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OPEL Figueruelas: Todo cambio es a peor

El incremento de beneficios de la multinacional francesa PSA se está logrando a costa del deterioro de las condiciones de vida y salud de los trabajadores

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Durante los últimos meses estamos asistiendo a la emergencia de múltiples conflictos laborales en centros de trabajo de grandes compañías transnacionales que operan en España. Este es el caso de empresas como Cacaolat, Amazon o ISS. En el sector del automóvil el panorama no es muy diferente, pues desde el comienzo de la crisis económica transitamos un período marcado por el ajuste permanente de las condiciones de trabajo; un ajuste que se plasma en diferentes dimensiones laborales, como el salario, las fórmulas de contratación, los ritmos de trabajo o la flexibilidad en la gestión de la mano de obra.

Hace poco más de un año la noticia sobre el acuerdo laboral en la Planta de Figueruelas -tras la compra de OPEL por PSA unos meses antes-, volvía a despertar los miedos ante la amenaza de cierre y deslocalización de la planta. Un órdago que lanzaba el grupo automotriz para paralizar las inversiones en la planta de Zaragoza tras la ruptura de las negociaciones por parte del comité de empresa para la firma de un nuevo convenio colectivo. Una estrategia que suponía la igualación de condiciones -a la baja- y la implantación de ajustes laborales similares a los ya consolidados en otras plantas del Grupo PSA en España, como las localizadas en Vigo y Madrid.

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En el caso de la fábrica de PSA en Vigo, que constituye la joya de la corona del grupo en España, el deterioro de las condiciones laborales durante los últimos años supone una avanzadilla y al mismo tiempo un campo de experimentación sobre la capacidad de resistencia del colectivo de trabajadores, toda vez que el ajuste no se traslada exclusivamente a un empobrecimiento generalizado de la mano de obra, sino que además tiene implicaciones directas en la salud laboral del colectivo de trabajadores. El ajuste se ha traducido en un recorte drástico de la plantilla, un aumento alarmante de la parcialidad y la temporalidad, acompañada de una devaluación salarial y un incremento de los mecanismos de flexibilidad relacionados con la distribución irregular de las jornadas y la variabilidad del calendario laboral.

Un año después, podemos corroborar que el empeoramiento de las condiciones laborales son protagonistas del cambio estructural en Figueruelas, en donde, como ya nos decían algunos de los trabajadores, “cualquier cambio es a peor”. Si bien General Motors ya fue introduciendo ajustes en materia laboral, lo cierto es que con la llegada del holding francés las condiciones de trabajo han sufrido grandes transformaciones.

Por un lado, observamos una tendencia hacia la segmentación y segregación de la plantilla. Los nuevos trabajadores no sólo entran con contratos de duración definida o categorías laborales de entrada asociadas a retribuciones sustancialmente menores, sino que también se les asigna los turnos de noche en peores condiciones y con menos derechos laborales -no pueden acogerse a la reducción de jornada por maternidad o paternidad, tienen salarios más bajos, costes de despido nulos, retirada de los pluses de festividad…- Una situación precaria que se agrava con la amenaza constante del despido a la que están expuestos.

Sin embargo, el empeoramiento de las condiciones de trabajo no sólo se ha producido en este segmento de nuevos trabajadores; es un hecho extendido y normalizado que forma parte del proceso de ajuste de la empresa. A través de distintos mecanismos de flexibilidad laboral, la empresa consigue ajustar la mano de obra a las necesidades del proceso de producción y a la estrategia de rentabilidad de la misma. Por ejemplo, con las bolsas de horas, la empresa tiene la capacidad de parar la producción. Durante este parón técnico, se puede prescindir de la plantilla, y que ésta a su vez le deba horas cuando la firma lo necesite. Un mecanismo de ajuste que no sólo incide en la organización y conciliación de la vida personal y laboral de los trabajadores y trabajadoras, sino que también en el caso de la plantilla temporal, en caso de no renovación, se vean obligados a pagar a la empresa los días que les deben a la misma.

Por otro lado, la intensificación de los ritmos de trabajo también caracteriza el proceso de ajuste. Encontramos secciones que se han visto afectadas por una reducción de puestos de trabajo, aun manteniendo el volumen de trabajo y la velocidad de la línea. Y en cuanto a condiciones de salud y seguridad en el trabajo dentro de la misma planta, la situación es alarmante. Detalles como el empeoramiento de la calidad del jabón del aseo que no permite limpiarse correctamente, el deterioro de la ropa que suministra la empresa para trabajar, etc. Y otros cambios, aún más graves, relacionados con la seguridad y salud laboral como la inexistencia de climatización, alcanzando temperaturas que superan el límite establecido por ley, así como la falta de recursos de seguridad material en buenas condiciones o el deterioro de la ergonomía. Una nueva situación que marca un antes y un después en las condiciones y relaciones laborales de la planta, y que explica el coste de la estrategia productiva y organizativa de la empresa.

Y claro, los beneficios de la fábrica de Figueruelas han vuelto a aumentar, pero cabe preguntarse a costa de qué, y de quiénes. Al fin y al cabo, las estrategias de rentabilidad responden a grandes grupos empresariales, como es el caso de PSA, cuya sede no se encuentra en territorio nacional. Los beneficios y la mejora de la rentabilidad de la planta, en última instancia, son cuestiones que no deberían ser motivo de celebración si en la otra cara de la moneda lo que se expande es la precariedad y el deterioro de las condiciones de vida y salud de multitud de trabajadores y trabajadoras.

El escenario actual vislumbra una realidad compleja que exige tomar medidas por parte de los sindicatos para superar los mecanismos que individualizan y fragmentan. A comienzos de este año tuvo lugar una reunión en Madrid entre CGT de las plantas de Vigo, Zaragoza y Madrid, más la sección sindical del sindicato CUT de Vigo, en la que pusieron sobre la mesa la necesidad de una mayor coordinación y unidad sindical ante problemas que les son comunes. El proceso de ajuste laboral no se detiene, y en un contexto de fragmentación de la clase trabajadora, el tejido de redes de lucha y apoyo sindical y social resulta fundamental para actuar de dique de contención frente al avance de la precariedad y la pauperización de las condiciones de vida, no solo en estas plantas. Así lo demuestra la solidaridad entre secciones sindicales de distintas plantas del grupo que se movilizaron el pasado 23 de marzo en Zaragoza.

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