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Hegel y Haití

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Hegel y Haití es el título de un interesantísimo libro de Susan Buck-Morss en el que se analiza la consistencia de los ideales ilustrados europeos tomando como base un poco conocido acontecimiento de la historia del siglo XVIII: la revolución de los esclavos haitianos, que se prolonga entre 1791 y 1804 y que tiene como detonante la Revolución recién acaecida en la metrópoli, en Francia.

No hará falta recordar que la Revolución Francesa, expresión de los altos ideales de la Ilustración europea, se desarrolla bajo el lema: Libertad, Igualdad, Fraternidad, lema que no deja dudas sobre la orientación política de la misma, dispuesta a acabar con las enormes desigualdades e injusticias sobre las que se había construido el Estado absolutista.   Dos años más tarde de estallar la revolución en Francia, la colonia de Haití es protagonista de un movimiento reflejo en el que la población esclava se acoge a los lemas revolucionarios, que dirige inicialmente como reivindicación hacia los terratenientes franceses.  Los esclavos acaban por organizar un ejército para defender con las armas en la mano los ideales ilustrados, a lo que Francia responde enviando un ejército para sofocar la revuelta.  Cuando los dos ejércitos se encuentran en el campo de batalla, el estupor recorre las filas del ejército francés al escuchar el himno que entonan las tropas haitianas, la Marsellesa: la Revolución se encuentra, cara a cara, con el lógico, pero inesperado, desarrollo de sus ideales.

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La historia de Europa es, en cierto modo, la historia de este estupor, o de esa incoherencia.  Los grandes ideales que Europa ha alumbrado, y a los que ha revestido siempre con la capa de la universalidad, han sido aplicados, en realidad, de manera harto restrictiva, en el seno de la propia Europa y/o de las elites europeas extendidas por el resto del planeta. E incluso esto, como la historia nos permite constatar, sometido a las tensiones de clase y de género que hicieron de las clases populares y de las mujeres destinatarios retardados y parciales de esa igualdad proclamada.  En todo caso, y volviendo al título del libro, difícilmente podría argumentarse que el proceso colonizador emprendido por Europa desde el siglo XVI haya tenido como guía los mencionados ideales.

Pero los ideales, por ser tales, carecen de patria, de espacio geográfico delimitado y tienen, lo teorizan incluso quienes a la postre no lo aplican, vocación de universalidad.  Ni la libertad, ni la igualdad, ni la fraternidad, ni la justicia pueden ser privativos de un colectivo nacional o de un grupo social si realmente quieren ser expresión de lo que pretenden.  Cuando la igualdad es parcial genera, evidentemente, desigualdad, cuando la fraternidad tiene límites nacionales, étnicos o de clases, genera la expulsión de quienes no son recogidos en el colectivo.  Y, de ese modo, la libertad y la justicia acaban por convertirse en palabras huecas que pueden ser utilizadas para producir lo contrario de lo que cabría esperar de ellas.

Sousa Santos articula buena parte de su propuesta sobre la denuncia de lo que él llama las “promesas incumplidas de la Modernidad”.  La apropiación que la burguesía, europea y patriarcal, hace de esos conceptos los somete a una triple limitación: de clase (y así las libertades serán, fundamentalmente, las asociadas a la propiedad), de lugar (lo que lleva al desconocimiento de esos derechos en otros lugares dominados por Europa, como fue el de Haití y el resto de colonias europeas), de género (al aplicarlos solamente al género masculino, negando a la mujer su condición de ciudadana).

Si la burguesía liberal hace una lectura restrictiva de estos conceptos, cuando la burguesía abraza el fascismo, como está ocurriendo actualmente en Europa, la interpretación de los mismos se torna sectaria, en el sentido más estricto del término.  Y de ese modo, la libertad, la igualdad y la justicia son las que una secta social, que refuerza sus lazos de fraternidad mediante ritos de exclusión, pretende imponer al conjunto de la sociedad.  De tal modo que, desde el pretendido ejercicio de su libertad, intentan aplicar, frente a planteamientos más amplios e inclusivos que permiten reconocerse a una amplísima mayoría social, doctrinas que se circunscriben a sus cortos y desfasados ideales, como se ha podido observar con la cuestión del veto parental, reclamado literalmente por nadie.

En un mundo globalizado, que globaliza los flujos de capital, las epidemias y los desastres climáticos sin conocer fronteras, es hora de aplicar esa vocación de universalidad de los derechos, de modo que la Marsellesa de los negros de Haití aúne voluntades, superando patrias, culturas, géneros, clases, más allá de los egoísmos de la Modernidad en su versión capitalista.  Ahí radica el trabajo de la multitud frente a la erosión de la democracia por parte del fascismo.

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