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Reconstruir España

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No cabe ninguna duda de que Pedro Sánchez, con su extrema irresponsabilidad como consecuencia del carácter enormemente errático de sus posiciones, ha llevado al país a una situación de inestabilidad política que va a dificultar, por largo tiempo, su gobernabilidad.  El bipartidismo es ya un recuerdo del pasado, al menos en el tablero que se configura con el actual congreso por lo que urge pensar estrategias que a corto plazo permitan la gobernabilidad del país y a medio reconfiguren no solo el mapa político parlamentario, sino la propia concepción del mismo.  Porque, creo que es evidente, uno de los problemas que pone de manifiesto la actual situación es la cuestión de España.

Que la cuestión catalana ha tenido una decisiva influencia en los resultados electorales y, más allá de ellos, en el clima social que se respira en este país, es algo difícilmente negable.  De verdad que no sé en qué estaba pensando Pedro Sánchez cuando decidió repetir las elecciones en medio de la sentencia del Procès, porque era evidente que ese clima en nada iba a favorecer a sus intereses particulares (a pesar de que en estos días se haya colocado el traje del españolismo más rancio) ni los de la izquierda en su conjunto.  La herida catalana, o, por mejor decir y ser más justos, la cuestión del modelo de Estado, en un sentido muy amplio de la expresión, está provocando que las posiciones progresistas de este país se desangren lentamente y se convierte en caldo de cultivo de la extrema derecha, atenta, como siempre, a crecer en cualquier charco sanguinolento.  Si aceptamos el análisis, una consecuencia se deriva de modo inmediato: la necesidad ineludible de cerrar esa herida si no queremos acabar de desangrarnos por ella.

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Una de las esperanzas que abrió Sánchez al llegar al poder fue la posibilidad de abordar con seriedad y desde una perspectiva progresista la cuestión catalana, que Rajoy había dejado pudrirse durante años.  Ahí nos encontramos con una de las que podemos denominar decepciones-Sánchez, que son muchas: su falta de decisión para abordar el tema, para acabar repitiendo, años después, la posición indolentemente españolista de Rajoy.  Seguro que en esta aciaga noche electoral, el candidato del PSOE habrá comenzado a perfilar diferentes escenarios que le permitan volver a ocupar la Moncloa.  Probablemente haya advertido varias cuestiones que a mí me parecen muy relevantes a la hora de encarar, ojalá que con seriedad, el futuro.  La primera es que la extrema derecha o no tiene representación,  o la tiene muy exigua, en las tres grandes comunidades con perfil nacional que existen en España.  Ni en el País Vasco ni en Galicia Vox adquiere representación, mientras en Cataluña su presencia es muy poco relevante.  La segunda es que, hablando ya en concreto de Cataluña, las fuerzas que en estos momentos pudieran, y debieran, estar implicadas en la resolución del conflicto (ERC, PSC y Comunes, sin contar, en principio, con JxCat), suman un 56% de los votos.  La tercera, que implicar a las fuerzas soberanistas catalanas (al menos a ERC) en la gobernabilidad del país, juntos con nacionalistas vascos y gallegos, garantiza una, compleja, sí, mayoría absoluta.  Claro que una solución de esas características implicaría un pacto programático previo construido sobre la responsabilidad de las fuerzas en concurso y sobre una decidida vocación de solucionar los problemas del país, no de acrecentarlos con miradas particularistas.

Sí, ya sé que los aullidos de la derecha se escucharían en la otra punta del planeta.  Pero, ¿cuánto tiempo lleva aullando la derecha, incluso cuando el Gobierno del PSOE ha hecho declaraciones delirantes, como cuando el Ministro del Interior comparó, en la estela del ABC, la situación de Cataluña con la del País Vasco en la época del terrorismo?  A pesar de declaraciones de españolismo exacerbado, de exabruptos judiciales, etc., el PSOE ha seguido sufriendo los ataques despiadados de la derecha, disfrazada para la ocasión, en su conjunto, de extrema derecha.

A las razones anteriormente esgrimidas se puede añadir todavía otra, que es el techo electoral de un discurso tan agresivo como el que han mantenido Vox y sus acólitos de PP y Ciudadanos.  El hundimiento de Ciudadanos, que vino para ser bisagra moderada y se ha convertido en retroexcavadora radical, es síntoma de hasta dónde llega ese discurso.  En todo caso, y precisamente porque el crecimiento de la extrema derecha es tremendamente preocupante, es preciso cerrar bien, y no en falso, la herida catalana.

Es el momento de levantar la vista y mirar hacia el horizonte, despreocupándose en parte de los estrechos intereses de partido.  Aunque, por otro lado, no tuvieran por qué salir erosionados.  Se trata de articular un programa con dos patas: una social, que garantice los derechos ciudadanos frente a la voracidad del neoliberalismo ambiente, en una vía que ya se abrió en Portugal y que ha dado buenos resultados.  No sería un mal ejemplo para Europa una Península Ibérica de los derechos sociales.  Otra pata en la que se pongan las bases de un modelo de Estado pensado para la convivencia.  Ello no quiere decir, solamente, abordar la cuestión de la estructura territorial del Estado, sino cimentar, desde diferentes lugares, como la educación, una mirada diferente sobre nuestro país, capaz de superar las inercias que el franquismo, de modo muy evidente, ha dejado en nuestro imaginario social.

En resumidas cuentas, se trata de reconstruir España, pero esa España diversa que es la que nos muestran los resultados electorales, en muchos de cuyos territorios el rancio españolismo de la extrema derecha y sus monaguillos no tiene cabida.  La derecha, lo he dicho ya en alguna ocasión, odia a España, la España real que no encaja en sus tópicos.  Reconstruir España puede ser el empeño que de las claves para salir del impasse político en el que nos hallamos y que permita una mirada más larga para un proyecto compartido.  Una tarea, sin duda, que precisa de mucha inteligencia, de mucha generosidad, de mucho aguante.  No sé si tenemos político que den la talla para emprenderla.  Pero estos son los mimbres que tenemos, habrá que exigirles que nos saquen del atolladero en el que nos han metido.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

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