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Soy rebelde, y además no soy esa

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La educación sentimental y musical de cada uno de nosotros sigue caminos inescrutables. Te puede llevar de Jeanette al Rock más ruidoso. Tres de mis canciones favoritas cuando era pequeña son Soy rebelde de Jeanette, Yo no soy esa de Mari Trini y el A quién le importa de Alaska y Dinarama. Antes de saber qué era el feminismo, por supuesto. Eran canciones que sonaban en mi casa y que todavía me gusta escuchar. Por eso hoy quería dedicarle este texto a las mujeres de mi vida, incluidas ellas tres.

A mi madre, la primera mujer valiente de la que tengo recuerdo, que dejó su pequeño pueblo en la provincia de Teruel con 18 años para venirse sola a la ciudad, y buscó un empleo y construyó su universo y su identidad fuera de su zona segura. Que se compró en Zarautz una camiseta blanca ajustada con un gran interrogante rojo, y que últimamente no ha dejado de hacerse preguntas.

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A mi tía Petra, otra mujer valiente a la que le tocó vivir tiempos muy duros en la posguerra, que ha ejercido de hermana y de madre, de tía y de abuela, además de ser mujer. Que ha sacado siempre una energía tremenda de donde hiciera falta. Petra, dura como una piedra en su fortaleza, pero una piedra de cantos lisos y suaves limados por el agua.

A mi tía Rosa, que murió demasiado pronto y me enseñó lo que es tener valentía y entereza ante la enfermedad.

A mi tía Mari, que se sacó el carnet de conducir a una edad a la que yo entonces pensaba que nadie se ponía a conducir, y de la que aprendí que hay cosas inaplazables y que a su vez no tienen edad, aunque en mi caso sea una asignatura pendiente.

A mis abuelas, Joaquina y Dioni, dos modelos distintos de mujer que me enseñaron también cosas distintas. La abuela que me peinaba con trenzas y se asomaba a mi habitación a decirme que estudiaba muchísimo, que horas después de un parto en casa, como eran entonces, se levantaba a hacer la comida y atender a los animales y la abuela que me enseñó que ser madre no está reñido con ser pareja y que adoró siempre a mi abuelo, algo feminista a su modo en aquellos tiempos. Tanto, que se fue poco tiempo después de que él muriese, como si su corazón no pudiera soportar el abandono.

A Carmen, tía de mis primas, la primera mujer feminista de la familia que recuerdo, así con todas las letras. Tenía un trabajo estupendo, no se había casado porque no había querido, llevaba el pelo largo y muy blanco, y viajaba por todo el extranjero. Y además, comía en restaurantes sin que fuese su cumpleaños o invitada a una boda. Algo que entonces a mí me parecía el no va más, eso de comer de restaurante cuando se te antojase. Una rara avis en la Zaragoza de los primeros 80.

A mi prima Begoña, la prima que me hablaba de Alaska y de la movida, que jugaba con nosotros a Misterio y al Monopoly, que me enseñó el valor de la palabra paciencia y generosidad. A mis primas Marta, Ana, y Victoria, por convertirse en las primeras amigas que recuerdo. Por obligarme a jugar al Quimicefa y tener que aceptar que me lo pasaba bien, por las maratones navideñas escuchando a Wham! y por obligarme a disfrazarme y a cantar y hacer trucos de magia y perder el miedo a mí misma y a hacer el ridículo. A mi prima Vanesa por ejercer de hermana pequeña durante muchos años.

A Mariam, que a partir de cierto momento tuvo que sacar sus hijos adelante ella sola, y que también se construyó una vida nueva en un país nuevo. Que se ha reinventado una y otra vez.

A Balbina, a Teresa, a Adela: profesoras del Instituto Mixto 4 El Portillo, que me hablaron del feminismo como movimiento, que me enseñaron la fortaleza, el carácter, y la valía de no tener miedo a decir lo que uno piensa.

A Mercedes, que me preparó de manera excelente para las oposiciones en la academia, siendo interina, y que creyó en nosotras desde el primer momento.

A Reyes, mi editora favorita (junto a mi editor favorito), que me dio la oportunidad de empezar a volar en esta maravilla que es escribir y que es una mujer simplemente increíble.

A las mujeres del Club de Lectura Leer Juntos por acogerme y no dejar que me sienta extranjera, ojalá siempre fuese todo tan fácil. Gracias por la calidez, por los bizcochos, y gracias por hacer de ese espacio un lugar al que siempre se quiere regresar.

Y especialmente a mis amigas, ellas saben quiénes son todas y cada una de ellas, por mil razones. Por ser hermanas, por haber crecido conmigo, por conocer mis miedos y quererme con ellos, por las risas, por la sororidad, por ser valientes y fuertes y contradictorias. Por ser hermosas y asombrosas y desmentir ese mito de que las mujeres son enemigas entre ellas. Mis amigas son mi bien, mi tesoro, mi aventura. Mi compañía. Son el batallón que elegiría para ir a la guerra. Tiernas, rebeldes, despistadas, centradas, hipocondríacas, racionales, misteriosas, extrovertidas, introvertidas, divulgadoras, románticas, pero todas ellas AMOR DEL BUENO.

El pasado 8M me sentí orgullosa de ser mujer y tener que luchar por llegar a ocupar el lugar que nos corresponde porque pensaba en mi entorno y veía que incluso cuando no ponía la palabra feminismo como uno de los ejes de mi vida, cada una de ellas me estaba ayudando a construirme como mujer que elige y decide, como mujer que se hace más fuerte. Este texto era una deuda con todas y cada una de vosotras, también con las que no aparecen aquí porque la lista sería interminable. Juntas cambiaremos el cartel que vimos en la manifestación de la tarde en la que se leía: “Todo mal” por un “Todo bien” enorme.

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