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Marx en la plaza del Pilar

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En «Marx en el Soho» de Howard Zinn, el Más Allá permite regresar a Karl Marx a la Tierra durante un rato para dar respuesta a todas las cosas que se dicen sobre su obra, harto ya de leer cada mes en algún artículo de prensa que clama «Marx ha muerto». Por un error burocrático del Cielo, aparece en el Soho de Nueva York en lugar del Soho de Londres, que es donde él había pedido volver.

Esta vez, tal vez engañado por alguna agencia de viajes de la otra vida, Marx acaba en un autobús lleno de turistas japoneses que hace una parada de unas horas en Zaragoza. Tras constatar que, salvo la Aljafería y la Plaza del Pilar, hay poco más que ver, Marx se pide una cerveza en el Tubo y lee la prensa local. Tras leer un rato niega con la cabeza y murmura «Nada cambia, el estado no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la burguesía».

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El bueno de Carlos recuerda aquella frase del Manifiesto Comunista al descubrir que un ministro del Partido Popular trabajaba para una multinacional del juego y las apuestas española justo antes de entrar en el Ministerio de Fomento; que desde ese ministerio salió la ley que desregulaba el Juego en España en 2011; que esa ley fue el inicio de la expansión del sector y la propagación de las casas de apuestas hasta formar parte del escenario urbano de los barrios populares; que ese caballero fue nombrado Ministro de Justicia y que ahora regresa de nuevo a Codere, la empresa en cuestión. Gracias a ello, la ludopatía es una adicción de primer orden en España.

Marx camina, pasa por Espoz y Mina y pide otra cerveza en una terracita. Mira desde allí el Ayuntamiento. En la sección local, Marx encuentra más ejemplos que demuestran que tiene razón. El nuevo alcalde afirma sin tapujos que «lo primero» es la reforma de la Romareda, proyecto reclamado por las millonarias familias propietarias del Real Zaragoza. También hay un gran negocio de un gran «Outlet» que desbloquear en la carretera de Logroño, también reclamado por apellidos con fortuna. El gobierno de la ciudad funciona también como una junta en la que se administran los negocios de la burguesía local, y más allá de la local, pues la gran burguesía también espera beneficios del Ayuntamiento. FCC, empresa que gestiona hasta hoy la limpieza y los parques y jardines, y que tienen un largo historial de irregularidades, ha recibido un regalo de despedida de casi trescientos mil euros por una tala masiva de árboles de cuestionada pertinencia. Los ejemplos que redundan en lo mismo son tantos que alargarían este texto demasiado.

Sin duda Karl no esperaba que esta ciudad obtuviera tan buenos ejemplos de la vigencia de su obra. Sobre todo cuando tiene noticia de lo que sucedió cuando el anterior gobierno municipal pretendió municipalizar un servicio, en este caso el de la atención telefónica. La burguesía, alertada por las pretensiones explícitas del gobierno de llevar adelante un programa de municipalizaciones contraatacó con todos los medios a su disposición, que no son pocos. La misma FCC le hizo saber al entonces concejal de Servicios Públicos lo duro que se lo iban a poner: «Olvídate, no lo vais a conseguir. Si lo consigue Zaragoza, lo consigue Madrid, lo consigue Barcelona, Valencia y le sigue Bilbao. Entenderás que nosotros, como Fomento de Construcciones y Contratas, perderemos un volumen de negocio al que no estamos dispuestos. Y vamos a intentar evitarlo por todos los medios posibles«.

El que Marx llamaría el partido del orden -la CEOE, el Partido Popular, el PSOE, la judicatura y el Heraldo- se tomó la batalla de la atención telefónica del 010 como la primera batalla que decidiría el destino de las municipalizaciones. Tal alianza pone al desnudo cual es el nudo gordiano de la política local, nacional e internacional, qué es lo importante, qué es lo que moviliza recursos, dónde pone la burguesía sus tanques. Marx se mesa la barba y pasea por la Plaza del Pilar mientras reflexiona sobre la burguesía que ve, que lejos de desempeñar un papel de progreso, solo se dedica a poner sus garras sobre nuevas fuentes de dinero, saqueando las instituciones públicas prestando servicios que deberían prestar éstas pero que no son más que la parodia de un servicio público. En otros casos, sacando el dinero de las adicciones de los más miserables. Ríe al pensar en los «liberales» que todavía hoy abominan del estado en público pero en privado lo conquistan para extraer capital ¿de dónde? de los bolsillos de los ciudadanos.

Al final, piensa Karl, todo sigue girando sobre la lucha de clases. El combate de hoy parece ser devolver a las manos comunes lo saqueado por fondos de inversión, fondos buitre, FCC, Acciona… Se están quedando con todo, desde las viviendas hasta la sanidad. En su camino se llevan por delante el dinero de los impuestos, el medio ambiente y la vida y la salud de las clases populares. Mientras el estado siga siendo el consejo de administración de los negocios de los burgueses, esto será así.

Marx, con gafas de sol y gorrito de pescador, vuelve al autobús con sus compañeros de viaje nipones, dando gracias por la invención del aire acondicionado. Su compañero de asiento le pide hacerse con él un selfie para Instagram. Marx accede y pone morritos. Siempre fue muy moderno.

 

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