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La ineludible importancia de las formas

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No deja de sorprenderme que estos días, a propósito de las convulsiones que atraviesan a Podemos, mucha gente minimice la importancia de las formas en los procesos políticos, como si fueran un mero adorno, un complemento que, de estar, embellece la acción pero cuya ausencia no supone problema alguno.  Es el tradicional debate sobre los fines y los medios, que tantas veces se ha abordado y que, desde mi punto de vista, resulta definitorio para delimitar lo que es una política antagonista, radical, o como queramos llamarla.  Entiendo que desde esa óptica, desde la pretensión de generar una sociedad diferente a través de una política diferente, medios y fines deben guardar un estrechísimo vínculo para que los medios no acaben prostituyendo los fines.  Sartre abordó la cuestión en su obra de teatro Las manos sucias, en la que nos presenta la cara más cínica y oscura de la política.

En cierto modo, la breve historia de Podemos puede resumirse como la de la definición de unos magníficos fines para los que se han ido implementando medios que los desdecían.  Recordemos la construcción de aquella «máquina de guerra electoral», fruto de las urgencias de un período de sucesivas citas con las urnas, una máquina de guerra que, a mi modo de ver, ha acabado por comerse a Podemos, con diferentes salsas.  Ya se nos presente el plato condimentado con una salsa errejoniana de frutos transversales del bosque de los afectos o con una mousse pabliana de supremas delicias del mando, el fondo sigue siendo el mismo, una máquina volcada, única y exclusivamente, en lo electoral y que ha olvidado lo que hacía de la apuesta de Podemos algo novedoso: la voluntad de construir un movimiento político participativo, horizontal y plenamente democrático.  Podemos, en lugar de cuadrar el círculo, lo ha cuadriculado, hasta borrarlo bajo la forma de un partido de lo más tradicional.

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No es este el único ejemplo de inadecuación de medios y fines.  La transversalidad predicada en unos primeros momentos, y auspiciada fundamentalmente por Errejón, se construyó sobre una posición de tremendo sectarismo hacia quienes militábamos en otras organizaciones y que teníamos vocación de superar el horizonte político existente.  De ese modo, lo que era un magnífico fin, extender «nuestro» movimiento hacia capas más amplias de la sociedad, sin pedirles carnet o preguntarles orientación política, en la práctica se sustanció en menospreciar a los que, desde el primer momento, queríamos empujar ese carro, con lo que la voluntad de apertura quedaba cuestionada desde el primer gesto.

En fin, seguro que podríamos apuntar muchos más ejemplos, en los que, probablemente, todos tendremos alguna culpa.  Aun no siendo militante de Podemos siento sus aventuras y desventuras como mías y asumo sus errores y aciertos como propios, en la medida en que los entiendo como los errores y aciertos de todos aquellos que quisimos crear algo nuevo tras el 15-M.

Con todo ello, lo que quiero señalar es que, frente a quienes entienden que a Errejón , si se le puede reprochar algo son las formas y que eso es anecdótico, precisamente esa vulneración de las formas cuestiona por completo los fines, por diferentes razones.  En primer lugar, porque el gesto es muy semejante al señalado antes.  Bajo el argumento de crecer en otras direcciones y sumar a más gente, se empieza por dejar en la estacada a quienes ya estaban en el proceso. En segundo, porque se hace, nuevamente, desde una lógica exclusivamente electoral. En tercero, porque desde la crítica, muy adecuada desde mi punto de vista, del anquilosamiento y burocratización de Podemos, no se apunta a un proceso de participación, sino que se someten las decisiones a una aristocracia autoproclamada.

Hay un elemento que me parece especialmente preocupante de lo que estamos viviendo.  Mucha gente somos conscientes de la necesidad de abordar el tema de la organización, estamos convencidos de que la forma partido, tal como la hemos conocido hasta ahora, ya no es útil.  Pero no sabemos cómo sustituirla.  Lo que está claro es que las inercias burocráticas de los partidos no pueden ser sustituidas, si de verdad queremos cambiar las cosas, por las decisiones de notables que se autoerigen en voz del colectivo.  El filósofo-rey platónico es la máquina de guerra más tradicional contra toda forma democrática.  Criticar las limitaciones de los partidos, tal como hace Errejón, para, acto seguido, asumir personalmente las riendas del proceso no ayuda, en absoluto, al necesario ejercicio de pensar colectivamente cómo superar nuestras limitaciones organizativas.  Más bien al contrario provocará un repliegue partidario que nos puede llevar a un conflicto abierto entre dos opciones, partido/líder sin colectivo, igualmente inconvenientes.

Si creyera en la buena voluntad de quienes protagonizan los acontecimientos de las últimas semanas, cosa que cada vez se me hace más difícil, diría que la situación tiene la virtud de señalar un problema latente que ahora se hace más claro, la cuestión de la organización.  Sin embargo, creo que nos hallamos ante la enésima lucha centrada en listas electorales, lo que nos indica lo poco que hemos avanzado en estos años.  Quienes creen que las formas no son importantes hablan del entusiasmo generado.  Yo solo puedo quedarme con un cierto sentimiento de desolación.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

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