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Richard Jewell, la injusticia de la Administración.

Eastwood omite hablar del verdadero terrorista, un blanco ultra cristiano que se opone al aborto, la homosexualidad y al multiculturalismo.

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Clint Eastwood vuelve a dirigir con 89 años. Esta vez cuenta la historia de Richard Jewell, un prototípico norteamericano obsesionado con la seguridad y el “bien”. Armado hasta los dientes, claro, y amante de la comida basura hasta una ostentosa obesidad. Su celo le llevó a perder varios empleos de vigilante hasta que fue contratado para la seguridad de los juegos olímpicos de Atlanta, en 1996. En uno de sus servicios sospecha de una mochila y da aviso, lo que permite evacuar la zona y evitar una masacre. (sólo murieron dos personas, aunque una fue por un infarto y 111 resultaron heridas).

La policía, a falta de pistas más sólidas, decide centrarse en investigar a Richard, sospechoso de terrorista solitario, pasando de ser héroe nacional a villano, tras publicarse en prensa por una filtración. Aquí es donde ha surgido la indignación en Estados Unidos, con la escena en que la periodista obtiene la filtración a cambio de sexo. ¿Ocurrió así? No podemos saberlo, la periodista murió de sobredosis con 42 años.

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La película, grabada evidentemente para público norteamericano, requiere tener protagonistas chachis con comportamiento alocado y costumbre vaquera de poner constantemente los pies sobre la mesa, como hacen la periodista y el abogado que contrata Richard. También tiene su innecesaria dosis anticomunista, para recordarnos que si un sistema falla, el otro falla más. Se centra en la vivencia personal de Richard sobre su tragedia, sin más pretensiones, evitando explicar otras cosas.

El retrato de una administración encarnada en el FBI y otros cuerpos policiales que no tienen escrúpulos en buscar pruebas o fabricarlas (de qué nos sonará) y que juegan con la bondad o poca inteligencia (según las escenas) de Richard. Y una prensa, también sin escrúpulos, en su obsesión económica. Ambas así reconocidas por el personaje del abogado. Jewell era blanco, pero ¿y si hubiera sido de color?

La historia se sostiene a duras penas (demasiados tópicos manidos) por el conocimiento de que está basada en hechos reales. Aunque también es cierto que el largometraje (131 minutos) no se hace pesado en ningún momento y te va conduciendo hacia la afinidad con el maltratado protagonista. La escena de los policías devolviendo las pertenencias a la madre de Richard es excesivamente infantil haciendo mutis por el foro, al estilo teatral, buscando un desencajado halo de heroicidad patriótica. Y un final casi feliz.

Eastwood omite hablar del verdadero terrorista, del que obviamos su nombre, un blanco ultraortodoxo cristiano que se opone radicalmente al aborto, a la homosexualidad y al multiculturalismo que se extendía por Estados Unidos. Colocó 4 bombas más posteriormente, hasta que fue apresado en 2003 y condenado a 4 cadenas perpetuas, evitando la pena de muerte gracias a su colaboración (así se las gastan en Estados Unidos).

Así que no se entiende en la película por qué ocurre el atentado. Sólo Richard frente a los obsesivos policías, representación de una administración que es capaz de pasar sobre la vida de una persona como un rodillo, si los intereses de algún mandamás se ven satisfechos. Algo, desgraciadamente, bastante habitual.

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