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Pobres, tristes burgueses

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Pobres, tristes burgueses se desesperan por realizar su condición humana, la de ser un ser social. Pobres se lamen las heridas en lo que ha sido antaño su conquista, el lugar donde ahora pueden confinarse, el lugar donde siempre han estado confinados, su propiedad privada.

Locura, hastío, miseria, junto a un golpe de realidad, la desnudez de lo labrado en años se corrompe. El esfuerzo de una familia, opositar para un sueldo vitalicio de funcionario, invertir en la mejor marquetería, en Climalit, la mejor indumentaria, internet por cable e inalámbrico, viscolásticos… y todas las medidas de confort -para unos ansiadas, para otros logradas-, que hablan de una labor de años que hoy arden en nuestra cara. Donde ardemos también nosotros. Y nuestras intocables vidas privadas.

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Atrapados en nuestros sueños, en nuestras… cómo era… ¿repúblicas independientes? ¡Celebrémoslo! Al fin logramos lo que tanto hemos ansiado, fundirnos con nuestras pertenencias, con nuestras privacidades. Pero no nos es suficiente y en este punto del juego, la promesa de lo privado se arruina con un decreto ley. Fin del sueño del sujeto económico.

¿Tendrá memoria?

Ahora que no están ahí, pensamos en la comunidad al tiempo que desfila lo vano de la materia poseída que anidaba en nuestros sueños. Ahora, que al otro lado hay alguien, pero que no puedo tocar. Humana, demasiado humana es la confusión en la que se ahoga la picaresca.

Este encierro político, pandémico, que comparto junto a todos los otros infelices, tristes burgueses que lloran atrapados en sus casas. Lloran bajo sus lámparas eléctricas, ante sus televisores de plasma, en sus ascensores, bajo el agua corriente, al calor, con un teléfono con el que hablar (con todos aquellos con los que no nos podemos tocar), al amparo de la música, y en el mejor de los casos junto a nuestros seres queridos. Del otro lado, los pájaros, vuelan y cantan en bandadas haciendo patente algo que los pobres, tristes burgueses, siempre han sabido, que la vida continua sin ellos.

Pero nos ha vuelto a coger por sorpresa, pobres ingenuos que se creían intocables en el anodino devenir del mundo, y que como a tantos otros cogió en otro tiempo, dura, a veces alegre, otras triste, tenue, severa, ruidosa, cargada de poemas y otras de muerte, nos toca la vez. Es la Historia. Nos azota, a nosotros, ¡a nosotros!, que éramos los elegidos, los que estaban por encima del bien y del mal, fuera de la Historia protegidos por la ficción capitalista de que nunca pasaría nada, donde todo estaría bajo control y los días, en nuestro escenario de pladur, no serían más que la concatenación de un fluir análogo. Ocaso del canto del gallo del positivismo tal como predijo Zaratustra.

Desesperación desde el inicio. Movimiento centrífugo en el corazón de Europa, lloran los tristes, desesperados burgueses y de sus lágrimas corren cuerpos, verdes, chillan voces. Son sirios amontonados en las fronteras de Europa, sin casa, sin esperanza, sin presente.

Más voces huecas vienen.

Retumban las paredes de mi casa, no dejan de venir: afganos, palestinos, saharauis, libaneses, sursudaneses, somalíes, venezolanos, africanos en barcas hinchables, todas sus voces cruzan raudas el Mediterráneo, el Atlántico, el Cantábrico, incluso se cuelan por las cimas Pirenaicas, todos a la deriva. No soporto su ruido.

Miro por la ventana desde mi triunfante y obsoleta propiedad privada. Ahora añoro el mundo. Pobres, tristes burgueses.

1 Comentario

  1. Pobres tristes urbanos, pobres tristes humanos… ¿Sorpresas predecibles?; ¿memoria histórica o histérica?; ¿el valor de lo inútil, de lo trivial, de lo animal, de lo material… del ponderamiento natural?
    Gran texto Laura, enhorabuena.
    Tal vez, algún día, encontremos nuestro lugar, cómo seres vivos, en este planeta. Si no, a buen seguro que lo encontraremos como seres muertos.
    Un abrazo, humano o animal, y mucha salud,
    Joaquín

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