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Huelga y aparatos ideológicos

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A lo largo de este verano que finaliza ha tenido lugar una serie de huelgas con incidencia especial en diversos sectores relacionados con el transporte de pasajeros. Como siempre, no han faltado medios de comunicación, especialmente los de hoja caduca, que han mostrado su indignación, a veces sutil a veces sin tapujos, por decisiones que “afectan a la principal fuente de Nuestra Economía”. Pocos, muy pocos, situaban el foco de atención en las condiciones laborales, ya que al parecer no forman parte de aquella “Nuestra Economía”.

El argumento más empleado para criticar estas huelgas ha sido, como es costumbre, el de las molestias que los paros ocasionan a los pasajeros. Tomar como rehén argumentativo al “usuario” para enfrentarlo a los trabajadores no sólo revela la consigna de sustraer toda problemática laboral del debate público, sino que expone una línea de interpretación que demuestra precisamente lo que pretende negar. Me explico.

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Las imágenes de aeropuertos y estaciones abarrotados de pasajeros a punto de embarcar difunden una mercancía, en este caso el tiempo de ocio convertido en turismo, que al mostrarse como posible para todos, elimina cualquier signo visible de desigualdad económica. ¡Quién no comparte el deseo de viajar! Tomando la parte por el todo, a través de los mass media se pretende en momentos críticos, como una huelga, homogeneizar el mensaje al identificar a toda la opinión pública con los “usuarios”. Aunque la realidad, siempre tozuda, nos diga que el 34,2% de los hogares no se pude permitir ir de vacaciones fuera de casa al menos una semana al año (datos del Instituto Nacional de Estadística de junio de 2019) resulta difícil resistirse a imaginarnos turistas por un día. Hay por tanto un simulacro de igualdad en el que como espectadores llegamos a simpatizar con las vicisitudes de esos turistas, es decir, en el fondo, con las empresas.

No en vano, uno de los eslóganes más empleados para poner en solfa los paros ha sido el de cacarear al unísono que “los usuarios también son trabajadores”, señalando perversamente la “insolidaridad” de los huelguistas hacia esa otra parte de sí mismos. Una contradicción interesada. La cuestión es que al protestar porque una huelga resulta molesta, la burguesía, a través de sus medios de comunicación, da precisamente testimonio de la cohesión de la sociedad que se esfuerza por negar. En palabras de Roland Barthes: “Oponer huelguista y usuario es constituir el mundo en teatro, extraer del hombre total un actor particular y confrontar a esos actores arbitrarios en la falsedad de una simbólica que simula creer que la parte es sólo una reducción perfecta del todo.”

Quizá se entienda mejor de este modo lo terrible que significa afirmar que “no hay sociedad, sino individuos”: una guerra de todos contra todos, con las clases dominantes dirigiendo desde bambalinas. Lo importante a destacar, por tanto, es cómo la diversidad de roles en los que una colectividad viene fragmentada (trabajadores, usuarios…) se utiliza como manguera ideológica para dispersar las luchas y enfrentar a los actores entre sí. Este es el gran mérito del Capitalismo y sus aparatos ideológicos, como decía aquel.

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