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La clase trabajadora ya estamos pagando la crisis

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Resulta difícil detenerse en un punto y observar el panorama. Me refiero a la grave situación provocada por la epidemia del coronavirus, claro. La rapidez de los acontecimientos y sus implicaciones se multiplican a rebufo del incremento espeluznante de casos diagnosticados. Las perspectivas de análisis son numerosas y las valoraciones hechas en un momento, carecen de valor al siguiente. Es fácil discernir, sin embargo, algunas cuestiones evidentes y entre ellas, la negativa del sistema productivo a detenerse, aumentando así el riesgo de contagio y propagación del virus.

Italia es el espejo donde reflejarnos. En apenas un mes, del 20 de febrero al 20 de marzo, se ha pasado de 3 contagiados a 47.000 (incluidas víctimas y recuperados) con más de 4 mil muertos. Las blandas y tardías medidas adoptadas tienen un claro tufo liberal que ha calado en todos los gobiernos de la UE. Aquí, Alberto Garzón lo ejemplificó “pidiendo” hace unos días a la población que no hubiera desplazamientos, añadiendo que “no es una prohibición, tenemos que hacer prevalecer la libertad civil”. Tan peregrinos argumentos sólo pueden tener consistencia cuando te mueves dentro de los márgenes de un sistema en donde el beneficio arrambla si es preciso con las vidas. El alcalde de Brescia, una de las ciudades italianas más golpeadas por el Covid 19, lo tiene claro: «Los contagios en Brescia son culpa de los patrones de la industria».

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En Italia circula una imagen que agrupa dos mapas del país, uno con la propagación del coronavirus y otro que cartografía los centros de trabajo del sector manufacturero. A la vista de los mismos, existe una evidente correlación entre fábricas abiertas y propagación del Covid-19. Confindustria, la CEOE italiana, se ha opuesto hasta ahora a la posibilidad de cerrar las empresas. Esta es una explicación evidente de la rápida propagación del virus en la zona norte-centro de Italia.

Los Reales Decretos en España que declararon el estado de alarma y adoptaron las medidas para evitar el “impacto económico” del Covid-19, son reflejo en nuestro país de esa misma voluntad empresarial de no detener el trabajo. Han tenido que ser los propios trabajadores, como en el centro de Balay en Montañana, a través de sus comités y acogiéndose a la normativa de prevención de riesgos, quienes han tenido que tomar la decisión de paralizar la producción. Escenas propias de “Novecento”, la película de Bertolucci, que nos recuerdan una vez más que todo cambia para seguir igual.

El sistema capitalista centra en la explotación de la clase trabajadora su fuente de acumulación y, por tanto, es también la única herramienta de que dispone para salir de sus propias crisis, unas crisis cada vez más rápidas e interconectadas. Sean causadas por el sistema financiero, como en 2008, sean como consecuencia de las políticas aplicadas para “superarlas”, pensemos en los recortes a la sanidad, lo cierto es que las crisis del Capital abocan a los trabajadores a una explotación continua. Por eso una advertencia final.

Las situaciones de excepcionalidad ponen siempre de manifiesto que cualquier medida o reforma, si bien temporal, puede convertirse en definitiva. Eso ocurrió con las reformas laborales de 2010 y 2012, tan difíciles ahora de revertir. Y en este contexto, la apelación al “déficit” pretenderá pasar de nuevo la factura a la clase trabajadora. Que no paguemos la crisis empieza por pelear para no contagiarnos, ya vendrá el día después para el que nos tenemos que preparar. Sólo en la fuerza organizada estará nuestra capacidad de respuesta.

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