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Un presente que ilumina el pasado

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Uno de los puntos débiles de nuestra democracia, lo he señalado ya en alguna ocasión, es la desmemoria histórica sobre la que se ha construido.  En España se ha confundido la necesaria reconciliación nacional, de la que ya hablaba el PCE allá por los años 50, con el olvido de la propia historia.   Así, buena parte de la ciudadanía actual vive en el desconocimiento de los crímenes del franquismo, lo que ha llevado a una trivialización de la dictadura en amplios sectores sociales.  Sobre ese olvido de la historia, la derecha ha procedido a una falsificación de la misma en función de sus intereses políticos e ideológicos.  Una de las falsificaciones más poderosas, y efectivas políticamente, ha sido la de apuntar que la Guerra Civil fue el resultado necesario del caos republicano, un estado de cosas insoportable que era preciso atajar.

Hace años que llevamos constatando el carácter apocalíptico de la derecha española.  La cuestión catalana ha provocado el desacomplejamiento de una derecha que, tras haber allanado el camino con esa desmemoria de la que hablaba, ha ido recuperando una dialéctica ultranacionalista en la que solo existe una visión de España, la suya.  Esa radicalización explica el nacimiento y rápido crecimiento de una ultraderecha a la que el resto de la derecha, de modo en ocasiones inexplicable desde sus propios intereses políticos, no hace sino alimentar al asumir buena parte de su discurso.  Vox ya se ha tragado a Ciudadanos, ya veremos qué ocurre con un PP lanzado al monte.

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El pacto de Gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos ha sido un segundo elemento que ha contribuido a exacerbar unos ánimos ya de por sí muy radicalizados.  Así, al ultranacionalismo de la cuestión catalana se ha unido el anticomunismo, como si en el acuerdo de gobierno pudiera encontrarse algo más allá de unas tibias medidas socialdemócratas.  La respuesta de la derecha al mismo, desde su medios de comunicación hasta sus partidos políticos, ha sido de una extrema virulencia, como se pudo constatar en la primera jornada de la sesión de investidura, donde los representantes políticos de la izquierda eran increpados con calificativos tales como «traidores», «terroristas» o «asesinos».

Este ambiente apocalíptico, y tremendamente peligroso, que está promoviendo una derecha muy irresponsable, es un instrumento magnífico, al menos, para entender qué pudo suceder en la II República, para comprender el origen de la Guerra Civil.  A mi modo de ver, y salvando las enormes distancias, existe un paralelismo básico entre lo que ocurrió durante la II República y la actual situación: los privilegiados –los enormemente privilegiados- de ayer y de ahora ven amenazados algunos de sus privilegios y no van a consentir, como no consintieron, perderlos en beneficio de la mayoría social.  Si un mero programa de gobierno como el presentado por PSOE y Unidas Podemos, bajo el paraguas de una Unión Europea que no va a permitir modificaciones legislativas radicales, especialmente en el campo de lo económico, merece una respuesta tan airada, un tono guerracivilista como el que la derecha está utilizando, ¿qué no pudo ocurrir en los años 30 tras un cambio de régimen, una propuesta de reforma agraria, una descentralización del Estado, el reconocimiento de derechos sociales, la separación Iglesia-Estado, etc., etc.?  Quienes entendieron que España se les iba de las manos, que se convertía en una sociedad democrática en la que sus privilegios quedaban en entredicho, prefirieron destrozarla en una Guerra Civil.

He señalado en alguna ocasión que la derecha odia a España, que es incapaz de asumir su diversidad, su riqueza, su pluralidad.  Todo lo que no encaja en su estrecha visión es condenado.  Lo vimos hace unos días con el grotesco boicot a Teruel propuesto desde sectores de la ultraderecha por el apoyo de Teruel Existe a la investidura de Sánchez.  Teruel, como Cataluña, pasa a formar parte de la anti-España.  Delirante.  Se anuncian tiempos difíciles, muy difíciles, que no deberíamos tomar a broma.  Las convicciones democráticas de la derecha española tienen tan poco calado como sus principios éticos.  Solo el interés más descarnado, el sectarismo inyectado de odio, presiden sus acciones.  Se impone una gran inteligencia al nuevo gobierno.  El pasado nos muestra de qué son capaces  quienes siguen aullando desde sus trincheras.

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