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Mirando desde Francia

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Una cosa en común tienen el maravilloso Palais de Beaumont y el suntuoso Parlement de Navarre de la cercana ciudad francesa de Pau: desde sus ventanales, orientados al sur, es posible admirar toda la belleza de la frontera que separa España de Francia o que, como dije en mi intervención de clausura del Congreso de Hispanistas Franceses, precisamente por esa belleza, nos une.   Durante estos tres días de congreso, en los que volví a comprobar la profunda huella, en apellidos, en monumentos conmemorativos, en memoria democrática, que el exilio republicano dejó en Francia, he podido pensar en nuestro país desde la ambigüedad derivada de la distancia pero, al mismo tiempo, de su evidente presencia.

Para mi sorpresa, fui invitado a clausurar el Congreso después de haber propuesto una modesta comunicación que titulé “Repensar España.  A propósito de la cuestión catalana”, pero cuyo título suscitó tal interés entre las organizadoras que me confirieron el honor y la responsabilidad de clausurar el congreso. Todo un reto, un filósofo que hace una intervención eminentemente política para clausurar un congreso de hispanistas.  Hice lo que pude para transmitir algo que para mí se hace más necesario cada día: construir una sociedad, nación, país, plural, abierto, que supere ese sectarismo de quienes se han apropiado históricamente la idea de España.  Por eso me pareció que la mejor manera de acabar mi intervención fuera con el poema de Gabriel Celaya “España en marcha”, en la interpretación que Paco Ibáñez hiciera en el Olimpia parisino en 1969.

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Como decía, procuré llevar a Francia una parte del debate existente actualmente en nuestro país, intentando ir más allá de la versión frentista y simplista de la mayoría de los medios de comunicación.  Pero el constante recuerdo de España, a través de los picos de la frontera, de los monumentos a los republicanos españoles, de las conversaciones de los colegas, también me hizo pensar España desde Francia, quizá, entre otras cosas, porque tuve el desagrado de desayunar uno de los días en el hotel con la entrevista a la fascista Marine Le Pen en la pantalla de la televisión.  Probablemente eso fue lo que me llevó a considerar las diferencias que el fenómeno de la extrema derecha presenta en los dos países.

La actitud de la política francesa hacia la extrema derecha ha sido, desde un primer momento, la de trazar un cordón sanitario.  Un país con memoria, como Francia, recuerda la connivencia de su extrema derecha con la barbarie nazi y opta por marginarla y evitar su presencia institucional. En España, por el contrario, un país al que se le ha borrado conscientemente el disco duro de su historia, la extrema derecha es inmediatamente naturalizada, se le abren las puertas de los pactos y se le da juego desde el PP y Ciudadanos. En España se nos ha hecho olvidar que fue el fascismo quien provocó una Guerra Civil y desencadenó una sangrienta represión que sembró de cadáveres las cunetas del país.  Las débiles, siendo generosos, convicciones democráticas del PP explican su posición, no en vano Vox, orgulloso heredero de los criminales fascistas de los años 30, surge de sus propias filas.  Más sorprendente es el caso de Ciudadanos, un partido que parecía había venido para regenerar la vida política y, sin embargo, no duda en pactar con corruptos y con la extrema derecha a un tiempo.  Claro que el perfil ideológico de alguno de sus líderes, como es el caso de Daniel Pérez en Aragón, explican esa sintonía con la extrema derecha.

Si nos dejamos llevar por los elementos más superficiales de la cuestión, parece que la actitud francesa sea la más conveniente y democrática.  Sin embargo, cuando quien se encarga de «parar» a la extrema derecha es el neoliberalismo, el macronismo, con sus políticas de precarización y desmantelamiento de servicios públicos, lo que se consigue es aumentar la clientela de la extrema derecha como consecuencia de políticas de carácter abiertamente antisocial.  Resultado: se mantiene a raya al monstruo pero se le alimenta hasta que adquiere dimensiones muy preocupantes y le colocan en condiciones de victoria electoral.

Por ello, quizá la práctica española, en la que Vox va desempeñar un evidente papel en los gobiernos de las otras dos derechas, PP y Ciudadanos, pueda servir de antídoto, al no convertir a Vox en un partido que se ubica fuera del sistema y que recibe los votos de los indignados con el mismo.  Los programas económicos y sociales de las tres derechas españolas difieren mínimamente, con lo que se harán solidarias de los resultados de su aplicación.  Ojalá eso, y una cierta inteligencia de la izquierda, hasta ahora no manifestada y que no se atisba en el horizonte, permitan conjurar a la bestia y podamos caminar hacia ese país plural, abierto, democrático del que intenté hablar en Francia y al que personajes tan variopintos como Ortega, Zambrano o Azaña adivinaban exclusivamente bajo la forma de una república.

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