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Viajar

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«Que los lugares de los que se parte influyen tanto en la identidad como los lugares a los que se arriba -si bien la realidad demuestra que jamás se acaba de partir y nunca se termina de llegar. Y que, en efecto, no hay forma de volver. A las cosas y a los lugares no se puede volver ni siquiera volviendo».

(Flavia Company)

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Ahora que estamos en fechas de vacaciones, me apetecía hablar de lo que para mí significa viajar. Todos los viajes son especiales, desde mis primeros viajes a Benidorm (¿quién no tiene un Benidorm en su vida?) y a los pueblos materno y paterno hasta mi último viaje este año. Cada vez que viajo al mar recuerdo las fotografías desenfocadas tomada en Benidorm. Transcurría el verano de 1980 y aquellas eran las primeras vacaciones de mis padres desde que se habían casado 5 años atrás. Esas primeras vacaciones siempre son importantes para un niño, y por eso cada vez que vuelvo al mar es el mismo y siempre otro en cada ciudad y en cada viaje. Por cierto, elegí para pasar mi vida a un hombre que vivía en una ciudad con mar, pero que nunca ha visto Benidorm. Un hombre que ahora vive en una ciudad donde en lugar de humedad hay niebla y cierzo y calor seco. Creo que hasta a John Wayne le hubieran temblado a veces las piernas con el calor de esta ciudad, a la que por cierto cada vez vienen más turistas relámpago y más turistas chinos. Turismo de interior y turismo chino. Esto hace de Zaragoza una ciudad que a veces parece ficticia.

Uno vuelve la vista atrás y querría que todos los recuerdos de los viajes fuesen glamurosos, pero sin embargo uno de los recuerdos que me va a perseguir por siempre, y al que guardo un cariño inmenso es un viaje en barco con mis padres, mi hermano, y unos primos. 1984. Un Calpe-Ibiza en el día, que la economía no estaba para más, volviendo por la noche hacia Calpe, en la discoteca del barco, sonando el «Life is Life» de un grupo que lo petaba que se llamaba Opus, luces de neón a todo trapo y mis padres y mis primos bailando. Yo sentada en el sofá de skay alucinando y mirando los calamares del buffet. Pero también el momento de un viaje en coche, volviendo de la zona de las cuencas mineras, un día de verano como hoy. Las siluetas de tus padres recortándose contra la luz de las 9 de la noche. Cuando aún te parecían dioses, y aún no habías descubierto que realmente lo increíble es que cuanto más pasase el tiempo, y con ello más humanos se volviesen, más cerca de ti estarían.
Hacerse humano y estar así más cerca de los hombres.

Podría contaros que al viajar pienso mucho en la diferencia entre viajar a sitios y vivirlos. La gente. La gente y no los lugares. Sin gente no hay recuerdos. O los hay, pero tienen otro valor. Yo no puedo comparar el valor de una mujer desconocida que me sonríe en Fez a la visión de la montaña más alta. La naturaleza nunca podrá hablarme igual que una boca desdentada riendo tímida diciéndome, esto que ves es lo que soy, esta es mi tierra. Por eso con los años busco las calles antes que los Palacios.

Podría contaros que adoro viajar en tren. Es, sin lugar a dudas, mi medio de transporte favorito. Me encantan además estos vagones con asientos en las dos direcciones. Al fin y al cabo toda la vida se pasa en un ir que es volver y un volver que es ir. Lo mejor de todo es llegar a ese punto en que disfrutas del viaje. Me gusta la gente que lee mientras escucha  música. Me viene a la cabeza Música para camaleones de Capote. ¿Quién de nosotros viaja camuflado? ¿Cuál es el del corazón aniquilado? Creo que el que se sienta siempre en el asiento que nunca viaja a la inversa.

Podría contaros que seguramente por vivir en una ciudad que no tiene metro me encanta viajar bajo tierra. Viajar bajo tierra es existir un poco menos. Y a veces, existir un poco menos es la única manera de ser un poco más. No tengo fobia a coger esa barra del metro, si lo pienso, quizás tú, y tú también, se ha dejado allí el tacto una madrugada.
Y siempre hay alguien que mira como si hubiera perdido algo, mientras otro lee frente a ti un libro sobre Saturno. No somos perros dormidos, si acaso, somos perros buscando la mano que les da de comer, mientras el amor, inoculado en algo más profundo, se estrella a una distancia de 110 km por hora, una distancia a la que hasta las islas desaparecen.

«El miedo es un montón, del que tu coges lo que quieres». Podría contaros que guardo un recuerdo especial del viaje que hice con mi familia hace más de 20 años.
Fue allá por el 98 cuando mis padres, mi hermano y yo, nos fuimos de viaje por Europa, recorriendo Berlín, Budapest, Cracovia, y Praga. Visitamos Auschwitz, una de las experiencias más intensas de mi vida. Aparte de este capítulo, que con el poso de los años, ha ido calando en mi más y más, recordando más y más detalles, recuerdo, de todo el viaje, la sensación de viajar por aquellos países que venían saliendo del comunismo, esa sensación de tristeza que se veía en la gente, ese café hecho con restos, esas bolsas de la compra que no se veían en España desde los años 60. La gente tenía una mirada en la que convivían el miedo, el refugio, el ansia y las ganas de sobrevivir, pero sobre todo, tristeza, una tristeza irrepetible que me saturaba el alma de una manera inexplicable.
Lo de que el miedo es un montón, del que tú coges lo que quieres, me lo soltó mi padre, un día que había ido a comer con ellos. Supongo que porque me veía asustada con algo que estaba ocurriendo. Y porque ellos han intentado enseñar a sus hijos a no tener miedo. Recordábamos este viaje y me dijo: ¿qué veias en los ojos de la gente? ¿veías orgullo a pesar de todo?

Cojones, me dije. Sí.

El verano pasado Cristián y yo viajamos a Londres. Era mi tercera vez y cada vez que viajo me quedo con algo. Del segundo viaje me quedo con descubrir que en los cementerios londinenses muchas familias compran bancos de piedra frente a las tumbas desde los que sentarse a mirar a sus muertos. De esta última vez me quedo con el recuerdo del trayecto desde el aeropuerto de Stansted hasta el hotel y la conversación con Elvis, conductor que tras el retraso cortesía aerolínea low cost nos esperó y nos llevó en coche casi a las 12 de la noche hasta nuestro hotel en Bloomsbury. Mi padre nunca viajaba de noche si podía elegirlo.   Elvis nos contó que era de Ecuador, que llevaba 20 años en Europa, 14 había trabajado de cocinero en España para El Corte Inglés en Madrid, pero con la crisis había acabado en Londres. Al llegar se tuvo que buscar la vida y espabilarse y ahora trabajaba de chófer y también de jardinero, para un señor enamorado de España. Estuvimos hablando del carácter londinense, del Brexit, de la familia. De cómo te ven otros compatriotas que no han vivido lo que tú, del idioma, de volver, del tema de la inmigración en el Reino Unido. Un viaje es más viaje con una visión así, hablando con la gente que no aparece en los suplementos de viajes.

En la película el cielo protector uno de los personajes (Port) dice que la diferencia entre el viajero y el turista es que el primero no sabe ni le interesa si volverá al lugar del que salió, mientras que el segundo emprende el viaje pensando en su vuelta segura. Soy muy enemiga del touch and go. Prefiero viajar siempre pensando que tengo que volver. Que merece la pena perderse algo, para ganarlo. Entender que al final nunca vamos a saber qué se siente al vivir allí porque solo somos turistas, como somos turistas incluso de esta vida.

Viajar es útil, ejercita la imaginación / Todo lo demás es desilusión y fatiga / Nuestro viaje es enteramente imaginario / Ahí reside su fuerza / Va de la vida y la muerte / Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado / Es una novela, nada más que una historia ficticia / Lo dice Littre, él no se equivoca nunca / Y además, cualquier puede hacer otro tanto / Basta cerrar los ojos / Está en la otra parte de la vida.

Louis-Ferdinand Céline, “Viaje al fin de la noche”

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