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La pobreza no recibe likes

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Siempre digo que los desahucios acabaron en el momento en que Mediaset se cargó a Jesús Cintora de Mañanas Cuatro. Obviamente ni los desahucios terminaron ni tampoco insinúo que Javier Ruíz (que sucedió a Cintora en la conducción del programa) no hiciera una digna labor de informar sobre la realidad del país. De hecho lo ha hecho tan bien que también lo han fulminado de la tele. Pero ya me entienden, si no se informa de determinados asuntos diariamente parece que esos asuntos no existen. Y a su vez, otros temas repetidos hasta la saciedad parecen ser lo único que ocurre en España, o aun peor, parecen ser los únicos temas que importan a los españoles.

Más allá de que conscientemente se decidiera no tocar temas como los desahucios, las corruptelas del PP, las cloacas del estado o la actividad de los fondos buitre y se decidiera enfocar la agenda setting a otros lugares, otros marcos más favorables a las clases dominantes (de los chalecos amarillos ni hablamos ya), siempre ha existido una tendencia, probablemente inconsciente, a mostrar en los medios una realidad determinada que no siempre coincide con la realidad que vive la mayoría de la población. Digo la mayoría por intuición, no tengo estudios que avalen este respecto, pero seguro que no me equivoco demasiado en las cantidades. Como digo, esto no creo que sea deliberado, creo que solo es el resultado que unas determinadas clases sociales copen unos sectores profesionales determinados, en este caso los medios de comunicación de masas. Owen Jones, en sus dos libros Chavs y El Establishment afirma rotundamente que la clase media ocupa la gran mayoría de los puestos de trabajo de periodista y, por tanto, la realidad que estos periodistas interpretan al público siempre la vemos a través de los ojos de su clase social (Cuando Jones se refiere a “clase media”, no se refiere a esa cosa extraña a la que se adscriben tanto la cajera del Simply como Amancio Ortega, no. Middle class en Gran Bretaña se usa con más rigor que en España, designa a un estrato superior de profesionales de gran poder adquisitivo que vive en urbanizaciones de chalets con verjas y guardias que protegen sus todoterrenos urbanos).

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El movimiento contra los desahucios tuvo varios éxitos, pero el que quiero destacar ahora es solo uno: hacer que los afectados no vivieran en silencio su problema, que no tuvieran vergüenza por estar en esa situación, pues eran muchos otros los que compartían su misma calamidad. Se dieron cuenta de que era un problema estructural que estaban teniendo miles de personas. Me da la impresión de que hemos vuelto a esa situación de vivir los problemas en privado. En la tele ya no hay crisis, en la tele se nos ha dicho estos últimos tres o cuatro años que la economía remontaba; en la calle se percibía que “la cosa se está moviendo”, el paro descendía. Ahora ya no se habla de economía, de Bruselas, de recortes de servicios públicos, de reforma laboral, de ley mordaza, de pobreza energética e infantil…

Todo esto viene a cuento porque un día me puse a pensar en toda la gente mis entornos, pasados y posteriores, amistades, conocidos… y alguien hay a quien le va bien, sí, pero por lo general me di cuenta de que hay dos tipos de personas: las jodidas y las que aguantan, las que van tirando. Las dificultades hacen mella en los rostros y en las arrugas, en las miradas resignadas. Hay todo un país aquí abajo que no sale en las tertulias -acaso de vez en cuando dentro de estadísticas-, no sale en la mayoría de medios, ni siquiera en los análisis de muchos intelectuales de izquierdas, siempre tan refractarios a reconocer que no solo existen los problemas de su middle class empobrecida. Hay pensadores que resuelven el tema en dos patadas con la caricatura del obrero de mono azul de mediana edad que fuma ducados, aduciendo que o no existe o está en vías de extinción, pero nunca se sabe del todo si se refieren al perfil caricaturizado o a la clase obrera en sí. A mí me parece que está fuera de todo debate el hecho de que existe, existimos. Usemos un teclado, una llave inglesa o atendamos detrás de un mostrador. Limpie, accione, cargue o ponga copas. Falso autónomo o contratado. Sea hombre o mujer, gay, lesbiana, blanca, negro, español o del magreb.

Hay quien no puede mirar más allá de su burbuja. Si hay un rasgo que caracteriza esta época post-todo (posmoderna, posverdad…), aparte de la precariedad y la inseguridad, es un cierto narcisismo y egocentrismo Instagram, consecuencia lógica del fomento del individualismo y la era del branding y la marca personal. Este narcisismo impregna la “nueva política”: cada integrante de lista, cada participante, es un candidato en potencia que tiene que trabajar su marca personal para una eventual competición con otros. Además el peso de las personas y los nombres es tan fuerte que hasta provocan escisiones basadas en personalismos, argumentando con carismas. Y también afecta a las visiones políticas. Es normal que entre nuestros pensadores haya más hijos de la clase media, por oportunidades en la vida y tal. No pasaría nada por ello, si no cayeran tan a menudo en la tentación de hacer análisis desde su visión de clase. Vale, puede que la working class ya no sea el sujeto llamado a encabezar la emancipación (que me informen cuál es), puede ya no tenga la misma composición, que ya no sea fordista… (aunque habría que mucho que hablar: según datos del Ministerio de Empleo el peón de industria manufacturera es el segundo empleo con mayor contratación entre los jóvenes en España, después de camarero), pero en fin, no me niegue que la clase obrera no existe.

Y encima de todo eso, ponen la tele y sale gente a la que le va bien. Encima de todo eso, parece que estén solos en su miseria. La pobreza no recibe likes en Instagram. No sé, puede que sea yo el que vive en una burbuja: miré el otro día la renta de los barrios de Zaragoza y aquel en el que me crie resultó ser el que menos ingresos medios tenía de toda la ciudad. A lo mejor la mayoría son esos que salen en la tele, pero no sé, se van oyendo cosas inquietantes que creo que me dan la razón.

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