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¿Última oportunidad?

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Intentaré dejar de  lado la enorme rabia y decepción que el proceso de elaboración de candidaturas electorales me ha provocado, como creo que a mucha gente incapaz de entender la inmensa ceguera que se ha puesto  de manifiesto en el mismo.  Tiempo habrá, tras las elecciones, de analizar y, sobre todo, de sacar las evidentes consecuencias que de esta situación se desprenden.  Pero ahora toca eso, elecciones, y, por tanto, acumular fuerzas para hacer frente al riesgo de derechización de nuestra sociedad.  Toca mostrar la responsabilidad que otros, otras, no han sabido ejercer, y, a pesar de todo, toca llenar de votos las urnas, la abstención no puede ser una opción cuando tanto nos jugamos.

Quizá nos hallemos ante la última oportunidad para afrontar una tarea que no se abordó en la Transición y que entiendo que está en el origen de muchas de las cosas que suceden en la actualidad, entre ellas la rápida normalización de la extrema derecha por la sociedad española.  Una extrema derecha cuyo discurso ha continuado formando parte soterrada del imaginario social de España y que, por tanto, cuando se ha vuelto a encarnar políticamente, ha encontrado sus adeptos.

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Todos sabemos  en qué condiciones se desarrolló la Transición, que el franquismo la afrontó con la pistola encima de la mesa, lo que condicionó la mayor parte de las decisiones que se tomaron.  No fue, en absoluto, un proceso simétrico y democrático, sino sometido a los intereses, de todo tipo, de los poderes heredados del franquismo.  Y ello llevó al silencio, al silencio sobre nuestra historia y lo que en ella aconteció.  De tal modo que, en cierto modo, el relato que había venido siendo mayoritario sobre la República y la Guerra Civil, permeó a buena parte de la sociedad.  De manera sorprendente en una sociedad supuestamente democrática, el franquismo es juzgado con extremada benevolencia, mientras que la II República merece las críticas más insospechadas e injustas.

Todo ello deriva, claro está, del enorme desconocimiento social sobre nuestra propia historia, silenciada y tergiversada.  Historia de España.  Quienes se llenan la boca con su nombre intentan silenciar algunas de sus páginas más brillantes y convierten en motivo de orgullo otras que debieran sumirnos en el oprobio.  Mal que nos pese, las dos Españas siguen ahí.   Una, como siempre, silenciada, menospreciada, considerada como no España, enterrada, todavía, en las cunetas de la memoria.  La otra, hecha un mar de banderas, envalentonada, sabedora de que sigue nadando a favor de corriente, porque reposa sobre un lecho de poderes fácticos, policiales, militares, judiciales, mediáticos, que, con disimulo, le acarician el lomo.

A mi modo de ver, como decía, hay una tarea pendiente, e inexcusable si queremos construir una sociedad democrática.  Y quizá nos encontremos ante la última ocasión para llevarla a cabo.  Es la de rescatar la historia, de sacar a la superficie esa historia subterránea que a la sociedad española le ha sido arrebatada y que le impide, por ello, analizar su presente.   Los sectores democráticos de esta sociedad, en los que no cabe, en modo alguno, considerar al PP, tan vinculado con la dictadura, no se plantearon la tarea de que los estudiantes de este país conocieran su historia.  Y de ese modo, no han podido sentir el orgullo de que su país, su patria, incluso, si queremos disputar ese concepto,  fuera un país pionero en Europa en reconocer el voto femenino, veinte años antes, por ejemplo, que Suiza; como tampoco han podido estudiar el horror provocado por la barbarie fascista, tanto al provocar una guerra civil como al reprimir inmisericordemente a la sociedad española durante cuarenta años.

Quizá ese conocimiento  pudiera servir reivindicar los avances democráticos de la II República y para denostar la miseria moral y política del franquismo.  Solo el conocimiento real de nuestra historia puede afianzar una conciencia democrática.  Quizá, una victoria electoral de la izquierda en las próximas elecciones pudiera paliar esta enorme carencia y así contribuir, desde el conocimiento de la horrenda faz del fascismo, a afianzar los valores democráticos que de tan endeble salud gozan en nuestro país.  Ahí tenemos una razón para el voto, ahí una tarea imprescindible.

 

*Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza

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