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Quisieron enterrarlos, pero no sabían que eran semilla: la “Huelga de la Canadiense”

Aquella histórica huelga, encabezada por el sindicato CNT, conquistó la jornada de 8 horas en España. Sin embargo la Ministra de Trabajo Magdalena Valerio rechazó conmemorar el centenario de este acontecimiento. Dejaba, no obstante, la puerta abierta a reconocer el posterior Decreto que la instituyó por Ley

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Las historias nacionales gustan de componer su pasado a partir de relatos épicos donde tradicionalmente, un hombre o una pequeña camarilla de gentes de alta cuna, desarrollan hazañas que, extraordinarias, ofrecen un relato adecuado para la consistencia de la colectividad. Si bien, el pasado relatado, siendo una de las fórmulas más eficaces para determinar una identidad y servir de punto de apoyo de un determinado colectivo, en rara ocasión encuentra una autoría colectiva y, todavía en menor medida, tiene como protagonista a alguien que parta de las capas populares.

Sin embargo, un siglo atrás, el 5 de febrero de 1919, comenzaba en Barcelona una huelga que se devendría en histórica. Los trabajadores de la empresa eléctrica Riegos y Fuerzas del Ebro, perteneciente a Barcelona Traction, Light and Power Company, limited,  más conocida como La Canadiense ya que mayoritariamente pertenecía al Canadian Bank of Commerce of Toronto decidían parar. El motivo era el despido de cinco trabajadores de oficina de la Compañía, los cuales, previa protesta por la merma de salario, habían sido expulsados por su pertenencia a la CNT. De forma inmediata, la propia Confederación, el sindicato más potente entre los trabajadores catalanes llamaba a la solidaridad con los despedidos y convocaba una huelga general para el día veintiuno del mismo mes.

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La Huelga, que duraría cuarenta y cuatro días, paralizó, además de la propia Canadiense, en torno al 70% de la industria catalana; prácticamente la totalidad de la actividad en Barcelona y adyacentes. No fue la única, pues entre 1918 y 1920, periodo conocido como el Trienio Bolchevique e impulsadas por la huelga general de verano de 1917, al calor de las insurrecciones obreras que miraban a Rusia como paradigma, las movilizaciones y paros obreros se contaban por centenares. Sin embargo, la firma estampada del conde de Romanones, que durante el conflicto había suspendido las garantías constitucionales y detenido a los principales líderes sindicales, claudicando y estableciendo por decreto la jornada máxima de ocho horas en la industria, la convirtió en un hito. Los obreros catalanes consiguieron que el reino de España se convirtiera en el primer Estado en decretar por Ley la jornada máxima de ocho horas.

Fraser Lawton, entonces Gerente de La Canadiense, cargo por el que recibía en torno a 30.000 pesetas mensuales, corre el rumor de que ante las preguntas de la prensa que acechaba a las puertas de la Compañía en esos primeros días del conflicto decía lo siguiente: “Mi pagar y mandar; los obreros no tener ningún derecho. ¡Fuera, fuera!”. Y de ser cierto no andaba demasiado alejado de la realidad, pues no solo su salario era insultantemente superior a las 150 pesetas que percibía un obrero con jornadas de diez y doce horas diarias, sino que para más inri uno de los motivos de las protestas previas a la huelga era la bajada de ese salario a 105 pesetas. Vamos, que el pagar poco y el mandar mucho, especialmente a muchos trabajadores a la calle, sería la sentencia de este señor que, a pesar de su insistencia a las autoridades de que acabaran con la huelga por todos los medios, hubo de capitular ante la misma. Siendo ésta, tal y como confirman los historiadores, la mejor preparada de la Historia de nuestro país.

Cuarenta y cuatro días y cuarenta y tres mil obreros encarcelados después (tal y como sostiene Gerald H. Meaker en La izquierda revolucionaria en España. 1914-1923), el simpático Gerente, Fraser Lawton, habría de aceptar no solo la jornada de ocho horas, ya reconocida por Decreto, sino la readmisión de todos los despedidos, el reconocimiento de los sindicatos, el cobro del salario íntegro en caso de baja por enfermedad, así como el pago de éste durante la huelga y una subida progresiva del mismo.

Sin embargo, y volviendo al presente, hace apenas unos días ante una proposición del diputado de En Comú Josep Vendrell, la Ministra de Trabajo Magdalena Valerio rechazaba conmemorar el centenario de este acontecimiento que propiciaría el establecimiento de la jornada laboral de ocho horas. Dejaba, no obstante, la puerta abierta a reconocer el posterior Decreto que la instituyó por Ley. Es decir, nuevamente se traslada el esfuerzo colectivo que habría de traducirse en una de las mayores conquistas laborales de la humanidad a un mero acto administrativo desarrollado por el Gobierno del momento. El cual, pese a estar presidido por el ya citado conde de Romanones, personaje que Valle-Inclán presenta en Luces de Bohemia como alguien insultantemente rico y que inútilmente había suspendido las garantías constitucionales y encarcelado a los líderes sindicales para tratar de doblegar a los obreros, asume el protagonismo. Siendo presentado además, como si de un regalo divino se tratara, como el “proporcionador” de semejante conquista laboral, que por inédita se convierte en un hito.

Sin embargo, hemos de tener siempre presente que lejos de las construcciones interesadas del pasado y de los silencios orquestados desde el poder existe una Historia viva; una Historia digna protagonizada por hombres y mujeres corrientes que, como los trabajadores de La Canadiense, hicieron camino al andar. Los cuales, aunque quieran enterrarlos en el olvido, fueron semilla de un mundo mejor.

La Historia, esa herramienta colectiva contra el olvido, debe impedir que su nombre sea borrado de la misma. He aquí mi humilde aportación.

 

 

 

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