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Mascarilla ideológica

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En esta sociedad histérica e hipermediatizada que nos ha tocado vivir, ciertos acontecimientos, las más de las veces banales, provocan que se activen las alarmas y que los medios de comunicación se lancen a una práctica que, lejos de responder a un deber de información, se convierte, por el contrario, en una tarea desinformativa, espectacularizada, que, más bien, consigue generar lo contrario de lo que se dice pretender.  Tras los ya lejanos episodios de la gripe aviar y de la gripe porcina, que también desembocaron en alertas ciudadanas desproporcionadas, ahora nos encontramos con el del corona virus, que lleva camino de seguir los mismos pasos que los anteriores, es decir, una intensa alarma, sobreinformación mediática y unos efectos, en forma de muertes, incomparablemente menores que, por ejemplo, la gripe que año tras año se presenta en nuestros países.

Estos procesos de sobreinformación mediática, que, en realidad, se convierten en dinámicas de desinformación, ponen de manifiesto el perfil de la comunicación en las sociedades contemporáneas.  Esta, lejos de ser un instrumento al servicio de sociedades maduras, se va convirtiendo, cada vez más, en una herramienta de banalización e infantilización que erosiona, en última instancia, los fundamentos de sociedades que se dicen desarrolladas.  Hace pocos días vivíamos también en directo, como si de un acontecimiento de primer orden se tratara, la avería de un avión que debía realizar un apacible aterrizaje forzoso en el aeropuerto de Barajas.  Los informativos convirtieron este hecho, absolutamente trivial, en noticia de portada, dedicándole buena parte de su tiempo, entrevistas a pasajeros incluidas.  Cualquiera diría que un país en el que dicho acontecimiento acapara de tal modo la atención es un país en el que aquel día nada había sucedido. Al no ser así, una conclusión se impone: el espectáculo se ha impuesto, sin duda, sobre la información.

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La histeria promovida por los medios tiene evidentes reflejos sociales.  En un país como el nuestro, en el que todavía no se ha declarado un solo caso de corona virus, sin embargo, se han agotado las mascarillas en las farmacias.  Y así, mientras se suceden, a lo largo de los años, las alertas sobre epidemias que nunca llegan a ser, nuestros medios se dedican a expandir virus ideológicos letales para los que no se aconseja mascarilla preventiva alguna.  No cabe ninguna duda de que, al menos en España, el auge de la extrema derecha y de su ideología criminal tiene mucho que ver con la actitud de unos medios de comunicación que han contribuido a naturalizar su discurso, a homologarlo al resto de discursos políticos, cuando no a alentarlo de manera alborozada.  El racismo, el machismo, el nacionalismo basado en el odio al diferente, el menosprecio a los procedimientos democráticos, la adulteración de la historia, rasgos propios de la extrema derecha, se han filtrado en los medios de comunicación sistémicos y han sido difundidos a los cuatro vientos, provocando dinámicas de expansión y contagio para las que no se ha implementado ninguna medida profiláctica.

Nuestras sociedades, atentas, dinámicas de consumo mediantes, a suministrar mascarillas ante riesgos poco probables, nada se preocupan de promover el uso de filtros capaces de garantizar la calidad democrática del aire que respiramos.  Y así, la atmósfera se carga cada vez más de partículas pestilentes que enrarecen el ambiente social hasta convertirlo en tóxico.

Algún día habrá que revisar el papel de los medios de comunicación en el profundo deterioro de la calidad de nuestras democracias.  Los que debieran haber sido instrumento de robustecimiento del conocimiento y, por tanto, de los procesos de participación social, han hecho de la espectacularización su fundamental razón de ser, contribuyendo, de ese modo, a la infantilización y banalización de los sujetos.  Sujetos que muestran escasa o nula resistencia a la penetración de ideologías simplistas y cargadas de resentimiento como las que promueve la extrema derecha.

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