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Odios enquistados

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El odio es ese sentimiento profundo, de carácter intenso y con tintes de repulsa. El odio provoca deseo enquistado de producir daño al otro o de rezar porque alguna desgracia le ocurra al ajeno. Tremendo sentimiento en inquina y de repugnancia, propulsor de la violencia y en más de una ocasión de aversión hacia lo desconocido o diferente.

La pasión más negativa que ayuda al impulso de enfrentamientos y discusiones claro que es necesaria, necesaria para salvaguardar la propia integridad, para defenderse de los ataques externos, para seguir sobreviviendo. Y es aquí donde se embarca la política derechona y más fascista: en la necesidad de seguir vivos, en la necesidad de anclarse en fantasmas pasados y de sujetarse firmemente en la nostalgia que aquella época pasada fue mejor y que no queda más remedio que revivirla.

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El odio nunca debería de tener cabida en la Democracia. La preservación de los derechos más básicos deberían de ser el punto de partida y de final de todas las políticas, la capacidad de gestionar lo público, de impulsar lo común y de cubrir las necesidades de todas y todos. Esto pasa por seguir reivindicando una sanidad, una educación, unos servicios sociales de calidad, de saber priorizar a las clases populares frente a la oligarquía que mueve las cuerdas de aquellos que nunca dejaron de ser los poderosos y los protectores de las grandes fortunas.

No nos engañemos, aquellos que usan y utilizan la política en todo su esplendor y con el mayor uso comunicativo, desde los focos para atacar, lo hace hacia las y los más vulnerables: hacia mujeres, hacia menores extranjeros que llegan solos a nuestra tierra, hacia quienes sufren el horror de la pobreza y escapan de la guerra. Sin embargo tiene una utilidad social clara: la guerra de los de últimos contra los penúltimos, porque son tan cobardes que no se atreven a enfrentarse con los poderosos. Odian su propia existencia amedrentada por su propio odio.

Los del odio, y a quienes no quiero realizar la mínima publicad, yo no publicito a aquellos fascistas nada resignados ni a sus más íntimos amigos, quieren recortar nuestros derechos cuestionando nuestra manera de vivir, volviendo a reanimar debates que se creían cerrados, aspectos que se creían superados. El hombre blanco heterosexual de mente cerrada solo sale de su caverna para decirnos a las mujeres qué hacer con nuestro cuerpo y poner en marcha de nuevo aquellas cadenas discursivamente opresoras. Retroceder a los años ochenta musicalmente siempre es un buen invento, hacerlo legislativamente sería la peor de las melodías que los políticos de la derecha más rancia podrían entonar. El fantasma de la extrema derecha ha avanzado desde Italia hasta Brasil pasando por Estados Unidos y por toda Europa y ha llegado a España bajo el yugo del sistema opresor, heteropatriarcal, racista y plagado nuevamente de odio. Más que nunca: no está permitido reblar cuando de derechos va la historia.

La libertad corre peligro cuando partidos plagados de fobias suman fuerzas para crear discrepancias. Mientras una parte de esta España dañada y dolida sigue luchando por la tolerancia de todas y todos, de los que llegan sin recursos y de los que sobreviven con un sueldo mínimo, hay quienes ven que la mejor oportunidad del árbol caído es seguir echando leña para continuar generando el mayor de los incendios.

En definitiva, como decía Mafalda desde la pluma de Quino: haría falta una vacuna contra el odio, ser un poco más humanos para poder comenzar a eliminar tantos gestos basados en el totalitarismo.

*Diputada de Podemos en las Cortes de Aragón

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