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La normalización del fascismo

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No voy a detenerme aquí en un análisis teórico para discernir si ciertos movimientos y partidos dedicados a cultivar el odio y la intransigencia pertenecen o no a lo que, históricamente, se ha denominado como fascismo.  Sin duda, existe una distancia entre lo que representaron los fascismos, en plural, que florecieron en la primera mitad del siglo XX y estos movimientos posmodernos (advierto que, para mí, «posmoderno» no es una adjetivo peyorativo, sino meramente descriptivo de un momento histórico que nos hace, a todos, posmodernos) cuyo auge en nuestros países supone un motivo de seria preocupación.  Pero, a pesar de la distancia, existen elementos –el odio al extranjero, al diferente, la glorificación de una patria excluyente en la que, al final, solo caben ellos, el machismo, el culto a la violencia, el, ahora disimulado, desprecio por la democracia- que establecen un hilo de continuidad con aquella experiencia histórica que arrasó España, primero, y buena parte del mundo después.  Por otro lado, que un siniestro aire de familia puede encontrarse entre los Salvini, Trump, el Frente Nacional y Vox, entre otros, parece fuera de toda duda.

Asistíamos días atrás al enésimo «incidente armado» indiscriminado en Estados Unidos,  protagonizado por un extremista blanco contra población civil desarmada.  A pesar de que los medios de comunicación y buena parte de la clase política evitan la utilización del concepto, nos hallamos ante prácticas terroristas cada vez más extendidas en EE.UU. y que toman su fundamento teórico en el odio a los emigrantes que promueve la actual administración Trump.  El  presidente norteamericano ha traído bajo su brazo una retórica racista, violenta, que poco tiene que ver con la compleja realidad de los hechos, pero que prende con facilidad entre una población precarizada y empobrecida en la que los mensajes simples resultan de gran eficacia.  Con ser grave la escalada de violencia en EE.UU., lo que realmente resulta  preocupante es que esos discursos de carácter fascista tengan su origen en el propio presidente del país, pues este hecho contribuye a la normalización  de los mismos.  Tremenda paradoja que el Presidente del país que se autocalifica como defensor de la democracia sea el mayor portavoz de discursos extremistas, incendiarios, que serían inmediatamente repudiados en voces menos relevantes.

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En nuestro país estamos asistiendo también a la normalización de dicho discurso.  La irrupción de Vox y su casi inmediata aceptación como compañero de viaje por PP y Ciudadanos ha llevado a que su discurso haya adquirido visibilidad y expone a la población a sus constantes falsificaciones históricas, a su retórica de odio y mentira.  Nuestro país vive también una enorme paradoja: que quienes son herederos ideológicos de un régimen criminal que asesinó impunemente a miles de españoles por el mero hecho de defender la democracia y el orden legal se arroguen el discurso de defensa de un país que no dudaron en destruir cuando la democracia republicana comenzó a erosionar los intereses de las clases dominantes tradicionales.  Y lo más preocupante es que, por la falta de decisión o interés de todos los gobiernos de la actual democracia, el discurso neofascista encuentra una tierra abonada, pues la ciudadanía vive todavía en la desmemoria en la que la sumió la dictadura.  Sin una reivindicación de la democracia republicana, sin una denuncia, en forma de análisis histórico, de los crímenes del franquismo, la escoria fascista podrá seguir convirtiendo en sentido común su deformada visión de la historia.

Como recuerda W. Benjamin, la historia es siempre la de los vencedores.  Y aquí, algunos, como dice uno de sus himnos, no han dejado de vencer.  Habrá que recordar los enormes estragos que los fascismos provocaron en el mundo a lo largo del siglo XX, habrá que recordar que muchos de los actuales fascismos se sienten herederos de aquellos regímenes criminales.  Lo que estamos viviendo no es una anécdota histórica.  No está escrito, desde luego, que hayamos de contemplar un paisaje de ruinas como el que caracterizó a la Europa de la primera mitad del XX, pero que las semillas están sembradas es algo que hay que tener presente para evitar que florezcan sus negros frutos.   No sé si, como dijo alguien, debemos decretar una alerta antifascista.  Pero lo que sí sé es que si no estamos alerta frente al fascismo, su discurso se infiltrará en las mentes, con los nefastos resultados que la historia nos recuerda.

 

*Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza.

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