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Oh, facha Navidad

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Dice el alcalde de Zaragoza que las luces rojas y amarillas que se encendieron el otro día en la calle Alfonso durante una prueba solo formarán de nuevo la bandera española el día 6, día de la Constitución. Eso dice y espero y deseo que sea verdad, porque ya es lo que nos faltaba, unas navidades rojigualdas. Y ya, por qué no, que las zambombas toquen himnos militares, que Baltasar sea el negro de Vox y que Papa Noel sea derribado a cañonazos antiaéreos por no ser español. Y ya sustituimos la paz y el amor por el odio a los catalanes y a los menas. Feliz navidad.

En una tertulia de la televisión autonómica, de esas producidas por Heraldo (¿Hay algo que no sea de Heraldo ya?), opinaban al respecto unos tertulianos viejóvenes  de pensamiento sistémico, de esos que tanto gustan a los señores feudales de por aquí. En cuestiones patrióticas se remitían a las declaraciones de Azcón y ante las críticas de exceso de gasto en luces de navidad –en un Ayuntamiento que tan alegremente mete la tijera en lo social–, la emprendedora chavalería repetía como argumento irrebatible y definitivo que la iluminación era reivindicada por los comerciantes porque, según dicen, la gente compra más cuando hay luces a tope. No como la legislatura pasada que, al parecer, eran luces reguleras. No indicaron a partir de qué vatios comienza la pulsión consumidora en los paseantes. Aunque la verdad, viendo lo visto, me creo que bajo unas luces rojigualdas los fachas  salgan todos a gastar con más alegría bajo las patrióticas luces. Quizá busquen animar el consumo de ese perfil político, dado que parece un segmento de mercado creciente en la ciudad y al que hay que atender.

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En la misma tertulia oímos las opiniones de algunos vecinos, encuestados por los reporteros, a tenor del tema bandera. Salvo un señor que, exasperado, pedía que por favor nos dejaran al menos las Navidades sin política de por medio, las opiniones fueron en torno a una idea: «claro que sí, estamos en España, por eso tenemos que poner la bandera de nuestro país». Claro, hombre, estamos en España, vamos a poner la bandera de España por todas partes no sea que venga un japonés y se confunda pensando que está en Eslovaquia. Y hasta aquí la contribución filosófica y espiritual de la televisión que pagamos todos los aragoneses. A Heraldo.

No, si bandera española está muy bien cuando se le dan los usos adecuados. Está muy bien en la fachada de un edificio oficial, en el despacho de una autoridad, en el uniforme de un militar o en la vestimenta de un deportista cuando compite representando a España frente a otros deportistas extranjeros. Básicamente para que, cuando estés fuera, no te confundan con el de otro país. Pero hay quien saca la bandera española para atizar con ella a otros españoles; hay quien usa la bandera como símbolo político para confrontar con otros dentro su propio país, es decir, quien practica el nacionalismo.  Cubrir la calle de una ciudad con una bandera es nacionalismo, y como todos los nacionalismos es cutre, chusco y cuartelero, lo cual no parece muy compatible con la bondad, el amor y tal.

Vaya decepción estos chicos de Ciudadanos, que se les presuponía gente guapa y profesional. No han podido soportar la contradicción entre Silicon Valley y el Barroco español. Al final, han sucumbido a lo atávico. Y a las urnas. Respecto a Azcón, pensábamos que el PP habría tomado nota ya de que si juegas mucho al facha se te comen los de Vox. Pero oye, igual no. Pues lo próximo que salga con un chándal con los colores de la bandera como Hugo Chávez. En todo caso, señor alcalde, no pierdan oportunidad de contaminar todo con banderas y nacionalismo, y sobre todo no dejen de recordarnos, incluso en Navidad, que hay dos Españas que no se soportan.

Realmente da igual que las luces formen la rojigualda, la aragonesa o la bandera de la ONU. Que no es tanto por facha, es por hortera. Estaría bien ser una ciudad con gusto estético y no con criterio de escaparatista de tienda de souvenirs, con el torete y la muñeca de faralaes. Parece que los gustos de la oligarquía local son tan paletos como los de sus más entusiastas siervos y que desearían que Zaragoza entera fuera como una tienda de esas de recuerdos de la plaza del Pilar y de la calle Alfonso. De momento, esto y el recorte salvaje en el festival de arte urbano «Asalto» ya dan una indicación de por donde van los tiros, hacia la dictadura de lo cutre. Por algo se empieza.

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