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Podemos o el síndrome de Hutchinson

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Siento si este artículo molesta.  Sé que amigos y amigas van a sentirse incómodos, incluso irritados, por lo que voy a escribir.  Pero en mi vida política, de la que también forma parte el escribir artículos, siempre me he guiado por un principio: expresar con libertad mi opinión, decir a la cara lo que pensaba, aunque supiera que esa actitud pudiera no resultar agradable.  Siempre he pensado que a los amigos, a aquellos con los que más compartes, es a quienes es preciso, como muestra de lealtad, expresarles abiertamente la opinión, especialmente cuando sabes que no coincide con sus posiciones.  Recuerdo una reunión de Comité Federal del PCE, imagino que a principios de los noventa. En ella mostré públicamente mi desacuerdo con mi Secretario General, Julio Anguita, por el que sentía, y sigo sintiendo, una intensa admiración política y personal.  Muchos fueron los que luego se me acercaron para recriminarme mi intervención y mi voto en contra de la propuesta de Anguita.  Muchos de ellos hacían esas mismas críticas en los pasillos, pero en los órganos, donde se cuecen las prebendas, no parecía aconsejable la franqueza.

Los griegos llamaban a esa actitud parresía, decir verdad, una actitud que luego ha elogiado Foucault como base de una ética y que a mí se me antoja imprescindible para construir una política. Esa nueva política a la que aspiramos y que olvidamos en nuestra práctica.

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Creo que somos muchos, a tenor de lo que leo en las redes, los que estamos irritados, hastiados, decepcionados, cabreados, por los desencuentros en la izquierda como consecuencia, ¡cómo no! de la confección de las listas electorales.  Cada día que pasa, lo digo de pasada, ya lo escribiré con más tranquilidad en otro momento, me siento más partidario del sorteo, que era el medio que utilizaban los griegos, otra vez los griegos, para cubrir la mayoría de las responsabilidades.  ¡Cuántos egos superfluos seguro que consiguieron apaciguar!

No me cabe ninguna duda de que en todas partes cuecen habas y de que los intereses personales han recorrido, con mayor o menor intensidad, a los diferentes actores colectivos de este proceso. Me refiero a Aragón, no hablo de otros lugares, aunque me parece que hay mucho de lo mismo.  Sin embargo, lo que me llena de estupor, de tristeza también, es el aceleradísimo proceso de envejecimiento que ha sufrido Podemos en tan poco tiempo. La progeria, el envejecimiento prematuro, en su forma más agresiva, el síndrome de Hutchinson, ha hecho presa en Podemos y lo ha convertido en un anciano político, con todas sus artrosis y achaques.

Hubo un momento, allá por las elecciones europeas pasadas, en las que, quienes nos sentíamos preocupados, hacía tiempo, por los síntomas de senilidad de Izquierda Unida, recibimos con alegría e ilusión el nacimiento de Podemos, pues nos pareció que pudiera ser el revulsivo para una izquierda en la que la profesionalización –ahí vemos al sempiterno Llamazares pugnar por no tener que volver a la fría vida fuera de la política- y las luchas de poder habían hecho presa.  Podemos venía a romper con eso, a llevar a gente del común a la política, a privilegiar los intereses colectivos sobre las siglas.  Incluso quienes, como es mi caso, mantuvimos la fidelidad a nuestras siglas, sentimos que ya no teníamos una identidad partidaria cerrada, entendimos aquello que veníamos teorizando hacía tiempo: que éramos multitud, una multitud construida desde la diferencia.

Por eso resulta especialmente doloroso ver cómo, lejos de todos esos gestos iniciales, son los intereses de partido, las más viejas formas de la política, expresadas en la confección de listas electorales, las que acaban imponiéndose. Y resulta doloroso no solo por la distancia entre lo que en cierto momento creímos y lo que ahora vemos, sino por el terrible contexto en el que nos encontramos, con la posibilidad de que la extrema derecha marque el paso de nuestras instituciones.

Por todo ello me pregunto, ¿vamos a ser así de irresponsables? ¿Vamos a dar pasos atrás? ¿Vamos a dividirnos cuando el enemigo –sí, sí, el enemigo, entre los que se encuentran los herederos de quienes desencadenaron una Guerra Civil y arrasaron el país- nos amenaza seriamente?  Si lo hacemos, habremos desplegado una irresponsabilidad histórica de la que harán bien en pedirnos cuentas.  Confío en que, con la celeridad que el proceso exige, encontremos los antídotos que nos devuelvan  la salud y nos conviertan en la herramienta imprescindible para, entre otras cosas, defender la democracia.  No es una tarea menor, en la que a Podemos le toca el papel protagonista que muchos esperamos de él.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

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