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Lecciones de una pandemia

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Poca gente sabe que las fiestas del Pilar de 1918 se celebraron en mayo… del año siguiente. Fue una de las muchas consecuencias de la epidemia de gripe española, posiblemente la última gran pandemia padecida por estos lares hasta la aparición del ya celebérrimo coronavirus.

El paso del tiempo, la mejora de las condiciones de vida o la universalización de la sanidad pública han ejercido un importante efecto amnésico en nuestra sociedad, que hasta ahora asistía a las pandemias por televisión. Sin embargo solo hace 102 años la gripe española (a la que se bautizó como “la epidemia reinante”) marcó a toda una generación. En Aragón se estima que unas 10.000 personas perdieron la vida por la llegada de esta enfermedad, alrededor del 1% de toda la población. En España algunos investigadores (Antoni Trilla, Guillem Trilla y Carolyn Daer) calculan que los fallecidos pudieron llegar a los 260.000. De hecho, el crecimiento vegetativo de la población española ese año (1918) fue negativo. Casi nada.

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En el mundo la gripe española fue más mortífera, bastante más, que la Primera Guerra Mundial. Las estimaciones más conservadoras hablan de unos 20 millones de muertos a manos de la que se conoció más allá de los Pirineos como la Spanish Lady. Pasado el tiempo, lo dicho, era oír la palabra epidemia y pensar en otras latitudes, en nuestro confortable mundo nos sonaba a cosas del pasado, algo que nunca nos podía suceder.

Pero aquí ha llegado. El COVID19 nos ha vuelto a demostrar la fragilidad del ser humano, nuestra debilidad y nuestras limitaciones. Como consecuencia de su propagación prácticamente todo el mundo ha entrado en un terreno resbaladizo, con un futuro más incierto que nunca.

El hecho de que las epidemias sean, hasta cierto punto, cíclicas y de que la vida nos enseñe de vez en cuando su rostro más amargo no le resta dramatismo. Nunca nos podemos acostumbrar a la desgracia y las pérdidas siempre resultan dolorosas, más todavía en las condiciones en las que se están produciendo estos días.

Pero el dichoso coronavirus, además de recordarnos nuestra fragilidad, también puede enseñarnos otras lecciones de las que podríamos aprender bastante. Eso si no volvemos a caer en la amnesia a la que antes hacía referencia.

La primera y más evidente es la concerniente a la sanidad pública. Sin duda parece más claro que nunca que este es un recurso estratégico básico para toda sociedad y que tiene que quedar a salvo de cualquier tentación desreguladora. Asociar la inversión en sanidad a “gastos” que pueden ser “recortados” cuando hay que ajustar los presupuestos públicos está demostrando ser sinónimo de jugar a la ruleta rusa… en las sienes de toda la ciudadanía. De esta crisis debiéramos salir con un pacto social clave: la Sanidad Pública es un patrimonio público y como tal tiene que estar blindado.

Pero la cosa no queda ahí. Resulta necesario multiplicar la inversión pública a medio/largo plazo en investigación que refuerce los equipos ya existentes y que suponga la mejor vacuna, no para evitar totalmente esta u otras pandemias, lo que se antoja imposible, sino para mitigar sus efectos o anticiparse a la jugada en la medida de lo posible.

También son necesarios protocolos ante hipotéticas situaciones de emergencia que impidan que sus enseñanzas, como la de la gripe española, caigan en el olvido y nos veamos obligados a recurrir a sistemas de emergencia sobre la improvisación y las prisas. Protocolos claros y transparentes que contemplen situaciones como la que estamos padeciendo en la actualidad. Sociedades como la china, la japonesa o la surcoreana se encontraban entrenadas ante una hipotética epidemia por los episodios de los últimos años. Mientras, el coronavirus ha cogido a Occidente con la guardia baja e incluso, como ya ocurriera en 1918, hemos minimizado sus efectos.

¿Y la economía? Se adivinan nubarrones en el horizonte que ya han dejado tormentas en los parqués. Un frenazo productivo como el que estamos experimentando tiene pocos precedentes, quizá el último a otra escala fuera la segunda guerra mundial. Pero parece excesivamente fútil plantearse las cuestiones económicas cuando todavía se está tratando de salvar vidas. Eso se lo dejamos a los que tirando de darwinismo social han preferido anteponer los números a las personas.

La economía tendrá que recibir la inyección de un Plan Marshall, posiblemente global, antes o después. Si hasta De Guindos ha hablado de renta básica, aunque sea por lo bajini, es que tenemos que asumir que hay que olvidar los techos de gasto y pensar en que no se puede dejar a nadie atrás. ¿No se trata de eso cuando nos dicen que nos quedemos en casa y no salgamos para no contagiar o ser contagiados? ¿Para no perjudicar a la colectividad? Pues apliquemos a la economía la misma lógica solidaria con la que aplaudimos desde los balcones. Porque la cooperación no solo se tiene que activar en momentos de catástrofes sanitarias.

 

*Periodista y profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha

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