llaman libertad de prensa. Y  quienes colocan el yugo se indignan cuando alguien sacude la cabeza.  Hasta ahí podíamos llegar.

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