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¿Hemos perdido el juicio?

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A tenor de las circunstancias, parece bastante evidente que la sociedad española ha perdido el juicio.  Que la desmesura del resultado del juicio del «procès», y sus consecuencias, es directamente proporcional a la pérdida del juicio, de la racionalidad, que ha acompañado, desde hace ya muchos años, el tema de Cataluña.  Los incendiarios, que cada día parecen más, más activos, más imprudentes, más despreocupados de las consecuencias de sus palabras y actos, se han impuesto en una lógica de exclusiones que ha acabado por expulsar a lo que debiera haber sido, desde el principio, el instrumento fundamental de solución de la situación generada: la política.

Ante lo que vivimos no cabe sino el estupor.  Quizá lo menos sorprendente, y no por ello menos preocupante, sea la reacción de una parte de la ciudadanía catalana ante la sentencia del Supremo.  Solo alguien muy ingenuo puede asombrarse de lo que allí está sucediendo.  Lo que no obsta para que resulte imprescindible reconducir la situación a la normalidad política. Pero entiéndaseme bien: reconducir la situación a la normalidad no es echar tierra sobre un evidente conflicto político, sino abordarlo desde la política, que es lo que, hasta el momento, no se ha hecho más que por muy aislados actores, que han sido puestos, constantemente, a los pies de los caballos.

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Estupor, sí.  Estupor ante unos medios de comunicación nacionales que, o bien no son capaces de detectar el carácter fascista de una parte, cada vez mayor, de las reacciones a favor de las condenas judiciales, o bien han decidido, directamente, alimentar ese discurso del odio y del miedo en el que la ultraderecha crece y se desenvuelve como pez en el agua.  Resulta indignante, pero sobre todo inexplicable, y profundamente injusto, que un diario como ABC coloque en su portada comparaciones entre la actual situación en Cataluña y la que se vivió en el País Vasco en los tiempos de ETA.  La desmesura de la comparación hubiera provocado unánime rechazo en momentos de una cierta serenidad.  Sin embargo, en esta dinámica frentista y belicista que preside, por desgracia, nuestro presente, no deja de ser sino efectiva munición para el discurso anticatalanista que se promueve desde una derecha que lleva demasiado tiempo viviendo del conflicto.

Estupor, también, ante una clase política, la que controla los hilos del sistema (o, por mejor decir, la que es movida por los hilos de los poderes fácticos, convertida en patético monigote de intereses otros) incapaz de leer, con serenidad y altura de miras, una situación de la que pueden desprenderse dramáticas consecuencias.  La derecha española, con el preocupante refuerzo de Vox, lleva ya tiempo jugando a un juego de odios y contraposiciones cargado de simplismo y, en el fondo, de un profundo desprecio hacia nuestro país, cuya pluralidad y riqueza es incapaz de respetar.  Nuestra historia nos advierte bien de lo que sucede cuando la derecha no acepta un cierto devenir histórico: antes destrozar el país, como hizo en el 36, que permitir que se le escape de las manos.  Qué decir de un President de la Generalitat que, lejos de concitar apoyos en Cataluña para intentar dar cabida a esa política que tanta falta nos hace, consigue restárselos progresivamente, fruto de la evidente torpeza de una gestión que también tiene como único gesto envolverse en una bandera.  Pero lo más preocupante viene de un Partido Socialista, de un Pedro Sánchez, que ha perdido una oportunidad histórica para convertirse en instrumento de resolución del problema.  El miserable electoralismo que en los últimos tiempos preside todas y cada una de las decisiones de Sánchez le ha convertido en otro pirómano que busca votos a través de posturas intransigentes y muy poco razonables.  Cuando pensábamos, tras Rajoy, que el PSOE había venido a poner racionalidad, y política, sobre la mesa, nos hemos encontrado con más de lo mismo.

Alguien dijo que Rajoy era una máquina de producir independentistas.  Por desgracia, la política española ha adquirido el sesgo de Rajoy y hasta quienes no somos catalanes nos sentimos angustiados en una España en la que no nos reconocemos.  El problema es que nosotros no sabemos bien de quién independizarnos, pero entendemos, desde lo pasional, que haya cada vez más gente en Cataluña que ve España como un problema y Cataluña como una solución.  Cuando somos capaces de superar lo pasional, advertimos que, evidentemente, esa presunta solución, una Cataluña independiente, no es tal, pues seguiría, en buena parte, en manos de quienes tienen una responsabilidad directa en la España que hoy sufrimos.  ¿Acaso quienes hoy reniegan de esta España no han sido quienes, desde la Transición, se aprestaron a modelarla de este modo junto con PP y PSOE?  Por ello, seguimos creyendo que la solución es una política que permita la construcción de una España plural y acogedora, en la que la escoria fascista que ahora recorre nuestras calles al grito de «a por ellos», jaleada por políticos mediocres y alimentada por medios cómplices, no marque nuestro destino.   Pero si seguimos permitiendo que sean las más bajas pasiones las que marquen nuestra historia, la partida estará perdida.  Y las consecuencias pueden resultar extremadamente graves.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

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