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Las guerras del petróleo, capítulo IV: Venezuela

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A veces, la Historia tiene ciertos guiños irónicos. En el mes en el que la aclamada película Vice El vicio del poder era nominada a ocho premios Oscar, Guaidó se autoproclamaba presidente interino de Venezuela con el apoyo de Trump, Bolsonaro y otros aliados internacionales de la ultraderecha y derecha liberal.

Si en Vice se realiza un retrato del controvertido Dick Cheney como cerebro de las invasión de Irak a través de la cual pudo convertirse en millonario gracias a sus lazos con las petroleras (Halliburton aumentó un 500% sus beneficios tras la invasión), ahora parece que las cosas vuelven a repetirse con guiones similares. Este inicio de siglo XXI está marcado por las guerras del petróleo. Oriente Medio es hoy uno de los polvorines del mundo, las desastrosas campañas que ha emprendido Estados Unidos en la región han dejado un paisaje de ruinas y más de seis millones de muertos por el camino, además de los millones de refugiados que tienen que huir de sus países. Una zona de guerra perpetua y de inestabilidad constitutiva que es el caldo de cultivo para que nazcan multitud de grupos terroristas.

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Oriente Medio está a miles de kilómetros de Estados Unidos y por eso se pueden permitir tener una zona de guerra permanente allí. En América Latina, al estar tan cerca y tener tantos lazos culturales y sociales con la superpotencia, una zona de guerra sería desastrosa tanto para la opinión pública norteamericana como para los propios intereses económicos que pretenden defender. Por esa razón, se suele recurrir a los menos impactantes golpes de estado.

Los golpes de Estado no son nuevos para los venezolanos. En el año 2002, Pedro Carmona se autoproclamó presidente con el apoyo de Bush y de Aznar. Hugo Chávez fue secuestrado y hubo un intento de eliminarle físicamente. En aquel entonces, el pueblo venezolano salió en defensa de Hugo Chávez como su presidente constitucional y se logró restituir la normalidad institucional y democrática en el país. Hoy, el golpe de estado parece que ha estado mejor orquestado y mejor atado a nivel internacional y podría desencadenar un conflicto civil de amplias consecuencias para la estabilidad de la región y para la propia población venezolana.

El petroleo

Venezuela es a día de hoy según la OPEP y los datos publicados por la CIA el país con mayores reservas de petróleo del mundo. Con 360 000 millones de barriles, tendría petróleo para más de 300 años.  Un suculento tesoro, una riqueza incalculable para la mayoría de los mortales. Intereses gigantescos se ponen en juego ante tal posibilidad de enriquecimiento. Hugo Chávez nacionalizó este preciado recurso que ha provocado multitud de guerras sangrientas y el actual gobierno sigue controlando la producción nacional de petróleo a través de PDVSA. La nacionalización permitió al pueblo venezolano salir de décadas de miseria y empobrecimiento masivo. Pero hoy, todos los avances y conquistas logrados en las primeras etapas del chavismo están en peligro.  La enorme crisis de los precios del crudo repercutió de forma brutal sobre el bienestar y la salud de la economía venezolana.

Una economía y un país que únicamente vive de la renta petrolera y que ha sido incapaz de generar un tejido industrial propio vive con mucha dureza una bajada masiva de los precios del barril (pasaron, en el escaso tiempo de un año, de ingresar 120 dólares por barril a ingresar solo 20). Las consecuencias de la crisis son de sobras conocidas para la población española y también las sufren con mucha dureza la ciudadanía venezolana. Uno podría entretenerse a escribir libros sobre por qué la economía venezolana no ha funcionado o qué deberían hacer para que funcione, pero esa no es la pregunta principal que debemos afrontar como ciudadanos comprometidos con la democracia. Nuestra principal preocupación como demócratas y pacifistas es que no se amparen golpes de estado y que no haya un derramamiento de sangre masivo por intereses económicos de unas pocas multinacionales que quieren enriquecerse con los recursos de los venezolanos.

Las urnas o la fuerza

La operación política que se ha producido en Venezuela es un escándalo para los demócratas. Hace tan solo 8 meses se celebraron unas elecciones presidenciales a las que la oposición más dura no quiso concurrir como estrategia electoral. Se presentó, sin embargo, Henri Falcón, un candidato moderado de la oposición que rompió con el chavismo hace unos años. Hubo una abstención record y el resultado fue de 6,2 millones de votos para Nicolás Maduro y casi 2 millones de votos para Falcón.

El problema viene ahora. Si la  oposición radical de Voluntad Popular (el partido de Leopoldo López, del que también es miembro fundador Guaidó) se equivocó al no concurrir a esas presidenciales, ¿Por qué quieren tomar por la fuerza lo que no pudieron tomar por las urnas? El momento que Trump ha escogido para dar el golpe de estado no podría ser más propicio: hoy, las fuerzas democráticas están en retroceso en el conjunto del continente americano. Las victorias de los ultras Bolsonaro en Brasil y Macri en Argentina han permitido un cambio en la correlación de fuerzas en la región, dando así cobertura a un golpe contra la democracia en Venezuela.

Muchos no compartimos las decisiones ni las problemáticas del presidente Nicolás Maduro. Es legítimo y creo que es necesario criticar la gestión política y económica de Venezuela. Sin embargo, esto no puede justificar que aparquemos de lado los principios democráticos de soberanía, paz y diálogo para apoyar a golpistas. Si legitimamos un golpe de estado en Venezuela, ¿Por qué no íbamos a justificarlo en España, en Francia o en cualquier otro país?

Europa, Italia, España: soberanos e intervenidos

Europa y España no pueden seguir amparando golpes de estado. El reconocimiento de Guaidó como Presidente interino por parte de Pedro Sánchez es una irresponsabilidad porque renuncia de entrada a la mediación internacional. Países de un enorme peso político como México o Uruguay pero también el Vaticano han pedido una mediación internacional para solucionar el conflicto por vías pacíficas y democráticas. En la propia Europa, Italia o Austria tampoco han reconocido a Guaidó mostrando de esta forma un posicionamiento geopolítico más independiente que el de España, separándose del esquema de la guerra comercial emprendida por Trump contra China. Al final, tanto alarmismo por la estrategia de Steve Bannon de asesorar y sumar a los gobiernos y partidos de extrema derecha a la figura de Trump  ha dado sus resultados…pero donde menos lo esperábamos: en Moncloa y en el Elíseo.

España no puede seguir a las órdenes de un irresponsable como el ultra de Donald Trump. España es un país de paz y la población española tiene un compromiso firme con los principios democráticos de paz y diálogo. El Presidente de España no puede jugar a la guerra en países hermanos como lo es el país venezolano. De hecho, no deja de ser sorprendente que Sánchez haya roto con lo mejor del gobierno Zapatero que era su política y su diplomacia exterior de paz y alianzas desde el entendimiento y el diálogo. El fantasma de las azores ha revivido de la mano de Sánchez y no de Casado.

¿Qué esperar a partir ahora?

Los próximos pasos tras el golpe son bastante inciertos. Como mínimo, se llegará a una situación de dos gobiernos con dos reconocimientos internacionales diferenciados. Por un lado, el gobierno de Guaidó apoyado por el bloque de Trump y por el otro el gobierno de Maduro apoyado por Rusia, China y los países de sus órbitas, reproduciendo de esta forma el esquema de la guerra comercial que inició Trump en 2018. Esa parece que será la situación menos ambiciosa para cada uno de los dos bloques. Una situación intermedia en la que existiría margen de maniobra para los grupos articulados en torno a los dos gobiernos en cohabitación pero que probablemente no sea satisfactorio para ninguno de los dos.

La peor puede ser que nos dirijamos a un escenario de guerra civil parecida a la que ha ocurrido en Libia o Siria aunque para ello haría falta una escisión de una parte del poder militar que de momento se mantiene leal a Maduro. Venezuela es un país inundado de armas y si existiera un connato de violencia organizada por parte de la oposición se podría fácilmente bascular hacia un escenario bélico, pese a que este escenario asustaría enormemente a las nuevas clases medias precarizadas que ahora están del lado de la oposición. Tampoco podemos descartar la intervención militar directa, pese a que existen muy pocas razones de peso para justificarla (no hay amenaza a la paz mundial por parte de Venezuela ni hay crímenes contra la humanidad como ocurrió con Milosevic).

En Venezuela siempre se ha vivido una situación de antagonismo puro, en el cual la existencia del otro es negada de forma absoluta. Esta particularidad de la cultura política venezolana, en la que no hay adversarios sino enemigos, podría hacer decantar la balanza hacia el enfrentamiento civil y el derrocamiento por la fuerza de Nicolás Maduro, con amparo de los países occidentales.

Atravesamos momentos turbulentos en la escena internacional. Los equilibrios de poder basculan y acechan los peores monstruos que nos devuelven al pasado más oscuro del siglo XX. En un momento en el que hay mucha inestabilidad y un peligro de colapso real hay que dar un paso al frente y defender tanto la responsabilidad democrática como la diplomacia de paz. No podemos seguir defendiendo bloqueos ni sanciones económicas contra países porque se ahoga a sus poblaciones y se las condena a la miseria. Tampoco podemos defender injerencias extranjeras en países soberanos que podrían desencadenar derramamientos masivos de sangre. Hoy, debemos redoblar nuestro compromiso con la democracia, la estabilidad y la paz para poder construir un futuro para el mundo. Este compromiso pasa hoy por defender el diálogo y la mediación internacional en Venezuela y condenar con firmeza un golpe de estado orquestado por Trump desde un despacho en Washington. Evitar e impedir con todo lo que esté a nuestro alcance, un baño de sangre de consecuencias totalmente imprevisibles.

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