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La Historia, una herramienta colectiva contra el olvido

Decía Eric Hobsbawm que los “historiadores recuerdan lo que otros quieren olvidar”

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Decía Eric Hobsbawm que los “historiadores recuerdan lo que otros quieren olvidar”. Es decir, se comportan como agentes que sin perder de vista el presente navegan en las confusas representaciones que disponemos del pasado. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que esos vestigios e impresiones que recibimos del pasado pueden ser interpretados y puestos en conocimiento con lecturas muy diferentes; a veces antagónicas. Esto que es de sobra conocido por quienes investigan el pasado, donde en términos generales se obra con la rigurosidad y la responsabilidad que supone reconstruir el antes de una sociedad que en su andar precisa de mirar atrás para saber escoger su camino, en ocasiones permite que quienes disponen de muchos espacios y altavoces para dirigirse a la sociedad puedan construir y reconstruir el pasado no tanto con ese ejercicio de responsabilidad para con los suyos, sino con intenciones e intereses propios.

Además, esa sensación de liquidez e incertidumbre acerca del en qué creer cuando nos acercamos al pasado, originado por esa idea posmoderna de que hay tantos pasados como relatos del mismo, en ocasiones deviene en un repliegue de quienes sí que sienten ese compromiso y ese respeto por quienes nos precedieron. Carentes de medios y de espacios de mediatización, éstos, en un ejercicio de honestidad, circunscriben su trabajo a los lugares donde se valoriza el mismo y donde, a fin de cuentas, se puede discutir sin el ruido que suelen originar quienes carecen de argumentos. Sin embargo esto supone otorgar el espacio del debate social e incluso de la venta de libros a quienes la rigurosidad y la honestidad son vocablos desconocidos y, por el contrario, sirven a intereses particulares o a aquellos que necesitan del pasado para reafirmarse en posiciones presentes.

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Por eso la Historia, esa que ponemos con hache mayúscula, debe disponer de espacios y elementos suficientes para que quienes se corresponsabilizan con la sociedad otorgando luz al pasado humano puedan trabajar con suficiencia. No obstante, es preciso que ese compromiso se traslade a la sociedad, no tanto en forma de relato que reafirme posiciones presentes, pues entonces cada cual acudiría en busca de aquel que le fuese más atractivo, sino tratando de ofrecer formas y análisis que tradicionalmente han estado silenciados e invisibilizados. Recordando, como nos decía el alejandrino, aquello que otros quieren olvidar, pues a quienes gustan de apropiarse de lo de todos y han venido ocupando el poder no les era demasiado útil para ratificar su dominio.

Tenemos que ser conscientes de que el hecho de que sea sobradamente conocido, especialmente por los de mayor edad, todos aquellos elementos relacionados con las gentes de alta cuna, no se debe únicamente a la documentación conservada sino que sirve a esa idea de que la Historia precisa de grandes hombres que marquen el camino correcto al colectivo. Y digo hombres consecuentemente, pues las mujeres, que podemos determinar que constituyen y constituyeron la mitad de la población, tampoco suelen aparecer. O al menos no como protagonistas de esas grandes historias.

No obstante, tal y como de forma soberbia ya manifestaba Bertolt Bretch en su Preguntas de un obrero que lee,

“El joven Alejandro conquistó la India. ¿Él solo?

César derrotó a los galos. ¿No llevaba siquiera cocinero?

Felipe de España lloró cuando su flota fue hundida. ¿No lloró nadie más?

Federico II venció en la Guerra de los Siete Años ¿Quién venció además de él?

Cada página una victoria. ¿Quién cocinó el banquete de la victoria?

Cada diez años un gran hombre. ¿Quién pagó los gastos?

Tantas historias. Tantas preguntas.”

la Historia representa una imagen en movimiento del común por lo que es necesario convertirla en una herramienta colectiva que, en esa necesidad de ofrecer certezas a través de la investigación del pasado, no sirva únicamente como fórmula para reafirmar las aspiraciones de un determinado presente de los privilegiados. Donde además, quienes copan los espacios de mediatización no puedan relatar a su antojo ante el desdén de los muchos y donde los menos adquieran el arrojo de quienes ven confirmados sus prejuicios y su continuado protagonismo. Pues además, esa Historia diseñada y construida para unos pocos siempre precisa de adversarios y, lejos de ofrecer luz perpetúa la invisibilización de quienes tanto esfuerzo aportaron siendo copartícipes de ese tren en marcha que constituye la Historia.

Decía José Saramago que “la historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores, los vencidos nunca han escrito la historia. Se escribe, fatalmente, desde un punto de vista masculino.” Sin embargo, los derrotados, como los trabajadores, nada tienen que perder salvo sus cadenas. Hay otra Historia y otra forma de hacer Historia. Hay un mundo por ganar.

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