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Soy de Móstoles, no galáctico

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Soy de Móstoles, no galáctico (Iker Casillas)

 

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Es agradable

volver a contemplar las fotos de mi infancia.

Poder alejar la idea constante

de que yo era un bonito proyecto de convertirme en otra persona,

pero que ha sido desbaratado por mis acertadas decisiones.

(Iman Mersal. Poeta egipcia nacida en Mit Aldan, 1966)

Comentábamos hoy con unas amigas en el desayuno la fragilidad que nos sobreviene cuando somos niños ante algunas limitaciones, a veces interiorizadas como propias, otras, impuestas. Una de ellas narraba que la profesora de su hijo (10 años) le decía en una tutoría, hablando del carácter de su hijo, que les gustase o no, los líderes actuales de la clase, los que eran vistos como líderes y a los que se confería ese poder por parte del resto de los compañeros, eran los que eran muy buenos jugando al fútbol. Nada de leer rápido, de ser bueno escuchando, o de saber un montón sobre por ejemplo, insectos o minerales.

Líder, del inglés leader, se define como una persona que actúa como guía o jefe de un grupo. Para que su liderazgo sea efectivo, el resto de los integrantes debe reconocer sus capacidades. Y aquí entramos en el quid de la cuestión, de nada sirve de cara a la sociedad creerte un líder en algo si los demás no lo reconocen como tal.

El reconocimiento, esa palabra. Hace un par de años hablábamos en una reunión de trabajo del salario emocional. El salario emocional es aquel, sumado al salario pecuniario, que reconoce tu trabajo. Que reconoce que eres un buen motivador, un buen coordinador, un buen innovador o lo que corresponda. El que habla por tu productividad pero también por tu flexibilidad, tu empatía, tu capacidad de motivar. Todos necesitamos salario emocional.

Hoy hablaba también con mis amigas de lo complicado que puede resultar crecer siendo un niño sin reconocimiento en el colegio, o sin destacar en lo que es deseable. Fui una gran lectora y una niña que todos los veranos acababa a tiempo los libros de verano de vacaciones, que luego la profesora me ponía a corregir. ¿Creéis que eso me convirtió en líder? No Way. Creo que además de no ser visto como algo deseable despertó pelusilla en más de una compañera.

1991. Cuando me quedaban apenas dos meses para cumplir los 15, al comenzar 2º de BUP, Fernando, nuestro nuevo profesor de literatura, hizo un sondeo para ver qué y cuánto habíamos leído ese verano. Iba diciendo cifras y la gente levantaba la mano. 1, 2, 5, 8…. Una persona incluso había leído 8. Yo tenía cerca a un chico majete, nuevo, que me sonreía mucho. Ni él ni yo habíamos levantado la mano todavía. Me pregunté con emoción si habría leído tantos como yo, y cuando el profesor dijo: ¿alguien ha leído más de 10?, dudé, pero dije la verdad: 23. Era Verdad, tres meses ociosos de vacaciones dan para mucho y me dedique a devorar parte de la biblioteca de mis padres. Vi y sentí cómo se hizo el silencio. Cómo el profesor me evaluaba decidiendo sí era un ratón de biblioteca o una mentirosilla, y sobre todo vi los ojos y la mirada de espanto del chico majete. Él, claro está, no había leído ninguno y además resultó ser más bobo que un zapato pero en ese momento pensé que mis padres me habían engañado con lo de que con la verdad se va a todas partes.

Ay, 2º de BUP fue un campo de minas de la decepción. A nuestra clase iban Silvia y Ana, morena y rubia, muy amigas. Chicas de éxito entre chicas y chicos. Silvia llevaba un cinturón cuya hebilla era como una flor plateada. Se me antojó comprarme uno igual, o parecido, porque seguramente el suyo era de marca y el mío no, y me lo puse, por supuesto que me lo puse, para descubrir que seguía siendo invisible, o quizás no invisible pero sí opaca, pero con una flor horrorosa de cinturón. También venía con nosotros Idoia. Idoia era hija de madre francesa y además tenía pecas y ojos azules. El primer día que abrió la boca en clase de francés hasta la profesora se quedó muda. Hablaba mejor que ella. Era, creo, la chica más guapa de clase. Creo que intenté hacerme amiga de ella, pero ella se hizo amiga de Silvia y Ana. Esto me llevó a aprender la segunda lección. El éxito y la belleza quieren al éxito y la belleza, casi siempre. Los líderes buscan a otros líderes, aunque a veces pueden llegar a rodearse de gente que no brille tanto como ellos para que no les haga sombra. Hay un dicho maorí que dice que mires siempre frente al sol, para que la sombra quede detrás.

Hoy en día se dice que la cultura está denostada, que el saber ya no es algo deseable, que lo inteligente más que conocer datos es saber cómo acceder a ellos. Hemos sustituido en buena parte lectura por audiovisual, con el riesgo que comporta ver un documental de una hora en lugar de leer 5 ensayos sobre un tema con diferentes puntos de vista.  Yo recuerdo cómo fue mi infancia y mi adolescencia y creo que tampoco ha cambiado tanto. Ahora leen cuatro gatos, dicen. Antes leíamos cinco. Los cines Renoir y la Filmoteca no sufrían precisamente de aglomeraciones en esta ciudad. Quizás lo que sí ha cambiado es cómo se lee. A ráfagas y no de manera ininterrumpida. Yo misma lo noto cuando consigo sacar dos horas seguidas para leer, sin mirar el WhatsApp, sin estar pendiente de nada más. Lees de otra manera. Creo de verdad que no leer es malo porque está demostrado que la lectura es mucho más que simple entretenimiento: es casi una acrobacia mental en la que el cerebro participa de forma activa, ordenando ideas, relacionando conceptos y provocando reacciones y opiniones de nuestra parte. Incrementa la capacidad de concentración, análisis e interpretación de texto. Y eso nos hace menos manipulables, más autocríticos y con suerte, algo más sabios, aunque nunca nos haga líderes. Yo, de Móstoles antes que galáctica.

 

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