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Suspiro de alivio

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Tras seguir la fallida sesión de investidura que se llevó a cabo el pasado jueves, tuve la muy extraña sensación de que el fracaso de la misma producía una mayor decepción entre los partidos de cuyo apoyo dependía el éxito de la misma (UP, PNV, Compromís, ERC, Bildu) que en el propio candidato y su entorno político.   El portavoz del PNV, dirigiéndose al candidato, le confesó que su voto lo tenía desde un principio y que solo su actitud poco comprometida explicaba la abstención final de los nacionalistas vascos.  Por su parte, Joan Balldoví, en nombre de Compromís, un partido que gobierna y ha gobernado Valencia junto con el PSOE, reprochó al presidente en funciones su, literalmente, “desgana y soberbia”, su escasísima disposición para encontrar un acuerdo con las diferentes fuerzas cuyo apoyo precisaba.

Porque, efectivamente, mucho se habla del fracaso del diálogo entre PSOE y UP, pero es que si estas dos formaciones no han llegado a ponerse de acuerdo, es preciso constatar que, en realidad, el PSOE no ha logrado ponerse de acuerdo con ninguna fuerza política, con la excepción hecha de los regionalistas de Cantabria, que venían pactados de casa.  ¿Tan poco hábiles son los negociadores del PSOE, que resultan incapaces de convencer a nada menos que cinco fuerzas políticas?  Es difícil creer que esto sea así.

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La posinvestidura nos deja otros datos bastante sustanciosos para realizar una interpretación de la fallida investidura.  En primer lugar, caso de producirse una nueva sesión de investidura antes de que se convoquen automáticamente nuevas elecciones, el PSOE ya anuncia que la vía del pacto con UP está cerrada.  A pesar de que dio la impresión de que el acuerdo podía estar cerca, el PSOE renuncia a seguir trabajando en esa dirección, a pesar de que es la opción por la que apuestan la mayoría de los votantes de izquierdas, los sindicatos, los pensionistas y un largo número de colectivos sociales.  En segundo, la vía que Sánchez no descarta es la de seguir pidiendo, rogando, suplicando, la abstención de PP y Ciudadanos.  La vía de UP está cerrada, pero la de aquellos que le han insultado a boca llena, que le han llamado <banda para repartirse el botín>, sigue abierta y bien abierta…curioso, ¿no?  En tercer lugar, parece que el PSOE está pensando en dejar correr los plazos sin promover una nueva investidura para, de ese modo, vernos abocados a una nueva convocatoria electoral.

Estos datos, y otros que comentaré a continuación, me llevan a preguntarme si Sánchez ha deseado en algún momento ser investido al precio de un gobierno de coalición y si su plan no sería, desde un principio, provocar, caso de no conseguir un gobierno en solitario, una repetición electoral.  Desde la misma noche electoral, en la que los militantes del PSOE, conocedores de las históricas querencias de su partido, gritaron aquello de “con Rivera no”, la dirección socialistas manifestó su deseo de un gobierno en solitario.  Mientras, de manera precipitada y sin ninguna participación de sus bases, UP manifestó desde un primer momento su entusiasmo por un gobierno de coalición, Sánchez y los suyos se defendían como gato panza arriba frente a esa posibilidad.  Y las piedras en el camino se fueron sucediendo, en forma de exigencia de renuncia de Iglesias (probablemente confiados en que el ego de este cortocircuitaría el proceso), de filtración, desde el entorno de la negociadora del PSOE, de los documentos de la negociación manipulados, de reticencias a ceder áreas importantes de gobierno a UP, sobre todo aquellas que más preocupación podían suscitar en los poderes fácticos.  Esos poderes de los que tanto habló Sánchez en su entrevista con Évole.

Son muchos los indicios, desde mi punto de vista, que sustentan la hipótesis de que Sánchez nunca ha deseado el gobierno de coalición y que suspiró aliviado cuando esa posibilidad se esfumó y el camino hacia una repetición electoral quedó expedito.  Como bien apunta Mariano Pinós en estas mismas páginas, el horizonte de recuperación del bipartidismo late todavía con fuerza en el “mejor de los mundos posibles” que acaricia el PSOE.  O, cuando menos, se ansía un escenario en el que, reducida la izquierda a una presencia testimonial, las opciones de pacto pasen por partidos “poderesfactistas” (lo que algunos pretenden denominar constitucionalistas) que garanticen una apacible gobernabilidad sin que nada tenga que cambiar sustancialmente.

Mientras a muchos se nos ha quedado cara de idiotas, enormemente decepcionados y exasperados por la falta de acuerdo en la izquierda, otros no abandonan su cara de póker, muy útil para intentar disimular sus verdaderos deseos.  Pero si la hipótesis que aquí se apunta fuera cierta y Sánchez estuviera jugando con la idea de una repetición electoral,  acaso se tope (nos topemos) con el cabreo, la tristeza, la decepción, la rabia, que impregna a los votantes de izquierda y que puede desembocar en la desmovilización de quienes sienten que su voto ha sido muy mal gestionado por sus representantes.  Atrapados en su mundo de instituciones, comités y reuniones no se dan cuenta de que, en la calle, la gente empieza a estar hasta las narices.  Y ese desapego, ese malestar, siempre termina alimentando a la derecha.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

1 Comentario

  1. El veto s un gobierno de izquierdas es exactamente el mismo que se aplicaba al PC en toda Europa occidental. Sánchez sabe que no puede traicionar a sus amos. Por cierto durante la segunda República tampoco hubo un gobierno de izquierdas incluso ni con el frente popular, fue preciso esperar al golpe de estado para que lo hubiera , entrando socialistas, comunistas e incluso anarquistas junto con los republicanos de centro izquierda. No ha cambiado mucho el veto que tanto pavor le sigue produciendo a Sánchez.

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