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Una justicia que avergüenza

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Mal anda una democracia cuando los representantes de sus instituciones, máxime cuando lo son de instituciones de alto nivel, tratan con menosprecio y soberbia a la ciudadanía a la que están para servir.  Mal anda por cuanto se altera el orden político de las cosas, un orden en el que dichas instituciones deben ser garantes de los derechos de esa ciudadanía y no convertirse en un instrumento vejatorio de la misma.  La democracia debe ser, ante todo, un sistema en el que los ciudadanos se dotan de instituciones a su servicio, a las que hay que mirar, sí, con respeto, pero a los ojos y de tú a tú, sin servilismo alguno.  Y sobre todo sin sentirse amenazado por las mismas.

Viene esto a cuento del bochornoso espectáculo al que asistimos recientemente en el marco del juicio que viene desarrollándose en el Tribunal Supremo contra los líderes catalanes que impulsaron la Declaración Unilateral de Independencia, en concreto a la amenazadora actitud del presidente del Tribunal en la declaración de una de las testigos de la defensa, la profesora de Filosofía Marina Garcés. He de decir que, cuando vi las imágenes de dicho interrogatorio sentí una mezcla de indignación y vergüenza ajena ante una escena que no parecía propia de una democracia, de ese Estado de Derecho que una institución como el Supremo debiera encarnar en su máxima expresión.

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Si el calendario no miente –hube de comprobarlo tras ver las imágenes- continuamos en el siglo XXI y en el marco de una sociedad que se dice democrática.  Una sociedad en la que, por lo tanto, su ciudadanía merece el respeto de, cuando menos, ser tratados como adultos iguales en derechos y dignidad al resto de personas.  Soy consciente de que el ámbito jurídico tiene sus normas y procedimientos, como todos los ámbitos, por otro lado.  Pero esas normas y procedimientos deben ajustarse a una sociedad democrática y no colocarse al margen de ella.  En el ámbito de la educación, al que yo pertenezco, los procedimientos han evolucionado significativamente y se ha abandonado esa relación vertical y amedrentadora entre profesorado y alumnado propia de otras épocas.  El respeto mutuo es una exigencia del ámbito educativo, pero me atrevería a decir que es condición inexcusable de todos los ámbitos de una sociedad democrática.  Y eso es lo que brilló por su ausencia el otro día en la actitud del Presidente de la Sala del Tribunal Supremo, empeñado en tratar como  súbdita carente de derechos a una ciudadana.

He vuelto a revisar el video para comprobar si mi primera impresión era desmedida, pero ese segundo visionado no ha hecho sino acrecentar mi indignación, pues desde el primer momento se observa una actitud soberbia y amenazante contra la testigo, a la que no se deja explicar, a preguntas del abogado de la defensa, cuestiones relevantes, como un estado febril que le impide participar en el inicio de la movilización y se le conmina, de manera agresiva, a no replicar al Tribunal, o a la que se abronca por consultar una papel que había desplegado ante el Tribunal nada más iniciarse el interrogatorio.  Tratar así a una ciudadana que acude a un tribunal a colaborar con la Justicia deja en muy mal lugar al juez que así procede, pues resulta evidente que no ha sabido ajustarse a los modos de una sociedad democrática.  Ante él se presenta una ciudadana, una igual, no un pelele al que puede denigrar a su antojo.

Vergüenza ajena, decía. Sí, porque no me imagino manteniendo una actitud semejante con mi alumnado.  ¿Qué pensaríamos si al acudir al médico o a cualquier servicio público un funcionario nos tratara como ese funcionario juez trata a la testigo? ¿No saldríamos echando pestes y presentaríamos, probablemente, una queja que, lo más seguro, llevaría a algún tipo de amonestación al responsable?  Los profesionales que hemos sabido evolucionar con nuestra sociedad medimos cada una de  nuestras palabras, conscientes de que delante de nosotros tenemos una ciudadanía plural, merecedora de nuestra atención y respeto.

Flaco favor a la Justicia ha hecho el juez Marchena.  Nos ha trasladado de la misma una imagen que la envilece, que la aleja de la ciudadanía, que la muestra como el ejercicio de un poder arbitrario, soberbio e impropio de la democracia que queremos ser.  Habrá que recordarles que nos somos siervos, sino ciudadanos, iguales  a ellos en derechos y dignidad, por muchas togas y puñetas con las que se adornen. O con las que intenten ocultar sus miserias.

1 Comentario

  1. Estamos hablando del Tribunal de la Santa Inquisición, que con diferentes nombres pero similares cometidos perdura a lo largo del tiempo. Que se puede esperar de esos jueces?

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