Inicio Opinión Ramón Espinar: ¿Cid Campeador o Jon Nieve?

Ramón Espinar: ¿Cid Campeador o Jon Nieve?

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Las estanterías de mi biblioteca guardan en un lugar no muy destacado un libro editado en octubre de 2014. ‘Ganar o morir: lecciones políticas en Juego de Tronos’. El coordinador de la obra no es otro que Pablo Iglesias, hoy secretario general de Podemos, y entre quienes firman los diferentes capítulos figuran nombres hoy tan conocidos como los de Íñigo Errejón, Juan Carlos Monedero, Tania Sánchez o Clara Serra. El propio Pablo Iglesias afirmaba en el prólogo que, “como en Juego de Tronos, nosotros mismos enfrentamos una situación de una complejidad política incomparable, y especialmente sentimos la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre”. El resto de autores abundaban en los paralelismos entre la época actual y ese mundo de frontera que describe la saga literaria de George R. R. Martin tan exitosamente llevada a las pequeñas pantallas por HBO.

El mundo de fantasía de ‘Juego de Tronos’, no obstante, guarda tantas o más similitudes con otras épocas de nuestra historia en las que lo que hoy es nuestro solar patrio era objeto de disputa entre reinos, ejércitos y caudillos de todas las raleas habidas y por haber. Y si hay un personaje que caracteriza esa época concreta a la que me refiero, este no es otro que Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como El Cid, quién fue capaz de ganar su última batalla después de haber muerto.

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Sucedió allá por el remoto año 1099. Los historiadores aún no se ponen de acuerdo si fue en mayo o en julio. El caudillo Ben Yusuf asediaba la ciudad de Valencia y el señor de la ciudad, Rodrigo Díaz, contemplaba las huestes enemigas desde las almenas de su fortín. Una flecha perdida, tal vez lanzada por sus enemigos o quizás por sus supuestos aliados, le atravesó fatalmente. Dice la leyenda que, aún consciente de su muerte, tuvo tiempo para diseñar una estrategia que derrotara a sus adversarios. Al siguiente amanecer las puertas de la ciudad se abrieron de par en par y El Cid, por última vez, comandaba sus tropas a lomos de su mítico corcel, Babieca. Las tropas de Ben Yusuf, que daban por muerto a su temible enemigo, huyeron espantadas con la sola imagen del mítico guerrero.

Algo parecido sucedió ayer en Madrid. Después de sacrificarse, tras renunciar a la secretaría general de la Comunidad de Madrid y a su puesto como portavoz en el Senado, Ramón Espinar ha conseguido imponer, aunque sea parcial y momentáneamente, sus tesis respecto a la profunda crisis política que sacude y desangra a Podemos. ¿Ha ganado, tal y como El Cid hizo hace casi mil años, su última batalla después de muerto? Espinar renunciaba a sus cargos como respuesta a la cerrazón de quiénes bloqueaban cualquier posibilidad de diálogo con la propuesta política que representan Manuela Carmena e Íñigo Errejón. Ayer, apenas tres días después de su renuncia, se abría un hilo de esperanza.

No es la primera crisis que vive Podemos en sus escasos cinco años de existencia. Sin embargo, nadie puede asegurar que esta no sea la última y definitiva. El riesgo de implosión interna es más evidente que nunca. Y las perspectivas electorales de una formación que hace apenas tres años aglutinaba a cinco millones de votantes son terribles. GAD3, la consultora que más se ha acercado con sus encuestas a los resultados reales, pronostica un exiguo 11,6% en intención de voto que equivaldrían a 31 diputados en el Congreso. Vox, por cierto, ronda ya el 10% y tiene una previsión de 26 escaños. En este sentido, cabe recordar la frase de Pablo Iglesias contenida en el primer párrafo de este artículo: “sentir la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre”.

¿Alguien lo ha sentido así? ¿Alguien se ha atrevido a hacer algo para cambiar este desastre? Es precisamente aquí donde hay que poner en valor el gesto de Espinar, quien el pasado viernes sacudió la actualidad política con su decisión de dimitir de todos sus cargos. Decía Errejón apenas unos días antes que Podemos necesitaba “un revulsivo” y, sin embargo, lo que probablemente jamás imaginó es que ese revulsivo iba a ser Ramón Espinar, a quien muchos dibujaban como su acérrimo enemigo. Paradojas de la vida, Ramón, con su sorprendente decisión, ha reabierto la posibilidad para que en Madrid haya una candidatura de unidad y, de paso, Podemos no se desintegre.

Los mitos son lugares comunes a los que recurrir en busca de explicación cuando lo complejo nos desborda. Ramón, tras su sacrificio, ha cambiado el curso de una batalla que parecía perdida y que habrá que decantarse definitivamente el próximo miércoles 30 de enero, cuando tenga lugar la reunión del Consejo Ciudadano Estatal de Podemos, el máximo órgano político de la formación. No obstante, sin duda ahora más que nunca, cabe reflexionar sobre cómo eso que llaman “la nueva política” se ha convertido en una trituradora de seres humanos. Preguntémonos por qué durante los últimos cinco años se ha desperdiciado un caudal humano inimaginable. Y recordemos también, en lo que a Espinar se refiere, que los héroes muertos pueden ganar una batalla, pero nunca una guerra.

Ramón ha muerto ya varias veces. Bescansa lo daba por muerto y enterrado, como también lo hizo previamente la SER. Se equivocaron. Por ello, creo que si hay algún personaje de la saga de George R. R. Martin que lo defina, ese no puede ser otro que Jon Nieve. Apuñalado por detractores y presuntos amigos, Jon Nieve volvió de entre los muertos para librar una batalla final por la supervivencia de los siete reinos. Hoy, cuando el invierno definitivamente ha llegado, cuando los caminantes blancos han superado ya el muro, no queremos  héroes muertos junto a nosotros. Queremos a alguien vivo, capaz de sacrificar todo por todas, sin pedir nada a cambio. Queremos a Jon Nieve.

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