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No es la hora de los fieles

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Tras el desastre electoral –relativo, porque siempre hay que tener una mirada histórica sobre los procesos- que ha sufrido el, permítaseme la expresión, «universo 15-M» en las pasadas elecciones locales, los fieles de unas y otras de las organizaciones que han urdido, con su ceguera preelectoral, con sus egos, con incapacidad de lectura del momento histórico de ascenso de la ultraderecha, la debacle se aplican, ¿acaso cabía esperar otra cosa?, a cargar contra el vecino.  La autocrítica y las dimisiones no entran, en modo alguno, en su horizonte.  A no ser que sean las del contrario.

La lectura de los resultados electorales, de los números, da para los más variados argumentos: que IU debe volver a su soledad (Zamora), eso sí, sustentada en una retórica de apertura, que distinguirse de Podemos produce beneficios electorales (Madrid, Cádiz), que ir desunidos genera derrotas (Zaragoza), que no apostar por UP provoca desastres (Aragón).  Incluso esto que estoy escribiendo también puede ser contestado, sin duda.  Pero creo que lo que es incuestionable es la amarga sensación con que hemos recibido, con pocas excepciones, esos resultados.  Y que los mismos se vienen gestando desde hace largo tiempo y tienen que ver con la incapacidad del <universo 15-M> para dar respuesta política y, sobre todo, organizativa, a lo que allí se reclamaba.  Con el desastroso agravante de que nuestro fracaso, nuestra incapacidad de dar respuesta a las aspiraciones de la gente, ha abierto de par en par las puertas a la extrema derecha.  En ello tenemos una enorme responsabilidad.

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Y así, podemos seguir jugando a los juegos de siempre, a buscar culpables, a escondernos tras declaraciones tópicas, a repetir las dinámicas de sectarización que nos confortan en nuestra identidad pero que erosionan los proyectos.  Hay que jugar otro juego, que pasa, en primer lugar, por volver la vista al pasado, constatar los errores y, a partir de ahí, trazar una línea de trabajo.  Algo, desde luego, que no se puede hacer en el corto espacio de un artículo, sino que exigirá muchos foros, muchas reuniones, muchos contactos.  Por ello, aquí solo daré algunas pinceladas.

Desde mi punto de vista, se empezó mal.  Dicho sea, ad cautelam, que, en ocasiones, las circunstancias nos llevan a tomar decisiones que luego vemos que no fueron las adecuadas y que, por tanto, cuando digo que se empezó mal, me siento responsable, en la parte que me toque, de esos errores.  No me coloco en una posición externa, de sobrevuelo que dice: ¡qué mal lo habéis hecho!, sino, más bien, ¡qué incapaces hemos sido!  Y empezamos mal porque IU reaccionó fatal ante la irrupción de Podemos, Podemos reaccionó fatal frente a la militancia de IU y adoptó la estrategia de la máquina de guerra electoral que luego ha acabado por devorarle.

En lo sustancial, creo que las buenas ideas de Podemos han sido desastrosamente llevadas a la práctica por un «núcleo irradiador» que no ha sabido buscar  equilibrios internos y que, en poco tiempo, convirtió al conjunto de la organización en un campo de batalla.  Campo de batalla en el que, como en el más viejo de los partidos, quienes aspiraban a cargos cambiaban impúdicamente de posición según los propios intereses.  Sectarismo interno y sectarismo hacia el exterior son mala estrategia para convertir en atractiva a una organización política.

Coincido plenamente en la que parece que era la idea original de Podemos: generar una política transversal capaz de llegar a sectores a los que tradicionalmente no se llegaba.  Aunque cometieran el enorme error de llamarle a eso «populismo». ¿Era preciso colocarle una etiqueta tan desacertada? Pero bueno, dejemos eso.  El problema de esa política es que debía ser una apuesta para, a partir de lo que se tenía, todo el espectro a la izquierda del PSOE, conseguir mayores apoyos.  Sin embargo, el errejonismo, con un sectarismo impropio de quien se quiere transversal, entendió que para esa operación le sobraba una parte de lo que ya tenía, la izquierda, contra la que no dudaban en cargar con dureza,  mientras que los pablistas hacían un giro hacia esa izquierda y comenzaban una política vertical y autoritaria en el interior de la organización.  El desencuentro estaba servido y sus episodios los hemos vivido dramáticamente estos años, culminando en la insólita creación de un nuevo partido por parte de Errejón después de haber sido elegido cabeza de lista por Podemos.  Es decir, disparate tras disparate.  Y mientras, en IU, con una sensación de convidados de piedra ante el desagradable espectáculo, a lo que se unía la deslealtad de un excoordinador general como Llamazares, empeñado en seguir, veinte años después, ocupando un lugar al sol de la institución.

No soy, en absoluto, exhaustivo en el análisis, no pretendo serlo.  Solo quiero señalar que esto no va de pablistas, errejonistas o refundadores de IU.  Esto va de un enorme fracaso político y organizativo, con su correlato electoral.  Y que esto no puede ir de ajustes de cuentas, de cuchillos largos en los que una mala práctica se imponga sobre la otra.  Se trata, más bien, tras asumir las necesarias responsabilidades por quienes se han empeñado en nefastas estrategias internas y/o externas, de abrir un amplio y dilatado proceso de recomposición de ese espacio 15-M, para imaginar esa nueva política que deba dar cauces a las exigencias que la gente cree indispensable.  Y que, además, deberemos saber detectar cuáles son, sin mirarnos exclusivamente el ombligo de nuestras obsesiones.

Si algo no hemos sabido ha sido inmunizarnos frente a los males de la vieja política, frente a los egos disfrazados de estrategia, frente a la obsesión por un poder que, al final, nada puede.  Lo que construyamos, si somos capaces de ello, tendrá que afrontar estos retos, o acabará abocado a las mismas miserias.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza.

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