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Un lapsus millonario: la autovía del Pirineo regatea la ’zona cero’ del lindano

El presupuesto de la variante de Sabiñánigo se dispara más de veinte millones de euros al trasladarla el Ministerio de Fomento varios kilómetros al este para no remover, como estaba inicialmente previsto, las miles de toneladas de lodo tóxico del vertedero de Sardas ni la ‘bomba química’ del pequeño embalse de la capital del Serrablo

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El vertedero de Sardas se encuentra junto a la carretera N-330, sobre cuyo trazado iba a discurrir inicialmente la variante de la autovía A-23.

Sentido común, podría decirse, al mismo tiempo que un nuevo perjuicio económico para el erario público derivado de las tropelías ambientales que rodearon la instalación y la gestión de la planta de fabricación de lindano de Inquinosa en Sabiñánigo, que en apenas década y media dejó un legado de 120.000 toneladas de residuos químicos, y de la desprotección ecológica que rodeó durante décadas el desarrollo industrial de esa localidad del Pirineo.

La Dirección General de Carreteras acaba de publicar la licitación de la variante de la autovía A-23 a su paso por Sabiñánigo, una infraestructura valorada en 91,67 millones de euros (75,76 más IVA) que enlazará el tramo que ahora termina poco antes del enlace con laN-260 en sentido norte con el que conduce hasta Jaca desde poco después del núcleo urbano.

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La obra, con cuya ejecución quedará prácticamente cerrada la construcción de la A-23, lleva más de una década de retraso por dos motivos. Uno se encuentra en los recortes que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aplicó a la obra pública, y especialmente a este proyecto, en 2010 y que los ejecutivos de Mariano Rajoy mantuvieron hasta el final de su primera legislatura. El otro radica en el legado tóxico de Inquinosa y algunas otras empresas químicas que han operado en la localidad.

Sobre la N-330, y por encima del lindano

Inicialmente, Fomento barajaba un trazado más cercano al casco urbano, también por su zona este y prácticamente sobre el trazado de la actualN-330. Sin embargo, eso incluía afecciones a dos zonas críticas relacionadas con los vertidos de lindano: el vertedero de Sardas y el embalse de Sabiñánigo.

Inquinosa virtió los residuos de la fabricación de lindano en el primero durante más de ocho años, entre 1975  y 1983, hasta que, al saturarlo, comenzó a arrojarlos en el de Bailín. Situado junto a la cola del embalse y atravesado por la N-330, hacer pasar por allí la variante implicaba remover las tierras de un paraje en el que Inquinosa, según los cálculos del Gobierno de Aragón, enterró hasta 80.000 metros cúbicos de residuos químicos sólidos y 3.000 líquidos.

Las consecuencias ambientales de una actuación de ese tipo parecen, a priori, tan imprevisibles como catastróficas. Y algo similar ocurre con el embalse de Sabiñánigo, cuyos 780.000 metros cúbicos de lodo, que ocupan más del 85% de su capacidad, incluyen, según un informe de la CHE (Confederación Hidrográfica del Ebro), residuos de lindano, cadmio, clorobenceno, mercurio, benceno, fenol, arsénico, hidrocarburos policíclicos aromáticos, plomo y cinc, entre otros 17 tipos de metales pesados y compuestos químicos procedentes de la fábrica de Inquinosa, el vertedero de Sardas y las instalaciones de Energía e Industrias Aragonesas. “El origen de los metales detectados de forma más significativa se atribuye a las prácticas industriales desarrolladas en el pasado” en esas zonas, concluye el dictamen.

“Los ensayos de ecotoxicidad realizados sobre la capa superficial de los sedimentos muestran que no se trata de sedimentos ecotóxicos, es decir, los elementos del sedimento no están alterados en cantidad significativa como para alterar los equilibrios biológicos del ecosistema”, anota el estudio. Pero ¿y si fueran removidos como planteaba el proyecto inicial de la variante?

Fomento planeaba inicialmente que la autovía superara el embalse de Sabiñánigo mediante un viaducto cuyas pilastras se asentaran sobre los tóxicos suelos del embalse de la capital del Serrablo.

Un despiste de más de veinte millones

La CHE prefiere no saberlo. De hecho, esa situación le llevó a alertar a Fomento, a través de Medio Ambiente, de los riesgos que entrañaba el plan inicial de seguir el trazado de la N-330 y salvar el embalse con un viaducto: la colocación de las pilastras sobre las que debía apoyarse entrañaba el riesgo de provocar una catástrofe ambiental en el tramo medio y bajo del Gállego y en el cauce el Ebro a partir de Vadorrey.

Esa indicación acabó convirtiéndose en un veto para el trazado en 2012, que fue cuando el entonces diputado de Cha Chesus Yuste, logró desentrañar los motivos del retraso por la vía de las preguntas parlamentarias.

Antes, y pese a que hacía ya más de una década que Inquinosa había cesado su actividad por el veto de la UE al lindano, nadie, al parecer, había caído en la cuenta de los riesgos que se derivaban de una obra de esa envergadura en un paraje con esas condiciones. El despiste también tuvo consecuencias económicas: la obra que ahora sale a subasta por más de 90 millones de euros estaba entonces presupuestada en 70.

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