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Fuego amigo

Cuando alguien participa en un proceso colectivo y defiende la política desde lo colectivo, no puede tomar decisiones desde un cesarismo incompatible con ese planteamiento horizontal que propugnamos

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O con amigos como estos, ¿a quién le hacen falta enemigos?  No sé si me he levantado con mal pie, que todo pudiera ser, o que, realmente, este empeño de quienes dirigen la izquierda (si es que Errejón, con sus transversalidades populistas, nos deja que le situemos ahí) por instalarnos cada día en ese circense <más difícil todavía>, hace que mi ánimo, con motivos reales, esté próximo a tocar fondo.  Como cantaba Labordeta, y llevo dos entregas muy de cantoautores, <de un tiempo a esta parte, vamos camino de nada>.  Y siguiendo con Labordeta, me dan ganas de decir eso de <¡a la mierda!>.

Pero no voy a pecar de la irresponsabilidad que, un día sin otro, algunos se empeñan en trasladar a la acción política.  Con la extrema derecha enseñando su patita por debajo de la puerta, habrá que seguir tragando sapos e intentando construir algo que se asemeje a lo que teorizamos hace unos años y que repetimos como un mantra pero, es evidente, no se creen algunos  (¿muchos, pocos pero con peso, todos?) de los que más poder de decisión acaparan.  Y a estos me entran muchísimas, enormes, tremendas ganas de mandarles a la mierda.  Perdón, estoy muy cabreado, no sé si se me nota.

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Lo de Errejón me parece el acabose. Que sí, que vale, que Podemos se ha ido convirtiendo, a marchas forzadas, en un partido de lo más tradicional y con los tics más viejunos.  Que los modos de Iglesias son, muchas veces, inconvenientes. Pero cuando alguien participa en un proceso colectivo y defiende la política desde lo colectivo, no puede tomar decisiones desde un cesarismo incompatible con ese planteamiento horizontal que propugnamos.  ¿O es que Errejón ha decidido que él es ese líder que el populismo (¡maldito populismo!) entiende que es expresión del conjunto de las luchas?  Y digo que maldito populismo porque en lugar de hacer hincapié en los elementos positivos que tiene el populismo de Laclau y Mouffe, esa idea de construcción de un amplio sujeto como amalgama de luchas sociales, parece que Errejón solo ha sido capaz de importar sus elementos más problemáticos: la desaparición del eje izquierda-derecha, planteada de un modo desastroso y a destiempo, y, a lo que se ve, su caudillismo.

Errejón tiene razón en una cosa: es necesaria una candidatura, un frente, lo más amplio posible.  Eso es algo por lo que merece la pena luchar y que muchos hubiéramos respaldado.  Pero esa es una tarea que pasa, en primer lugar, por consolidar lo que se tiene, por tentar el suelo que se pisa para saberlo firme, y no por hacerlo estallar con una bomba como la que nos acaba de servir.  En realidad, esta delirante estrategia de Errejón es semejante a la que ya utilizó cuando planteó el tema de la transversalidad, que consistía en atraer a otra gente al proceso y decirnos a una parte de quienes estábamos en él que no teníamos cabida porque nuestra mochila estaba demasiado cargada.  Algunos, como somos sufridos y responsables, nos mordimos la lengua y seguimos caminando, a pesar del desplante.

La maniobra de Errejón apunta a un problema que, sin duda, debemos resolver: el de las inercias partidarias.  Los partidos se han convertido en estructuras que, las más de las veces, entorpecen los procesos, en lugar de favorecerlos.  Algunas de sus lógicas son perversas y muy difíciles de neutralizar.  La política que propugnamos va más allá de los partidos constituidos  y no puede plegarse a sus intereses.  Pero si se piensa así, lo que no se puede es utilizar a un partido, sus procesos internos, para auparse a una candidatura y luego, desde esa condición privilegiada, cambiar las reglas del juego.  Insisto, los fines pueden ser muy adecuados, pero demasiado bien sabemos lo que pasa cuando los medios no están en consonancia con los fines.  Por ello, la maniobra de Errejón me parece sospechosa y peligrosa.

Desde mi punto de vista, habrá que intentar solucionar la situación que se ha creado, no ir a la competencia electoral.  Pero con procedimientos democráticos, no con imposiciones de caudillos autoproclamados.  Con Errejón y Carmena como cabeza de cartel, sí, a ser posible, pero como expresión de una voluntad compartida, no como el resultado de intrigas palaciegas. ¿Por qué nos empeñamos –se empeñan- en hacer todo tan difícil, en arrancarnos, de esta manera, las ilusiones?

*Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza.

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