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Libertad y posesión

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Resulta curiosa la querencia que la liberticida derecha española tiene por la palabra libertad.  Ahora que se ha despojado de todas sus cautelas y complejos y se reconoce heredera de una siniestra tradición que provocó una Guerra Civil y cuarenta años de dictadura, no puede menos que resultar llamativo que quienes con sus prácticas negaron todo tipo de libertad, de reunión, de expresión de asociación, de enseñanza, de creencias, pretendan ahora enarbolar la bandera de la libertad.

En alguna ocasión ya he señalado que las palabras no son neutras, que se cargan del sentido que les otorga quien controla la producción ideológica de una sociedad.  Raras veces, a pesar de lo que teorizan los populistas, los significantes se hallan vacíos, por lo general están llenos, y bien llenos.  Lo cual no obsta para que, efectivamente, una parte de la lucha política, y filosófica, pase por la pugna en torno al sentido de las palabras.  Como señalan Nietzsche y Deleuze, producir sentido es una tarea de primer orden.

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En la actualidad se ha reavivado un viejo debate en torno al concepto de libertad, quizá el concepto más relevante en el campo de la lucha política.  Podríamos resumirlo en el choque entre dos concepciones de la libertad, la libertad como posesión y la liberad como vínculo.  Cada vez que la derecha habla de la libertad la vincula a la posesión, como queda bien patente en la cuestión tan actual del pin parental.  Mis hijos, dice nuestra derecha carpetovetónica, son míos y, por lo tanto, tengo derecho a educarlos como me parezca conveniente.  De aceptar esa lógica, debiéramos deducir que como los hijos son de los padres, estos pueden decidir no escolarizarlos, no vacunarlos o no permitir que se les transfunda sangre, como defienden ciertos colectivos, lo que derivaría en un evidente riesgo de la salud de esos hijos.  La derecha, en su egoísmo posesivo, razona del mismo modo en el campo de la ecología y ante la necesaria regulación del tráfico como consecuencia de un cambio climático que está empezando a devastar el planeta (ahí tenemos el aterrador caso de Australia), argumenta nuevamente desde la propiedad y defiende que nadie puede interferir en la utilización del vehículo privado.  Cómo no recordar, llegados a este punto, las incomprensibles declaraciones de Aznar en las que se oponía a que el Estado legislara sobre la tasa de alcohol al volante, pues nadie puede decir a un individuo cuánto puede o no puede beber.  Mi cuerpo es mío, mi coche es mío, mi hijo es mío y, por lo tanto, hago con ellos lo que me da la gana.

Pero claro, la libertad, como dice el adagio clásico, acaba donde comienza la del otro.  Límite, ciertamente, difícil de establecer pero que, en todo caso, nos habla de otra concepción de la libertad, la libertad como vínculo.  Una concepción que parte de cuestionar nuestra condición de individuos aislados y entender que, frente a lo que ha defendido siempre el liberalismo y, desgraciadamente, se ha convertido en un cierto sentido común, no somos individuos aislados, mónadas independientes, sino seres en relación, individuos sociales dice Marx.  Si algo caracteriza al ser humano es el vínculo, todos nuestros gentes son gestos colectivos que necesitan de los demás para llevarse a cabo.  Incluso cuando tiramos de la cadena del váter estamos realizando un acto que depende de una amplia estructura social sin el que sería impensable; lo mismo cuando redacto estas palabra en mi portátil, construido por otras manos, alimentado por energía de procedencia colectiva.

Por eso, todas nuestras decisiones repercuten sobre esa realidad con la que estamos vinculados.  Cuando alguien decide no vacunar a sus hijos no está decidiendo solo sobre sus hijos, sino sobre el colectivo, pues puede hacerse portador y reactivar enfermedades que ya estaban casi erradicadas.  Metafóricamente, cuando alguien decide no vacunar a sus hijos contra el odio y la intransigencia –esa es la esencia del pin parental-, está contribuyendo a inocular en la sociedad esos sentimientos.  Por ello, nuestra libertad está necesariamente inserta en una comunidad y debe ser un instrumento de protección de la misma y, con ella, del individuo.  Ya lo decía Spinoza, cuanto más vínculos, más fuertes somos, más cosas podemos, más libres somos.  Esa es la ecuación de la libertad como gesto político (de polis, ciudad, comunidad), no como gesto egoísta e insolidario.

Libertad como bandera, por supuesto.  Que los padres y madres puedan intervenir en la educación de sus hijos, sin duda, potenciando, a diferencia de lo que han promovido las leyes educativas del PP, su participación relevante en los consejos escolares de los centros.  Libertad frente a quienes nos quieren imponer un solo modelo de familia, quieren perseguir a los que no aman como ellos exigen, quieren imponer su estrecha y egoísta visión del mundo.  Libertad frente a quienes atentan contra los más básicos preceptos constitucionales, contra los derechos humanos.  Que no pretenda la derecha apropiarse de una palabra que ha pisoteado a lo largo de nuestra historia.

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