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Una derecha golpista

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El pasado debate de investidura supuso el punto de culminación de las actitudes sectarias, desmesuradas, incluso violentas de la derecha española.  La pasada década hemos asistido a un proceso de radicalización de PP, de pérdida de complejos, que le ha llevado a recuperar buena parte del legado franquista que se encontraba latente en su estructura genética y que había sido convenientemente disimulado en un intento de asimilarse a las derechas democráticas de los países de nuestro entorno.

Sin embargo, la derecha española y la europea occidental tienen orígenes muy diferentes, que son los que en la actualidad se ponen de manifiesto.  Mientras las derechas europeas se curtieron en la primera mitad del siglo XX en la lucha contra el fascismo, la derecha española es, sin embargo, heredera, vergonzante durante un tiempo, desacomplejada en la actualidad, de los totalitarismos antidemocráticos que sembraron de terror la Europa de los años 30 y 40.   De ahí la muy diferente posición de esas derechas con respecto a la extrema derecha: mientras en el resto de Europa occidental, conocedores de la barbarie nazi-fascista, se implementa un cordón sanitario, democrático, frente a la ultraderecha, en España se la normaliza, se gobierna con ella y se asume buena parte de su argumentario.

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España, por desgracia, cuenta con una derecha golpista, intransigente, violenta, precisamente porque es heredera de una derecha del mismo tenor que, como ya he argumentado en alguna ocasión, no pudo soportar el proceso democratizador de la II República y sumió al país, esa España que tanto les gusta invocar, en un baño de sangre.  Estos días hemos asistido, con estupor, preocupación, con, por qué no decirlo, un cierto miedo, a un bochornoso espectáculo en nuestro parlamento en el que esa derecha, convertida en una hidra de tres cabezas, ha insultado, amenazado, descalificado, en un ejercicio impropio de partidos democráticos.

La derecha, cuando está en juego el poder, es incapaz de reconocer los procedimientos democráticos.  Y por ello se ha lanzado a deslegitimar el diálogo político entre las fuerzas que representan la voluntad popular surgida de unas elecciones.  ¿Cómo es posible llamar ilegítimo a un gobierno fruto de una votación parlamentaria tras un proceso electoral?  ¿En qué mentalidad democrática puede caber realizar llamamientos al ejército a interferir en el proceso de elección democrática de un Presidente de Gobierno, es decir, a un golpe de Estado? ¿Cómo es posible que se anime a los diputados de otras formaciones a romper la disciplina de voto y, por tanto, situarse frente a lo que ha dictaminado el cuerpo electoral vía elecciones?

Tenemos una derecha montaraz, desbocada, que cree que el país es suyo.  No cabe tomarla a la ligera pues, como venimos diciendo, le une un consistente cordón umbilical con la que no dudó en provocar una Guerra Civil y una intensa represión durante cuarenta años.  A pesar de sus gritos de traidores y asesinos, si alguien tiene vínculos con asesinos y traidores es precisamente esa derecha heredera orgullosa de la que, en 1936, vulneró la legalidad y sumió al país en un baño de sangre, alineándolo con el fascismo italiano y el nazismo alemán. Conviene no olvidar la historia y, sobre todo, no aceptar adulteraciones de la misma.

Ante ese panorama, el nuevo gobierno poco puede esperar de la derecha.  A no ser que cambien las cosas, que el PP, o Ciudadanos, decidan homologarse a la derecha democrática europea, solo cabe esperar hostigamiento pues a la derecha, en realidad, España le interesa muy poco si no se asimila a sus intereses.  De ahí la necesidad de un decidido apoyo al nuevo Gobierno por parte de quienes sabemos que estamos en un momento, probablemente, decisivo, que puede marcar el futuro devenir del país.  Apoyo que no quiere decir, en modo alguno, sumisión ciega, sino crítica también cuando esta sea necesaria.  Pero no creamos que la tarea política de los próximos meses corresponde en exclusiva al Gobierno, o a los partidos que lo sustentan.  Es algo que debiera concernirnos a quienes miramos el futuro con una cierta esperanza.

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