Inicio Opinión ¿Se puede hacer peor?

¿Se puede hacer peor?

0

Las desgraciadas peripecias de la fallida investidura nos han hecho perder de vista durante algún tiempo lo que, en el fondo, es la cuestión más relevante con respecto al fracaso que la izquierda del cambio ha cosechado en el ciclo político que se abrió con el 15-M: el regreso a una política de cúpulas ajena a la participación y la horizontalidad.  La gestión de los resultados electorales por parte de Unidas Podemos, tanto como colectivo, como en sus miembros constituyentes, se ha realizado sin ningún tipo de debate interno sustantivo que llevara a construir desde abajo la posición política; debate que, por otro lado, hubiera podido servir para producir una mayor sensación de comunidad entre los integrantes de las diferentes organizaciones que integran UP. Lejos de ello, la militancia solo ha sido llamada, por separado, a participar en consultas muy limitadas y para las que no había establecido espacio alguno de debate.

Son muchos los hitos, incluso preelectorales, que ponen de manifiesto esa cupularización organizativa a la que hago referencia.  Antes de las elecciones nos encontramos con sendos movimientos, de Errejón y Carmena, en los que ambos dirigentes decidieron prescindir de las organizaciones que les apoyaban para construir candidaturas fuertemente personalistas, en abierta oposición, por tanto, al espíritu colectivo que se quería como expresión del nuevo ciclo político.  Errejón, incluso, llegó a utilizar la participación de las bases de su antigua organización, Podemos, para erigirse en cabeza de lista de una nueva organización concebida a mayor gloria del líder.  Por su parte, Podemos-Iglesias, impuso, una vez conocidos los resultados electorales, la conocida estrategia del gobierno de coalición que, a lo que se ve, ni siquiera había sido consensuada con sus socios mayoritarios, Izquierda Unida.  Finalmente, IU, tras el fracaso de la investidura, ha llamado a cerrar un acuerdo programático con el PSOE que facilite la llegada de Sánchez al poder sin necesidad de la presencia de ministros de UP en el gobierno.

Mailrelay, email marketing

Desde mi perspectiva, es difícil gestionar el proceso de una manera más desacertada.  En primer lugar, aunque sea el caso que menos me interesa analizar, los movimientos de Errejón y Carmena, además de romper el conjunto organizativo que hasta ese momento les sustentaba y, en el caso de Carmena, le había llevado a ganar el ayuntamiento de Madrid, nos colocó en las antípodas de lo que, en principio, habíamos teorizado: organizaciones sustentadas en liderazgos colectivos, capaces de superar el personalismo vinculado a la vieja política.  En segundo lugar, la decisión de UP de exigir un gobierno de coalición debería haber sido fruto de un intenso debate interno, dado que supone un cambio cualitativo y una enorme novedad, pues nunca en nuestra reciente historia democrática nuestro espacio político se había corresponsabilizado de la gobernabilidad del Estado.  Un paso suficientemente relevante como para que su legitimación procediera de un amplio debate interno, y no del refrendo en apresurados y descafeinados referendos.  Lo mismo puede decirse, en tercer lugar, del cambio de posición de IU, que se desvincula de Podemos y acepta la posibilidad de un mero acuerdo programático, rompiendo, de ese modo la -¿falsa?- unidad de acción en el seno de UP.  Nos encontramos, en todos los casos, con decisiones tomadas de modo personalista y/o cupular, es decir, lo contrario de lo que llevamos postulando estos años.

Dos consideraciones quisiera establecer a continuación.  Una de ellas, más coyuntural e institucional.  Llegados a estas alturas, creo que la posición de UP debiera ser, al menos en principio, la de mantener la propuesta de coalición.  Si esto se hubiera debatido en su momento, no sé si hubiera sido favorable a esta opción, pero creo que una vez que se ha lanzado esa posición, que se han comprobado las enormes reticencias del PSOE, probablemente por temor a que una parte de ese Gobierno tuviera un perfil de izquierda, y, sobre todo, tal como se desarrolló el debate de investidura, no es correcto apearse de esa posición, al menos como una cuestión de mera inteligencia negociadora.  Me parece un enorme error, por ello, que IU declare públicamente su apuesta por un mero acuerdo programático, pues debilita la posición de UP y da aire al PSOE, además de mostrar, innecesariamente, una fisura interna que algunos se encargarán de alimentar.  Todos los movimientos que hemos realizado –la inicial propuesta de un gobierno de coalición, la posterior de un acuerdo programático- se han hecho desde la precipitación, sin dar ningún espacio al debate y colocando a las militancias en la posición de estupefactos espectadores de una tragicomedia en la que no había manera de participar.

Por otro lado, todo este proceso subraya algo que ya había planteado en artículos anteriores: la naturaleza zombi de nuestras organizaciones, muertos vivientes que siguen dando pasos, pero que ya no responde, de ningún modo, a la lógica política que hemos querido crear.

Por ello, dos tareas se imponen.  Una, de carácter inmediato, es rogar a esos zombis que nos representan que utilicen lo mejor de su inteligencia para llevar adelante la investidura, contribuyendo a la construcción de un gobierno lo más a la izquierda posible.  A pesar, claro, de los constantes gimoteos del PSOE hacia la derecha, su, al parecer, verdadero objeto de deseo. La segunda, a largo plazo, reedificar organizaciones que sepan dar cuenta de esas exigencias de participación, democracia y horizontalidad que, decimos, son nuestra divisa política.

 

*Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here