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Selfis con zombi al fondo

Los accidentes de gente haciéndose selfis constatan que cada vez nos encontramos más solos, más fugaces, precarios y alejados de nuestro entorno real.

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Cada estación del año viene con sus propias noticias. En verano, los titulares se llenan con un fenómeno que pone en tela de juicio nuestra evolución como especie: los accidentes causados por los selfis, ese curioso hábito de retratarse uno mismo.

Si durante la modernidad el diario se convirtió en la herramienta para dar cuenta de uno mismo y sus actos, forjando así la idea de “Individuo”, durante el siglo XXI parece ser el selfi el que ocupa su lugar. El acto de retratarse a sí mismo, solo o en grupo, es un acto político ya que nos habla de la “individualización”, un proceso histórico que liberó a la masa de los férreos roles asignados, empujándola hacia nuevos procesos identitarios de cooperación social (el sindicato, el partido…) ¿Qué imagen capta el selfi de la actualidad social y política?

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Ante todo, el poderío tecnológico. Los dispositivos empleados constituyen un fetiche que hemos incorporado no sólo a nuestro ajuar doméstico y pautas sociales, sino incluso a nuestros movimientos y gestos cotidianos. Poco a poco el uso de estas herramientas pasa a convertirse en una articulación más de nuestros miembros, en un proceso mecánico, casi fordista, que empieza a condicionar nuestra conciencia.

A través del selfi, la imagen se concentra en nosotros. Y lo que captamos muestra a un individuo agente de su propia identidad. El testimonio de ser el único responsable de un yo que da la espalda al paisaje donde temporalmente se insertan. Aquí aparecen asociadas varias ideas: la decisión rápida, la fugacidad del momento, la anécdota del entorno… Dejamos testimonio de una realidad que no parece existir al margen de nosotros.

Como consecuencia de lo anterior, sólo yo soy responsable de mí mismo. Me explico con un ejemplo. Todos los días paso por el Puente de Piedra y contemplo a numerosas personas haciendo acrobacias para obtener la mejor imagen de sí, con el Pilar como telón de fondo. A veces se encaraman al pretil del puente, con riego de capuzar en el Ebro. El cuidado de sí es un concepto relevante en ese proceso histórico al que me refería antes. Por tanto, el riesgo de estozolarse es un asunto de incumbencia estrictamente personal del autorretratado; algo así como una caricatura de eso que llaman “responsabilidad liberal”.

Hay un último factor que me llama poderosamente la atención y que tiene que ver con el carácter lúdico de este fenómeno. El selfi suele plasmar, con un dinamismo del que carecía la fotografía en épocas pasadas, momentos de alegría o divertimento que de inmediato subimos a la red social de turno. Ello muestra por un lado, la necesidad perentoria de difundir nuestra felicidad, símbolo triunfante del ocio; pero sobre todo, y paradójicamente, pone de manifiesto que, como decía el cineasta soviético Tarkovski, «no sabemos vivir nuestra soledad en alegría». En este sentido, podría afirmarse que necesitamos a los demás, pero sólo en su condición de testigos oculares, de multitud que aplaude unánime en la distancia una escena del héroe protagonista.

La primera vez que asistí a una ceremonia de “selfis colectivos” fue en el teatro griego de Taormina, en Sicilia. Solos o en pequeños grupos, decenas de turistas de espaldas al escenario y frente a las milenarias gradas vacías dejaban constancia de su visita. No miraban, ni admiraban, el entorno, únicamente deseaban ser admirados. Una gradería desierta era su público. Me chocó ese contraste, pero también la certeza de que su verdadero público estaba siempre en otra parte.

Cuanto más nos obcecamos en rescatar nuestra imagen en un mundo voraz y falsario, más difuminadas y fuera de encuadre quedan esas instituciones que el sociólogo Ulrich Beck llamaba “categorías zombis”: la clase social o el vecindario, por ejemplo, vivos y muertos a la vez. Nos encontramos más solos, más fugaces, precarios y alejados de nuestro entorno real. Si en el siglo XIX era costumbre retratar a los muertos con poses de vivos, quizá este siglo será recordado por la afición a retratarnos en nuestro proceso de descomposición social.

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