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Municipalismo liberal

El autor analiza como varios de los conceptos defendidos por el municipalismo y el ciudadanismo refuerzan posiciones liberales.

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Con motivo del 8 de Marzo, Ciudadanos vino a desarrollar su concepto de «feminismo liberal», según el cual, una mujer puede alquilar su vientre o su cuerpo al mejor postor según las reglas de la oferta y la demanda. Lo que en Inés Arrimadas me parece normal que defienda, no lo es tanto en compañeras que defienden regular la prostitución frente a la abolición y dejan, como hemos visto en este caso, que el liberalismo se haga su espacio en la ideología feminista.

Lo mismo se puede aplicar cuando desde determinados ámbitos de la izquierda se habla de «municipalismo».

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El municipalismo es de por sí un término difuso y conceptualmente vacío y es empleado por todo el espectro ideológico. Tanto Juan Alberto Belloch como Luisa Fernanda Rudi presumían hace pocos días de ser municipalistas ambos.

Por precisar, en este artículo me referiré a una concepción presente en diferente coaliciones municipales de 2015 y que vendría a ser una síntesis entre el municipalismo libertario clásico y el ciudadanismo postmoderno o postmarxista.

La participación individual, el rechazo a la forma partido y a la forma sindicato, el vaciamiento de competencias públicas y el fetichismo sobre el tercer sector son algunos de los conceptos básicos de ese ciudadanismo que facilitan que, en vez de combatirse, el relato liberal siga ganando terreno.

Mitificar la participación individual obviando que las personas nos organizamos según afinidades, intereses o formas de pensar, comprender y priorizar los problemas, no es sino una forma de defender el principio liberal de soberanía del individuo.

Así, cuesta encontrar diferencias entre lo que los municipalistas llaman la «inteligencia colectiva» respecto a lo que Adam Smith definía como la «mano invisible del mercado». Ambos conceptos hacen alusión que los sujetos toman sus decisiones individuales de manera que acabe resultando el mejor y el más virtuoso resultado para la mayoría. Si acaso, el concepto liberal no esconde la realidad y asume que las decisiones individuales se toman en interés propio, mientras que para el ciudadanismo, aún vendría a negar, en parte, la realidad de que no existen intereses y expectativas bien individuales, bien de grupo o de facción.

El municipalismo pretende romper con el parlamentarismo y con el partido como medio para la representación pública, siendo en la asamblea (perpetua) donde, de manera individual, las personas (las que participan) definen las políticas públicas.

Si los partidos obreros surgen como instrumento para destruir el capitalismo mediante la lucha política que se sumaba en ese momento a la sindical; el rechazo de los municipalistas a los mismos no contribuye a hacer más débil al neoliberalismo, sino al revés. Ante un sistema parlamentario de partidos en que conservadores y liberales están organizados para defender sus intereses de clase, denostar la forma de organizarse de las clases trabajadoras no hace sino debilitarlas.

Ese rechazo a la forma partido, a sus estructuras y al mismo concepto de democracia representativa hace que sea muy complicada la relación y la concreción de alianzas con prácticamente el resto de agentes políticos de la izquierda, incluso con los que comparten espacios electorales (ya aventuro que a la vuelta del verano se producirán rupturas en este sentido en varios lugares de España que se sumarán a las ya producidas). En un momento político en que el tablero de juego es de bloques, esa incapacidad de atender y entender a los partidos del ámbito de la izquierda, favorece únicamente al bloque conservador-neoliberal.

Los municipalistas, al igual que hacen los liberales, defienden modelos de gestión privada de espacios o servicios públicos. La diferencia suele estribar en el carácter social o mercantil de las personas jurídicas que gestionan los mismos, como pasa en Zaragoza con el Luis Buñuel o muchos de los convenios con algunas entidades sociales que sirven para servicios (diferente de aquellos que se emplean para financiar y poner en valor una singular actividad). Ambos persiguen y obtienen el mismo efecto: un adelgazamiento de lo público y lo institucional y un trasvase de competencias desde la esfera pública a las privadas.

Obviamente, una vez admitida que la gestión de un bien no ha de ser obligatoriamente ejercida directamente por lo público, someterlo a las reglas de oferta y demanda es extremadamente sencillo. El fetichismo de que movimientos sociales o ONG’s gestionan mejor que lo que lo haría el propio ayuntamiento es exactamente igual que el que mantienen liberales respecto a la empresa, pero tanto al llamado tercer sector como al mundo empresarial les interesa una cada vez mayor externalización de la gestión pública.

El ciudadanismo, como explica el profesor de la Universidad de Barcelona Manuel Delgado, «no llama al desmantelamiento del sistema capitalista, sino más bien a su reforma moral, con el objetivo únicamente de corregir sus excesos y prescindiendo de la lucha de clases”. Terreno abonado para la hegemonía liberal.

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