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Sobre moral y política

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Hay un argumento bastante repetido, sobre todo en el ámbito de la izquierda, que establece que la política no debe mezclarse con la moral ni tomarla como fundamento.  He de reconocer que siempre me ha sorprendido, que me ha llenado de estupor, porque, muy al contrario, pienso que el vínculo entre una y otra es indisociable.  ¿Cómo entender una política carente de contenido moral o una moral sin dimensión política?   A mi modo de ver, un verdadero sinsentido.

Sinsentido porque cuando alguien establece un planteamiento político lo hace en consonancia con unas convicciones morales.  Lukács, uno de los filósofos marxistas más relevantes del siglo XX, decía que el socialismo era sociología más impulso moral, con lo que venía a decir que la sociología a secas sirve, exclusivamente, para describir una realidad, pero que hace falta una voluntad moral para decidir transformarla.  Una cosa es describir la pobreza del mundo, otra considerarla inaceptable y querer erradicarla.  Trump o Abascal no son ciegos, saben que hay pobreza en el mundo, pero no entra dentro de su compromiso ético acabar con ella.  Es decir que es la convicción, moral, de que la pobreza es inaceptable la que  lleva a defender una determinada posición política.  Del mismo modo, la defensa política de lo público, o de lo común, tiene incuestionables consecuencias éticas, pues supone apostar por una sociedad más justa e igualitaria en la que el dinero no se convierta en el argumento definitivo para que la ciudadanía reciba ciertas atenciones básicas.

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No sé si paralelo a este, existe un segundo argumento que tiende a afear lo que denomina «superioridad moral de la izquierda», presentándola como una actitud soberbia que menosprecia a quienes no comparten ciertos valores.  Argumento nuevamente problemático, por cuanto entiendo que cuando alguien defiende una cierta posición ética lo hace desde el convencimiento de que es más conveniente que otra y que, por lo tanto, la considera, en cierto modo, superior.  Defender una propuesta ética y política cercana a los derechos humanos, obviando ahora las polémicas en torno a los mismos que desarrollamos desde el ámbito filosófico, puede parecer más conveniente que aquellas que hacen escarnio de los mismos.

A mi modo de ver, no es tanto un problema de soberbia, cuanto de lo que podríamos denominar una especie de complejo de Dorian Gray.   Oscar Wilde, en su magnífica novela El retrato de Dorian Gray, cuenta la historia de un personaje que se hace retratar en el esplendor de su belleza y que consigue que se traslade al cuadro, y no a su figura, la degeneración física y moral que los años le hacen padecer.  Convertido en un ser absolutamente depravado, un día decide mirar el cuadro y se queda horrorizado de lo que en él ve.  Creo que este es un fenómeno muy frecuente en nuestras sociedades, especialmente en aquellas de raíz cristiana.  Las posiciones políticas progresistas y la doctrina social de la Iglesia tienen muchos puntos en común.  El Papa Francisco ha llegado a decir que, en realidad, los comunistas no han hecho sino imitar a los cristianos.  Y en algunos aspectos pudiera tener razón.  Por ello, cuando una buena parte de la población, que se identifica con el cristianismo, constata la enorme distancia que existe entre su práctica ética, sometida al capitalismo más voraz e insolidario, y los principios éticos por los que entiende regirse y que, además, son reivindicados por sus oponentes políticos, considera que estos les miran por encima del hombro con un sentimiento de superioridad. En realidad lo que sucede es que ven, en el cuadro de su actuación, las miserias morales de la sociedad que defienden con uñas y dientes.

En resumidas cuentas, que toda propuesta política tiene una dimensión ética y toda apuesta ética implica una posición política.  Ética y política son dos caras, una individual, otra colectiva, de una misma moneda.  No en vano, uno de los pensadores más lúcidos de nuestro presente, Toni Negri, apuntaba que combatir, hoy es, fundamentalmente, una ética.

 

 

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