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Un lector de Miguel Labordeta pide la palabra

Soy, ya digo, lector. Y anónimo por más señas. No soy poeta, ni siquiera crítico, pero voy a hablar de un hombre al que conocí sólo por sus versos.

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Miguel Labordeta. Fuente: Cultura Aragón.
Miguel Labordeta. Fuente: Cultura Aragón.

El próximo 1 de agosto se cumplirán 50 años de la muerte de Miguel Labordeta, una de las voces más personales y poderosas de la poesía española y aragonesa. Inquieto y sensible, hoy su figura se entendería también como la de un agitador cultural. En torno a las mesas del café Nikè, Miguel aglutinó a numerosos escritores y artistas, amigos de bromas y juergas, y juntos forjaron una generación irrepetible en Zaragoza y no del todo conocida entre el gran público.

Miguel Labordeta habitó en aquella “Zaragoza gusanera” de las décadas cuarenta a sesenta del pasado siglo. Ciudad de tristura gris, de “gorilas”, como llamaba a las muchedumbres mansas que la habitaban; ciudad de represión, de miseria; de represión, miedo y miseria frente a la que el poeta siempre quiso imprimir su propio pulso vital. Esta voluntad de autoafirmación y de diálogo crítico con su entorno son las notas que caracterizarán su producción literaria.

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De joven, Miguel conoció el terror franquista que sólo en Zaragoza se cobró la vida de 3557 almas entre 1936 y 1946 según datos que aparecen en el libro El asalto a la República. Su padre- maestro y director del Colegio Santo Tomás de Aquino donde el propio poeta trabajaría- se salvó a las mismas puertas de casa de ser asesinado por matones falangistas. Al parecer años antes había evitado el linchamiento de alguno de aquellos criminales. Esta nobleza de carácter la heredaría su hijo, de quien otro poeta compañero de generación, Luciano Gracia, recordará en uno de sus versos “la inmensa humanidad de Labordeta”.

Sus cuatro primeros libros de poemas – Sumido 25, Violento Idílico, Transeúnte central y Epilírica- concebidos y escritos entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, ofrecen testimonio de esa pugna entre individuo y contexto. El empeño por desarrollar una personalidad creativa autónoma y no emparejarse con dogma alguno le llevó en ocasiones a posicionarse en terreno de nadie. Miguel fue un francotirador que empleaba el verbo de raigambre surrealista con las herramientas de un realismo en el que las cuestiones existenciales se anudaban a problemas de cariz social. Incluso en sus últimos años, cuando se acercó a la vanguardia formalista del chileno Julio Campal, siguió manteniendo ese mismo discurso, lo que le costó frecuentes encontronazos con la censura.

De toda la temática que aflora en su obra, la muerte ocupa un papel primordial; una muerte entendida como drama humano particular, pero enraizada de forma poco disimulada con la denuncia histórica:

“Las finanzas erigen sus caudillos
y torsos enterrados
buscan los cabellos de luz
que enamoradas ya difuntas
sembraron por las inéditas laderas
donde engendraron los hijos de otros padres.”
(“Acaecer”, de Sumido 25)

De esta forma, Miguel pugnará por construir con sus versos una memoria contrahegemónica, opuesta a la del régimen franquista y su falso relato de “reconciliación nacional”, basado en realidad en la cuneta y el olvido:

“Se han derrumbado los túneles.
Los ataúdes navegan sus astillas
hacia el jardín del estoico.
Fueron fusilados 10.000 corazones
partidos a balazos.”
(“Anochecer del piloto”, de Transeúnte central)

“Y aquel jovial profesor fusilado
Nos reúne a todos sus difuntos alumnos
Para explicar su última teoría transgaláxica:
`Es todo sencillo…hijos míos… sencillo y fácil.
Me morirán. Se morirán los que me olvidaron.”
(“Breve experiencia del soldado”, de Transeúnte central)

El que tantos años después hagamos propio el dolor de estos versos, es tanto mérito del poeta como de que las heridas sigan aún sin cerrarse. Por eso, el efecto que hoy día producen poemas como “Un hombre de treinta años pide la palabra” no puede ser muy diferente del que debió provocar en la audiencia zaragozana de los años cincuenta su lectura en la radio:

“A vosotros: los poderosos energúmenos los grandes señores de la culpa
los que con vuestra codicia más enorme aún que el cielo de tal hipocresía
arramblasteis con la mejor rapiña en el río revuelto
y que no fuisteis para vuestros hermanos
sino hoscos verdugos con sonrisa de lobo
y una estela de odios encendidos dejasteis
para mil años que vinieran y más:
en nombre de mi generación yo os acuso.”
(De Epilírica)

Testimonio irrefutable de la triste actualidad de estos versos lo da el hecho de que este poema brutal fuera leído en febrero de 2003 por su hermano José Antonio en el Congreso, con motivo de la comparecencia de Aznar por el ataque a Irak. Y es que los peores monstruos siguen apareciendo cuando lo viejo no termina de morir.

Han pasado ya 50 años de tu muerte, Miguel, y me pregunto quién eres tú para esta sociedad del siglo XXI; qué vamos a hacer con tu memoria, que es la memoria colectiva de una época de miedo, pero también de valentía. Para esos poderes públicos que dicen representar a la ciudadanía y para quienes ejercen su magisterio en la república de las letras, me pregunto Miguel, quién serás tú. Quizá, como el verso de Lorenzo de Blancas, “Miguel, una pregunta para nada”.

Yo, por mi parte, como cada 1 de agosto, bajaré paseando hasta tu caserón, calle Buen Pastor número 1, a esperar de nuevo tu regreso.

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