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Veinte años después de Matrix, ¿pastilla roja o pastilla azul?

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En 1999, hace ya veinte años, se estrenaba la primera parte de Matrix, una de esas películas que tienen tan buen envejecer como malas compañías. Pues efectivamente, la segunda y la tercera parte no solo no le hacen justicia sino que prácticamente obvian todo el contenido reflexivo de la primera en favor de una secuenciación de acción y efectos especiales, a mi parecer, insípidos.

Sin embargo, dejando de lado mi opinión sobre las dos últimas partes voy a referirme exclusivamente a esta primera, donde creo que podemos extraer aprendizajes sustanciosos respecto del mundo que nos rodea y nuestra posición en el mismo.

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Matrix consiste fundamentalmente en un proyecto diseñado para reconstruir el mundo percibido desde unos patrones establecidos por quienes disponen de las herramientas para ello. Se constituye por lo tanto como una realidad de ensueño creada por ordenador. Matrix está en todos los lados, no tanto para controlar sino para ocultar la verdad. Una verdad que por otro lado esconde una terrible realidad; pues diseñado en un primer momento para conseguir ese fin último que es la felicidad humana, hubo que emprender un rediseño ante la devastación que acompañó a ese mundo ideal. Y en esas llegaron las maquinas y sometieron a los humanos, pues tal y como dice el Agente Smith, “el hombre se había convertido en un lobo para el hombre” y ellos eran el antídoto. La solución era, paradójicamente, encarcelar las mentes de los humanos.

Allí, en el mundo de ficción creado a golpe de algoritmo, donde si observas desde fuera apenas se pueden percibir una sucesión de grafías verdosas sobre fondo negro, la carne es como se ha diseñado que debe ser: jugosa y tierna.  Sin embargo, fuera de Matrix la comida únicamente sirve al propósito de ofrecer energía para los músculos y estímulo para el cerebro, por lo que su aspecto y sabor es desagradable para los sentidos. Matrix ofrece un mundo, no idílico pero sí soportable, donde si no tratas de saber más de lo conveniente puedes desarrollar una vida relativamente cómoda y disfrutar de las experiencias placenteras que el Programa ha diseñado para todos.

Presenta una forma de entender el mundo donde nada es lo que parece pues el espacio donde opera la sociedad no es más que un programa informático cuidadosamente diseñado y administrado por sus creadores. Ofrece certezas y verdades a cambio de tu mente, ya que los humanos se han convertido en energía para unas máquinas espantosas, las cuales, piadosas, no han optado por destruir la humanidad sino únicamente dormirla y extraer todo su potencial calorífero.

Sin embargo, existe la posibilidad de escapar, pues en un lugar llamado (no de forma casual) Sión se encuentran los últimos humanos despiertos, autodenominados Naciones Unidas y establecidos como la Resistencia contra Matrix. Aquí, bajo tierra y capitaneados por el Comandante Supremo, tratan de resistir mientras Morfeo y los suyos hacen incursiones en Matrix tratando de rescatar más mentes y aumentar la población humana de los “despiertos”.

La vida en Sión, no obstante, es mucho más compleja que en Matrix. No solo la comida y la bebida no es apetitosa y la vida subterránea dista de ser idílica sino que han de hacer frente a los Agentes y al encantador señor Smith, avanzadilla de esas monstruosas máquinas que por miles se acercan al núcleo resistente humano. Es decir, elegir la verdad a través de la pastilla roja se torna mucho más difícil que el placebo que supone elegir la pastilla azul. “No te dije que fuera fácil Neo, te dije que sería verdad” se confesaba Morfeo en una de sus primeras charlas con el Elegido.

He aquí el quid de la cuestión. Matrix, más allá del aprendizaje que cada cual quiera extraer, plantea una cuestión fundamental: la tarea de elegir entre el mundo ficticio cuidadosamente diseñado por quienes disponen de las herramientas sociales, políticas o mediáticas para ello. O por el contrario, elegir la verdad. Menos atractiva y que además incluye la dificultad añadida de que exige un compromiso y una responsabilidad propia y con los demás. Nunca fue fácil ser Galileo, pero “e pur si muove”, pues es tan difícil, afirmaba Baltasar Gracián, decir la verdad como ocultarla.

La pastilla azul permite desarrollarte cómodamente sin contradicciones ni temerosos agentes de negro que te persigan. Si te ciñes a todo aquello que desde las altas esferas esperan que hagas, sin cuestionar ni disentir, Matrix te compensará. El programa es tan perfecto que no vas a notar que nada es real, que todo aquello que estás haciendo no forma parte de un complejo diseño matemático. Creerás ciegamente todo aquello que dices, aunque estés externamente diseñado para ello.

Sin embargo, si en algún momento los hombres de Morfeo acuden en tu rescate y te permiten la posibilidad de desechar el sueño en favor de la verdad, ofreciéndote la pastilla roja, sin más seguridad que, tal y como afirmaba Sócrates, el hecho de que nada es seguro y con la tediosa tarea añadida de combatir la mentira generada y a sus guardianes de negro, ¿qué pastilla elegirías: la roja o la azul?

La libertad, previo acto de desobediencia, exige responsabilidad y compromiso. Contra los mentirosos y las comodidades. La libertad duele. Duele como ese abrir de ojos de Neo, pues despertar después de un plácido sueño es tedioso. Sin embargo, haciendo alusión al respeto en su sentido etimológico; a ese re-mirar (re-spectrum), ese volver a mirar que, imaginándonos en el final de la vida podemos hacer acerca del camino por recorrer, se abren siempre dos opciones: la conformidad, la obediencia, consumirnos lentamente como un brasero. O por el contrario, la elección, la libertad y la verdad. La desobediencia como un acto de responsabilidad.

La pastilla azul o la pastilla roja. Consumirse en una apacible mentira o tomar el riesgo de cuestionarse las cosas.

 

Consumirse o vivir, ¿qué pastilla quieres?

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