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Venezuela en la encrucijada

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La enésima crisis en torno a Venezuela me coloca entre el hastío y la indignación que me provoca una nueva tentativa (¿y cuántas van?) de golpe de estado, provocado por una oposición violenta, carente de convicciones democráticas y jaleado por la derecha y la clase políticamente correcta del planeta, y el convencimiento de que el maravilloso experimento revolucionario que promovió Hugo Chávez hace tiempo que no funciona sino como un espejismo que nada tiene que ver con la práctica política de quienes hoy se reclaman como sus herederos.

Es evidente que nos hallamos ante un golpe de estado perfectamente planificado desde el exterior y con unos objetivos que nada tienen que ver con esa palabra-emblema, tal como la define Badiou, que se utiliza como justificadora de todas las violencias del planeta: democracia.  El propio diario El País, que tan destacado papel ha desempeñado sustentando anteriores golpes de estado, ha presentado un relato en el que queda claro que no es Guaidó quien realiza un movimiento que es posteriormente apoyado desde el exterior, sino que Guaidó es la pieza que Estados Unidos ha decidido emplear una vez que tenía diseñado el golpe de estado que viene perfilando desde hace años.

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Hay que ser muy ingenuos y desconocer por completo la historia de América, y del mundo en general, para creer que pueda existir alguna intención democrática cuando Estados Unidos interviene en un país.  Chile, Argentina, Brasil, Nicaragua, no sé si algún país suramericano se ha librado de criminales dictaduras impuestas por Estados Unidos.  Esas que ahora tanto parecen gustar a González y Guerra, convertidos en perros guardianes del sistema que les alimenta.  No se trata de fobia antiyanqui, como dicen algunos, sino de meros y básicos conocimientos de historia.  Es evidente que en este caso, la administración Trump se mueve por intereses estrictamente económicos, como el propio consejero de seguridad J. Bolton se ha encargado de verbalizar. El petróleo y otras riquezas naturales de Venezuela están en el punto de mira.  Del mismo modo que esas riquezas lo estuvieron en la de Irak, con la que el vicepresidente Dick Cheney realizó pingües negocios.

Esa dinámica golpista nos coloca ante dos consecuencias nefastas, cada una en su orden.  Una de carácter político, pues la envalentonada extrema derecha mundial, consentida de modo cómplice  e irresponsable por quienes se someten a lo políticamente correcto, como el desdichado caso de Manuela Carmena, va a profundizar, caso de triunfar el golpe, en su estrategia de desestabilizar todo gobierno que resulte incómodo para la implantación del capitalismo suicida que propugnan.  La segunda, de carácter  económico, apunta a la explotación voraz de recursos naturales.  Con el golpe de estado en Brasil que dio la presidencia a Bolsonaro, por cierto, inmediatamente felicitado por Guaidó, se abre la veda para la deforestación amazónica, reclamada por las multinacionales, lo que supone un grave peligro para el deteriorado equilibrio ecológico del planeta. En Venezuela, el petróleo y el coltán son objeto de codicia por los poderes económicos internacionales.  Las perspectivas de un capitalismo suicida, empeñado en el beneficio a muy corto plazo, sin reparar en las consecuencias que ello pueda suponer para el futuro de la humanidad, se acrecientan día a día.

Sin embargo, estas evidencias no debieran hacernos cerrar los ojos a la evolución del proceso político venezolano, cada vez más alejado de sus prácticas y objetivos iniciales.  Sin duda que una parte de esa negativa evolución debe ser achacada al acoso que la revolución ha sufrido desde el primer momento.  Todos los procesos revolucionarios de la historia han sufrido el acoso exterior.  Ahora bien, también hemos de ser conscientes de las dinámicas que se generan en los procesos revolucionarios y que propician inercias que ponen en peligro la propia revolución.  Si en procesos locales y con poco poder podemos observar cómo se producen pugnas por colocarse en lugares de responsabilidad y privilegio, sobre todo cuando llegan las malhadadas listas electorales, ¿qué no ocurrirá cuando de lo que se trata es de la gestión de un país? Si en nuestro país estamos observando la acelerada desnaturalización de Podemos y su entorno a fuerza de luchas de poder, ¿qué no habrá pasado en Venezuela?  La única manera de salvar una revolución es con más revolución, lo que significa, sin duda, más democracia.  Desde mi punto de vista, Venezuela ha caído en esa tendencia (esperemos que no ley) histórica que lleva a las revoluciones a olvidar para qué han nacido y que las convierte en una caricatura con mucho ritual pero poco contenido.

La peor opción ante la que nos podemos encontrar es que el golpe triunfe.  Esperemos que no lo haga y que los sectores revolucionarios del chavismo, si es que aún poseen algún resorte, sean capaces de recuperar el pulso revolucionario que tanto consiguió ilusionarnos.  Ojalá no sean tiempos de desilusiones, de demasiadas desilusiones.

*Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza.

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