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La luz del acomodador

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La última película que vi en el cine de Casetas fue «El último emperador» de Bertolucci, de modo que echando cuentas, vendría a ser 1988 el año en que el Cine Florida cerró sus puertas para siempre. Tendría nueve o diez años y obviamente no me enteré demasiado de aquella trama, pero al cine íbamos a ver lo que fuera. Recuerdo más la bolsa de palomitas en torno a la cual se había establecido algún conflicto entre mi primo, mi prima y yo. Estábamos revolviendo demasiado y por ello, sufrimos la intimidación de la linterna del acomodador iluminando nuestra poca urbanidad. Aquella luz era como un rayo divino, la señal para dejar de hacer el tonto y comportarse, instantáneamente. Persistir en el mal hubiera supuesto que nos echaran, con el consiguiente bochorno, y además, era muy probable que la noticia corriera más que nosotros y nos estuviera esperando en casa.

Puede que el acomodador, aquella sombra que se paseaba arriba y abajo por los pasillos entre butacas, tuviera diferentes procederes según la película. «El último emperador» era una película para ver como un adulto, pero recuerdo que en otras sesiones, en las proyecciones de «Rambo III» o «Delta Force» -cine ochentero de Guerra Fría donde los malvados eran soviéticos o palestinos-, el público de niños y adolescentes silbaba, aplaudía, gritaba e incluso soltaba chistes para ser oídos por la audiencia que, entre palomitas y golosinas, rugía al ver a Chuck Norris disparando cohetes desde su moto. Y en el “The End” aplaudían, como si del teatro se tratara. No debían ser estas sesiones muy distintas a las que se cuentan de las primeras salas de cine a las que asistían las familias obreras a reír y llorar delante de la pantalla. No fueron pocas las veces en que la chavalería coreó que empiece ya, que el público se va, la gente se marea y el público se mea cuando consideraba que estaba tardando mucho en comenzar la película. Yo recuerdo estar allí, con las palomitas, disfrutando la experiencia compartida como un enano, que es lo que era entonces.

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Pero como digo, había otras películas en las que se usaba otro código, había películas para comportarse con educación, so pena de sufrir el sonrojo de que le llamara a uno la atención la linterna del acomodador, silencioso vigilante del respeto al cine. Al cine y a los demás, que habían comprado su entrada y querían ver la película en silencio. Para mi yo niño aquel trabajo en un cine parecía casi mágico ¿Estar en el cine siempre? ¿ver todas las películas? ¿quién no querría? Cuando era veinteañero y buscaba curro de lo que saliera, eché varias veces para acomodador pero nunca me llamaron. Ahora los acomodadores son muy jóvenes, ya no se pasean durante la proyección. A veces la misma chica que te rompe la entrada te está sirviendo las palomitas, cómo va a vigilar la sala. Los acomodadores de hoy salen de la sala y cierran las puertas, nos dejan ahí, solos. Todo lo más es que la linterna sirva para alumbrar el camino del que llega tarde, cuando las luces están apagadas y la proyección ha empezado.

Hoy, impresentables y voceras campan a sus anchas. Además vivimos una época más violenta. Hay cada elemento por ahí que haría falta un portero de discoteca para intimidar un poco. Yo me eduqué en la coerción mutua de todos los miembros de la sociedad, en la responsabilidad  para uno y para con los demás; en la conciencia de que si hacía algo malo, alguien me llamaría la atención. Pero un día eso dejó suceder y de pronto todos los gamberros del mundo se dieron cuenta de que nadie les diría nada. Los abusones no tenían quien les detuviera en los pasillos de la escuela. Los periodistas amarillos, los políticos del sistema, los oligarcas, los patrones, los acosadores… ya no tenían quien les parara los pies. Hasta el capitalismo tuvo a alguien que le hacía marcaje hasta el año 90. No es raro que a los chavales no les hayan enseñado que hay que estar callado en el cine, no hay acomodador que lo haga. Yo, que ya tengo edad de señor, hago chist en la sala, soy de esos.

Echo de menos al acomodador, que solo con el haz de su linterna exponía a la luz que estabas haciendo mal. La vergüenza que pasabas hacía el resto. A ese señor mayor que vigilaba que todos nos portáramos bien, para que pudiéramos disfrutar de esa otra vida que es el cine a la vez que respetábamos a los de al lado. Defiendo un mundo en el que intervengamos para parar al que hace el mal a los demás. Y me gustaría que pudiera conseguirse eso sólo avergonzándolo, sólo poniendo una luz sobre él.

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