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Las Humanidades, ¿para qué?

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Hacerse preguntas es una constante para quien dedica su esfuerzo y su tiempo a las Humanidades y las Letras. Desde la enseñanza, la escritura o la divulgación, la pretensión es, previo cuestionamiento, ofrecer respuestas a algunas de las cuestiones que las sociedades nos hemos hecho desde que nos juntamos y cooperamos para hacernos la vida más sencilla.  La Historia, la Filosofía, la Literatura o la Geografía pretenden, cada una en su campo y con sus herramientas, situar a la humanidad en el espacio y en el tiempo, así como recoger y dar respuesta a los asuntos que a todos y a todas nos circulan en el consciente de manera más o menos continuada.

Sin embargo, lo paradójico es cómo las Humanidades han estado siempre cuestionadas; bien desde el poder económico o político, bien desde una sociedad que en ocasiones no ha podido percibir bien cuál era la labor del humanista cada vez más sectorializado, especializado y cooptado por las necesidades del Mercado.

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Recuerdo una vez, hace ya algunos años, que un magnífico profesor y amigo de Historia del Arte nos lanzó una pregunta extremadamente sugerente y controvertida para los estudiantes de Letras que allí estábamos. Venía a cuestionar el por qué de destinar dinero y recursos para construir y dotar de especialistas las facultades de Filosofía y Letras y el por qué de no dedicarlo a la Medicina o la Arquitectura. “A primera vista parece más útil, ¿no?”, sugería.  Por supuesto, aquello vino acompañado de una exposición de las necesidades que tenemos del Arte y de las Letras, la cual, junto a la sugerente pregunta, trato de recoger hoy aquí. Desde luego, con mucho menos talento.

Por tanto, uno de los interrogantes más repetidos y a su vez de más difícil respuesta, es para qué sirven las Humanidades. Pregunta que no solo se plantea desde la sociedad sino que debemos plantearnos, tanto la sociedad como quienes dedicamos esfuerzos a su análisis. Debemos preguntarnos para qué sirve, en el terreno práctico, dedicar recursos al estudio del espacio geográfico. Para qué sirve releer a Sócrates o a Miguel de Cervantes. Por qué estudiar el pasado si a fin de cuentas este ya ha pasado y lo importante es el presente y el futuro.  A lo que los tramposos añadirían, ¿para qué dedicar dinero a cuestiones con un bajo o nulo valor de intercambio en el Mercado?

Puede parecer extremadamente evocador, utilizando el ejemplo anterior, dedicar los recursos necesarios, incluso en detrimento del estudio del pasado, para investigar y tratar cuestiones sanitarias. Sin embargo, no solo existe una herramienta llamada Historia de la Medicina extremadamente útil para conocer todo ese proceso acumulativo de conocimiento sanitario, así como los profesionales de la Sanidad precisan de un conocimiento transversal para optar a una posterior especialización científica, sino que nadie, dedique a lo que dedique su esfuerzo y su tiempo, sería capaz de ubicarse y de ofrecer lo mejor de sí mismo sin ese necesario conocimiento del espacio y el tiempo en el que se ubica.

Aprendemos porque nacemos y nos desarrollamos en sociedades culturalmente avanzadas. Sociedades que se han dotado de un marco de referencia y que conocen, en mayor o menor medida, cual es su razón de ser. Aprendemos porque nos preceden hombres y mujeres que tuvieron la capacidad y la posibilidad de pensarnos. Y utilizo el plural porque aunque en ocasiones nos planteemos cuestiones que nos competen personalmente, éstas se ubican en relación a los demás, así como existen una serie de planteamientos que nos trascienden y que desde que nos organizamos y nos pusimos a pensar nos han asolado. A eso lo llamamos Filosofía.

Es preciso señalar que todo cuanto creemos saber forma parte de una tradición cultural de pensamiento la cual es fruto de un esfuerzo colectivo que viene de lejos y que todavía tiene mucho camino por recorrer. Los primeros Médicos eran Filósofos y los últimos también lo serán, pues no es posible separar las disciplinas que se ocupan de lo humano. Estén donde estén ubicadas sus respectivas facultades.

¿Qué sentido tendría la Arquitectura o la Ingeniería sin un avanzado conocimiento del espacio? Por no hablar de las manifestaciones literarias y artísticas, ¿cómo crearíamos nada hoy si no tuviéramos esas referencias y sugerencias que han pervivido? Eso, sin entrar en el necesario estímulo emotivo que el Arte y la Literatura nos ofrece y que los humanos necesitamos para afrontar el laborioso día a día.

Por su parte, el conocimiento del pasado se constituye como un aglutinante de todas estas cuestiones. Como nos organizamos, nos relacionamos, creemos o nos queremos forma parte de un largo proceso que, quienes estamos hoy aquí, recogemos y tratamos de aportar en ese camino de lo humano. Mirarnos hoy y mirar al futuro no es posible sin mirar al pasado. Apostar por la salud, el progreso tecnológico, el excedente y redistribución de la riqueza, las comunicaciones o la fraternidad entre nosotros y nosotras es apostar por el saber. Saber mirar y saber leer ese desarrollo y esa travesía común de la humanidad cuyo fin último, habría de ser la felicidad.

Solo sabemos si alguien supo antes de nosotros. Solo tenemos si alguien tuvo antes de nosotros. La Historia como aventura humana con principio y un futuro final es un acumulo de experiencias donde no solo no existe dicotomía o contradicción entre conocimientos sino que se necesitan y se alimentan. Cooperar, enseñarnos, mirarnos y estimularnos es humano. Enfrentar, acumular, odiar y desafiar, normalmente, tiene el propósito de beneficiar a unos pocos en detrimento de la mayoría. Y por ende, no es humano.

No hay que perder de vista el pasado ni obviar al de al lado. Cuidarnos y respetarnos. Cuestionar y leer. Decir y escuchar. Aprender y hacerse preguntas. Ponérselo difícil a quienes enfrentan y construir un mundo mejor que dejar a quienes vengan detrás, pues esos también son de los nuestros y con ellos hemos de comprometernos.

Que vivan y pervivan los buenos profesores, quienes nos hacen cuestionarnos todo y nos ayudan a encontrar respuestas. Y todos aquellos, hombres y mujeres, que cuidan, protegen, acompañan, aportan y se comprometen a mantener y mejorar este pequeño proyecto colectivo llamado humanidad. Y a los humanistas: estudiosos del pasado y del presente, sois el futuro.

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