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Política, pactos, diferencia y repetición

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A la memoria de Javier Delgado

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Diferencia y repetición, de Gilles Deleuze, es uno de los textos de filosofía fundamentales de siglo XX.  Publicado en 1968, paralelamente a Lógica del sentido, coloca toda la inteligencia, que era mucha, de su autor, al servicio de una reflexión sobre la realidad en la que se entiende la diferencia como elemento central.  Durante años, y no exagero, el propio título me trajo de cabeza, pues me parecía que la palabra repetición debía ir acompañada de la de identidad, en modo alguna de  diferencia.  Ese es uno de los grandes méritos de Deleuze, el que nos hace romper con formas de pensar muy asentadas y que tenemos por naturales, cuando, en realidad, no son sino construcción sociales hijas, las más de las veces, del idealismo ambiente.  Recuerdo el momento exacto en el que entendí lo que Deleuze estaba defendiendo y cómo me sentí deslumbrado y sorprendido por no haberme dado cuenta de ello antes.

En síntesis, síntesis de un libro de cientos de páginas de dificilísima, pero apasionante, lectura, Deleuze nos viene a decir que toda repetición produce diferencia, que lo que se repite nunca puede ser igual.  El mismo gesto realizado en dos momentos cronológicos diferentes, el mismo libro, leído en épocas distantes, la misma persona con el paso del tiempo, producen efectos diferentes.  Hace varios cursos, me tocó impartir dos asignaturas seguidas a la misma clase en la facultad.  Decidí hacerles una broma filosófica, el primer día, basada en esa idea de que la repetición produce diferencia. En la primera hora entré, me presenté, pasé lista, expliqué cómo entendía que el alumnado de primero debía acercarse a las asignaturas, cómo trabajaba yo, etc. Hicimos una pausa entre la primera y la segunda clase, entré a la segunda, les saludé como si no les conociera y empecé a repetir exactamente lo mismo que había dicho.  Al principio me miraban sorprendidos, había alguna sonrisa, no sabían si es que era muy despistado o muy tonto, no sabían a qué carta quedarse.  Hasta que me paré y les pregunté que si alguien sabía qué estaba intentando hacer, y que si era así, tenía ya matrícula.  Claro, nadie lo sabía.  Eso me dio pie para hacerles ver que la repetición de algo, en este caso un gesto académico, no producía <lo mismo>, sino algo diferente, que lo que en una primera clase les había parecido normal se había convertido, exactamente lo mismo, en algo aberrante hora y media más tarde.

Valga todo este rollo para hablar, otra vez, de los dichosos pactos de gobierno que nos tienen en un sinvivir.  Son un magnífico ejemplo de la repetición que produce diferencia.  Cuando, en un primer momento, y tras la enorme alegría de una mayoría progresista tras las elecciones de abril, Unidas Podemos lanzó la propuesta de un gobierno de coalición, aunque no lo tenía excesivamente claro, me pareció una opción legítima que llegó, incluso, a ilusionarme por su novedad.  La izquierda nunca había ensayado esa fórmula en el ámbito estatal y podía ser un punto de inflexión interesante.  Sobe todo cuando el panorama político internacional pinta tan mal y los oasis políticos, como Portugal, resultan imprescindibles.  A pesar de que Pedro Sánchez ya había dejado constancia de sus dificultades para comprometerse con una agenda progresista, prefería pensar en el coraje que había manifestado y en sus declaraciones en las que colocaba a UP como <socio preferente>.  Ya sabemos cómo acabó aquello.  Y ahora, nos encontramos con la repetición del gesto.  Una repetición que provoca diferencia.  Lo que en un primer momento fue alegría e ilusión, se ha tornado en exasperación y pesimismo.  Lo que algunos entendíamos como un experimento sugerente se ha convertido en una necesidad casi insoportable y que no despierta excesivas esperanzas.  Casi cabría hablar de un gobierno de desesperación,  en todos los sentidos del término.  Desesperación por que no abramos el paso a la derecha; desesperación porque no cabe otra opción que esta, aunque, al parecer, ya a nadie le apetezca.  Esa quizá sea, en mi caso, la gran diferencia entre uno y otro escenario: que ahora ya no me apetece nada en absoluto un gobierno de coalición, pero sigo pensando que es necesario.  Necesario porque esa ha sido la estrategia de UP durante todo este tiempo y ahora resulta muy complicado cambiarla.  Necesario porque el PSOE ha demostrado, hasta la saciedad, con sus humillantes súplicas a la derecha para que le allane el camino al gobierno, su nula intención de llevar a cabo una política de izquierdas, por lo que la presencia de UP se muestra imprescindible.

Ojalá PSOE y UP sepan salir de este laberinto en el que se han metido y nos han metido. Ojalá sean capaces de volver a provocar una cierta esperanza en quienes confiamos en ellos.  Nos pidieron que paráramos a la derecha.  Lo hicimos.  ¿Lo harán ellos?

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza.

1 Comentario

  1. Parar a la derecha (….?) derecha e izquierda, en nuestro país, han dejado de ser sinónimos de algo concreto y definitorio, para convertirse en términos imprecisos y manipulables según la intencionalidad de quienes los utilizan. No es el ocaso de las ideologías precisamente, sino la alienación interesada a que está sometida nuestra sociedad. ¿Es el PSOE un partido de izquierdas? ¿Es la coalición del gobierno de Aragón, un gobierno progresista? Diremos aquello de «todo es del color del cristal con que se mira».

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