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La venezuelización de España

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Lo que son las cosas.  Hubo un tiempo en que, ante el constante ascenso de Podemos, la derecha española agitó el espantajo de Venezuela, queriendo hacer ver que el proyecto de Podemos era convertir España en Venezuela.  En la Venezuela, claro, que esa misma derecha había construido en su imaginario, una Venezuela que nada tenía que ver con la real.  Sin embargo, quién nos lo iba a decir, al final está siendo esa misma derecha la que pretende implantar el modelo venezolano en nuestro país.  Su modelo de oposición.

En efecto, si algo ha definido a Venezuela durante estos casi veinte años de revolución bolivariana (no voy a reflexionar ahora sobre si ese proyecto sigue vivo, si aquella revolución democrática mantiene signos vitales en la Venezuela actual o si, como la mayor parte de las revoluciones vividas, ha sido desnaturalizada por los mismos que se presentan como sus herederos) es la actitud intransigente, violenta incluso, de una derecha carente del mínimo sentido democrático y que ha hecho de la provocación, el falseamiento de la realidad y el enfrentamiento civil, su estrategia política.  Hay que recordar que Hugo Chávez llegó al poder en diciembre de 1998 tras una aplastante victoria en las elecciones presidenciales, casi un 60% de los votos, y que tres años más tarde, en abril de 2002, ya sufrió un primer intento de golpe de Estado, apoyado por EE.UU. y la España de Aznar, que le alejó del poder durante unas horas.  Es decir, la clase política tradicional venezolana no fue capaz de aguantar siquiera una legislatura fuera de los mecanismos de poder y comenzó una larga serie de golpes de Estado, del que el actual, perpetrado por el guarimbero (la guarimba, para utilizar una terminología que entienda nuestra derecha, es la kale borroka de la derecha venezolana) Guaidó, no es sino el último de la lista.

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Una de las cuestiones que acerca a la derecha venezolana y la española es la patrimonialización que realizan del país.  Solo ellas expresan lo que sus países son y todo lo que escape a ese modelo particular y sectario es condenado de inmediato.  En realidad, la derecha española odia a su país real, no soporta su diversidad lingüística, cultural e ideológica.  Así, intenta ajustarlo siempre a su mirada estrecha, tópica y sectaria y en su afán homogeneizador no tiene reparo en generar un ambiente de confrontación social extremo.  Cualquier excusa, como la del famoso relator, es buena para sacar su odio a pasear a la calle.  Un odio tan brutal que ya les llevó a provocar una guerra civil como estrategia para reconducir el país a su modelo, en el que la democracia no es, desde luego, una prioridad, si acaso algo que los tiempos exigen aceptar.

La derecha española no es la venezolana, desde luego.  No ha quemado vivas en las calles a personas por identificarlas con chavistas, no ha bombardeado las instituciones con helicópteros artillados (aunque sí se ha paseado sobre tanques vertiendo amenazas, y aquí no pasa nada), no ha provocado, en este periodo, golpes de estado constantes.  Pero su lenguaje, con referencias tan graves como la traición a la patria, está adquiriendo unos tonos bélicos realmente preocupantes.  Casado, secundado por Abascal y por el peligrosamente ambicioso Rivera, que ha pasado de un pacto de gobierno con el PSOE para el que necesitaba a Podemos a otro con el PP para el que necesita a Vox (nunca en la política española se ha visto un caso de tal desvarío ideológico), es un incendiario de manual, que ha elegido la vía de la radicalidad para consolidar su precario liderazgo.

Tiempos difíciles, la verdad, en los que la izquierda se esfuerza en malbaratar las pocas cartas que posee.  Un PSOE roto, en el que el felipismo, en su versión más derechista, presto, incluso, a hacer el elogio de Pinochet por boca de González y Guerra, vuelve a adquirir protagonismo para cuestionar el liderazgo de Sánchez, mientras Unidos Podemos y el resto de confluencias se empeñan en mirarse el ombligo con sus problemas internos. Y la derecha, aprendiendo de Venezuela.

* Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

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