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Mi amigo Morricone

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Vivir la infancia y juventud a dos velocidades era habitar dos mundos distintos que nunca coincidían. El mundo real tenía unos códigos compartidos y en él había que adaptarse a unas convenciones; había una cultura y unos temas, no demasiados. Salirse de todo ello era raro. El barrio obrero no conoce la belleza, aunque tenga la razón.

Mientras uno pasaba el tiempo tratando de no ser ni más ni menos que cualquiera y empujando por coger un sitio para no quedarse fuera de la función, también se daba cuenta de que había más cosas en el mundo que las marcas de las motos, los nombres de los deportistas, las reverencias a los rufianes y las carreras por ser adulto antes de tiempo.

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La primera experiencia cultural compartida que recuerdo que se dio más allá de los asfaltos de las calles, la tierra de los parques y los futbolines, fue la de la sana competición con un par de compañeros de clase de ver quien se leía antes toda la colección de Astérix en la biblioteca pública del barrio. Siempre recordaré a los que iban a pasar las páginas, declarando que “sólo miraban los dibujos” con la altivez que solo puede salir de la ignorancia. Pero después de aquello, el resto de mi relación con los libros, los tebeos, la música y las películas fue íntima, casi clandestina. Las bandas sonoras, los clásicos del soul, las viñetas que imitaba a lápiz y después, el cine francés e italiano, bucear cada vez más atrás en las películas, convertir en familiar los mitos y nombres propios de otras generaciones que no eran la mía pero que sentía ya como propias. Mientras tanto, afuera, tronaba. Las músicas degeneraban y los bares cerraban. Cada vez había que cavar más hondo para encontrar gente con algo interesante que ofrecer. El siglo XXI ofrecía coletazos del XX y poco después ni eso.

Uno de estos amigos secretos que no compartí con nadie fuera de casa fue Ennio Morricone, el compositor de cientos de bandas sonoras de películas, algunas de ellas ya iconos de la cultura universal. Morricone le dio a algunos films una categoría que no tendrían si él no hubiese aportado la sensibilidad de su música. Pero el asunto va más allá de la funcionalidad de sus obras. Sus composiciones son parte de la banda sonora original del “corto siglo XX”, sobre todo de su segunda mitad. Sin olvidar que también le puso música al Novecento italiano, cuya música es ya himno y símbolo del movimiento obrero y su lucha contra el fascismo. Puso música a la nostalgia de la generación de mis padres, con ese cura censurando besos del cine en los años de posguerra en Cinema Paradiso. Vimos la guerra de Argelia bajo sus redobles y sentimos la muerte de Sacco y Vanzzeti, mártires de los obreros para la posteridad. Sin él, tampoco el Spaguetti Western hubiera sido lo que fue. Un hombre que reniega un poco de su tema triunfal de “Los Intocables” porque cree que los triunfos plenos en la vida no existen.

Aunque sabía a lo que iba, me siguió sorprendiendo que tanta gente acudiera a ver el último concierto de Morricone. En Madrid vi que lo compartía con miles más, que no era una cosa entre él y yo. Juntos vimos por última vez a Morricone, sentimos lo mejor del siglo pasado, que afirmo fue el mejor siglo, donde el ser humano dio lo peor, sí, pero también lo mejor de lo que es capaz. Los partidos comunistas europeos, los sindicatos que tumbaban gobiernos, la Nouvelle Vagge, el neorrealismo, los guionistas y directores de Hollywood, “No pasarán”, Arafat, Mandela, los flequillos, las minifaldas, los campanas, el Che, Audrey Hepburn en moto por Roma con Gregory Peck (aunque Morricone no tuviera nada que ver con ellos, salvo Roma) , Sistema Nacional de Salud, los poetas, las vanguardias, las ideas, el progreso. La nostalgia y la ternura. Oía la música y oía también todo esto.

Aquello no tenía mucho que ver con un concierto al uso. Allí se comían palomitas y hot dogs mientras unos muchachos con gorras y luces repartían latas y comida y se venía merchandising de Ennio. Más parecido a un partido de béisbol que a un concierto de música clásica en el auditorio. Morricone es un compositor de películas y por tanto, un autor para las masas, tan accesible que cualquier chico de mi barrio podría disfrutar tan fácil como leer un cómic de Astérix. Y eso no es nada malo. Ojalá lo hubiera podido compartir antes.

 

 

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