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Llévame a ver aviones despegando

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El otro día, visitando la exposición de Lina Vila, alguien le preguntó a la artista el porqué de esa silla junto a toda la galería de insectos de esa serie de pinturas. “Esa silla es mi abuela. Es la silla de enea en la que se sentaba a esperarme, en la que charlábamos. Estábamos muy unidas”.

No sé si mis padres recordarán que de pequeños nos llevaron un par de veces a ver despegar aviones al aeropuerto de Zaragoza. Cogí mi primer avión a los 17 años, viajando a Londres. Antes había estado en el extranjero, pero siempre había viajado en autobús. Ahora, siempre que cojo un avión, junto con cierto temor (no me gusta del todo volar) viaja el recuerdo de mi familia.

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Mi madre es un bote-jarrón de cerámica blanco y azul, con flores, que le regalaron una vez sus amigas del País Vasco. Ese bote es la casa en la que crecí. Mi madre es también todo lo que me acompañó a comprar cuando me mudé a vivir sola. Es un anillo que me regaló, y que a ella le regalaron. Es de oro y tiene en el centro, como protegido por pétalos circulares, una pequeña piedra coral. Mi madre es esa piedra, tímida, discreta, pero siempre en el centro. Mi padre es todas las cosas que ha ido construyendo en la mía. La habitación que nos montó como estudio, donde estudié las oposiciones que aprobé, los interruptores sofisticados que le costó cambiar, las baldas de la cocina que nos colgó donde están las tazas que colecciono y que para mí son hogar. Mi hermano son todos los recuerdos que guardo de las cosas compartidas. Es esa colección de El mundo de los niños, en especial el volumen donde había una serie fantástica de cuentos de Elige tu propia aventura. Mi hermano es la sintonía de Expediente X, que nos quedábamos a ver juntos en el salón. Es un caballo de plástico heredado por mi padre, pintado por nuestros rotuladores. Es un caballo que le ha llevado a Chile, a seguir formándose en Filosofía.

Mi madre es el sabor de las croquetas y de la tortilla de patatas, y mi tía es un pepino con sal a las ocho de la tarde en el Parque Grande. Mi abuela es el helado al corte sabor vainilla o nata con galleta de barquillo. Mi abuelo una tarta al whisky y la carne con un montón de romero del monte que tanto le gustaba.

Cristian es la lata fuera de sitio, sus figuras de Batman, el orden en los cajones. La música siempre exquisita. Unas manos delicadas de pianista.

Puede que los objetos no sean personas, pero entiendo que nos sean tan necesarios. Entiendo esas escenas repetidas en las películas, con padres conservando intactas las habitaciones, como si alguien fuera a volver, como si no estuviera muerto, y solo estuviera a unos kilómetros de distancia, viendo aviones despegar. El sábado estuvimos viendo Toy Story 4. La nueva entrega de Pixar apela directamente al corazón de los adultos, convertida en tragicomedia. Los niños que crecieron con Buzz y Woody ya son adultos, 24 años después de la 1º entrega que revolucionó el cine de animación. Vejez, cansancio, evolución y reconciliación se dan la mano en la nueva entrega.

¿Quién no ha imaginado alguna vez que sus juguetes cobraban vida por la noche? ¿Quién no ha dudado muchísimo a la hora de desprenderse de algún juguete, donarlo, o cederlo a algún sobrino? El abandono de la infancia siempre nos enfrenta a una especie de lealtad que nos cuesta romper. Pero también a superar eso del cualquier tiempo pasado fue mejor, en el que es tan fácil caer. Quizás lo más maravilloso de todo, más que el recuerdo de ver aviones despegar sea la capacidad de contarles a otros niños, a otras personas, la posibilidad de hacerlo,  y lo felices que nos sentíamos. Quizás el don de narrar, de traspasar los objetos y los recuerdos y regalarlos sea lo que nos hace más humanos y nos pone en el centro de una sala, reviviendo a una abuela muerte a través de una silla, compartiéndola con todos aquellos que quieren imaginarla.

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