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Nada fue para nada

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Las elecciones griegas eran acontecimientos televisados. Los partidos de izquierdas convocaban a sus militantes a sus sedes para vivir los resultados en directo como si fueran partidos de fútbol. Una y otra vez acudíamos a presenciar cada repetición electoral de un país devastado por la crisis-estafa y por la Troika pero cuya orgullosa resistencia nos inspiraba. Cuando aquí llenábamos las plazas tras el 15M, nos emocionábamos con las imágenes de la gigantesca pancarta de los comunistas griegos en el Partenón llamando a los pueblos de Europa a levantarse. El partido Syriza, aquel en el que nos mirábamos, crecía en votos a cada convocatoria electoral. Eran tiempos de una esperanza que recorría el mundo, desde los disturbios en Grecia hasta el Occupy Wall Street. El mundo parecía a punto de cambiar a algo mejor.

2015 fue el año en que llegron los «Ayuntamientos del cambio», el año en que Pablo Iglesias hacía campaña con Alexis Tsipras en las elecciones que ganó Syriza, el año en que Varoufakis describe como un Ministro De Guindos trasladaba una seria preocupación de que Podemos también ganara en España. También fue el año en que vivimos la tragedia griega. Una Troika decidida a humillar al país y a dejar claro que un programa de izquierdas era imposible en su Europa. Un dirigente que desafía a la Troika preguntando a su pueblo en un referéndum si hay que rendirse, probablemente esperando que los ciudadanos capitularan. Pero el pueblo le dijo que «OXI», que no, que no nos rendimos. Y Tsipras se rindió. Fue un duro golpe para todos. Alguna izquierda lo tildó de traidor, otros no lo hicieron, pero callaron para siempre. Y en las ruinas del Partenón quedaron muchas esperanzas para cambiar Europa.

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2015 ya parece muy lejano. La marea que quiso asaltar los cielos ha bajado hasta casi desaparecer. El mundo parece a punto de cambiar, pero esta vez a algo peor. Ya no miramos el horizonte del camino con esperanza sino con miedo. Como consecuencia la extrema derecha irrumpe con vigor en todas partes, incluía España.

Hoy se vota en Grecia y parece bastante probable que la derecha de Nueva Democracia regrese al poder. Es la guinda del pastel, el broche simbólico del fin de una fase. Pero hay motivos para seguir soplando la pequeña llama de la esperanza. Syriza podrá perder diez puntos en una derrota sin paliativos, pero si mantiene una base electoral importante, si se consolidad como la opción progresista griega, quizá estaremos peor que hace cuatro años, pero mejor que en los años previos a 2015. Si Syriza sustituye a los socialdemócratas en el imaginario de los griegos, esto sólo será un paso atrás y en cualquier momento se podrá dar un paso adelante. En España pasa lo mismo. No tenemos 71 diputados, pero hay 42. Nunca las opciones a la izquierda del PSOE tuvieron tanto suelo electoral.

Lenin, con la frase «Un paso adelante, dos pasos atrás», se refería a los problemas con los que se encuentran los procesos revolucionarios. Se han dado pasos atrás, pero eso no significa que haya que seguir dándolos. Esta vez no es como en los 80, en los que se renunció a las utopías para recibir las ventajas de una Europa que ataba los perros con longaniza. Hoy la UE es más una gruñona ama de llaves que una cálida abuela que da propinas los domingos. Y los problemas que despertaron la indignación en 2010 y 2011 no sólo continúan sino que vienen con otros nuevos.

Seguimos aquí. Nada fue para nada. Todo lo andado servirá para algo. Soplad, soplad la llama, que volverá a arder.

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